28 ago 2012

Anécdota


Comparto un nuevo poema y le agradezco de corazón a Mariano Barisio por esta composición gráfica.


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El cadáver flotante de un fuego
se hace presente ante mis ojos,
que ingenuos observan la danza
de la ceniza al son del viento.

Sueño de lo que ha sido,
nostalgia de lo que no fue
y olvido de lo que vendrá
sarcásticamente se combinan.

Poemas sin rima, risas con vida.
Son mis únicas verdades,
no más metidas entre comillas,
siempre maquilladas entre silencios.




6 ago 2012

El viaje imposible



"La nada más hueca es ahogarnos en un charquito del
andén o perdernos, sí, o perdernos, una noche de estas".
Chacarita
Estaba en la estación esperando que llegase el tren. Ya había sacado mi boleto por el costo de un peso y cuando empezó a sonar el clásico ruido de la barrera bajando, que detiene el tránsito y anuncia que viene un tren, me acerqué un poco a las vías mirando para Palermo, para ver si venía el que yo esperaba. Efectivamente así era y mi camino a encontrarme con unos amigos estaba empezando de la manera en que todo lo inesperado suele empezar (o sea, previsiblemente).

Me subí por la mitad del tren, siguiendo un consejo que me dieron sobre las tragedias en el transporte público. Me parecía que tenía lógica y lo apliqué.

Entre Chacarita y La Paternal
Estaba viajando parado, pero en el vagón la mayoría de las personas estaban sentadas. Me quedé al acecho, mirando permanentemente a todos lados pero con disimulo, como si buscara algo diferente a un asiento libre. Hacía mucho frío y una señora mayor estaba parada. Vi justo a un hombre abrir medio ojo y al ver a la señora continuar su falsa siesta aferrado al asiento. Por un momento lo detesté y pensé en intervenir, pero luego recordé que muchas veces tuve ganas de hacerme el dormido y no lo hice, tal vez era envidia y no un sentimiento justiciero, no lo entendía bien y entonces no actué.

Entre La Paternal y Villa del Parque
Pude sentarme. Los vendedores ambulantes iban y venían en un devenir ordenado que parecía que no se detenía nunca. Hasta eran armoniosos cuando se superponían: uno trataba de vender hablando, mientras otro se limitaba a ofrecer algo con la mirada y buscando gestos en las caras de los potenciales clientes.

A veces los vendedores entorpecen mis observaciones y a veces las agudizan. Quiénes son ellos para distraernos de nuestra apatía, pensé. En mi indiferencia pude adivinar un resquemor sin fundamento, quién soy yo para ignorar a alguien que diaramente se sacrifica tanto para ganarse la vida, quién me creo que soy si le doy el mismo trato que en otros contextos me parecería hostil. Los dos pensamientos se cruzaban y discutían en mi cabeza sin que haya una idea ganadora.

Entre Villa del Parque y Devoto
Subió un hombre que vendía compilados musicales. Con su equipo de música a cuestas y el sonido saturado, se paseó por el vagón gritando algo inaudible.

A nadie parecía inquietarle o molestarle la música tan fuerte. A mí tampoco, pero siempre el tren me genera un deseo irrefrenable de observar las costumbres de los viajeros y en vano busqué una cara de fastidio. Lo que sí vi fue mucho silencio, aunque más de uno cabeceaba siguiendo el ritmo. El vendedor luchaba gritando sobre su música y parecía que iba a perder, pero una mujer le compró un DVD, supuestamente con 198 canciones según pude espiar que decía la tapa.

Entre Devoto y Sáenz Peña
El vendedor se fue. Un adolescente puso música desde su celular. El volumen era fuerte, aunque no tanto como el que el vendedor había usado recientemente para llenar de sonido el vagón.

Algunos pasajeros miraron al nuevo musicalizador. Eran miradas que no decían nada, uno podría creer que querían quejarse y no se animaban, pero no habría motivos lógicos de queja, nadie había dicho nada frente al vendedor (ni lo habían mirado furtivamente).

Entre Sáenz Peña y Santos Lugares
Se escuchó el sonido de un envase de cerveza estallar contra las vías del tren. Nadie se inmutó, exceptuando a un grandote barbudo que parecía escritor y que negó lamentándose moviendo la cabeza de un lado a otro. Argumentos a favor y en contra sobre este hecho me inundaron: un deseo irrefrenable de calificar como delicioso ese estallido, pero también muchas ganas de juzgarlo como inapropiado. Preferí pensar en otra cosa para no detener el transcurso normal mi viaje. O tal vez al decidir pensar en otra cosa lo que hice fue cambiar mi viaje.

El hombre de barba le gritó al muchacho que bajase el volumen la música. No hubo respuesta. Se lo repitió reforzando el final de la idea parándose y con un insulto violento que sonó muy suave. El silencio de todos los que observaban y la cumbia que se negaba a ser silenciada produjeron un contexto difícil de describir, algo así como una mezcla perfecta de incertidumbre, peligro y belleza.

El adolescente le respondió que la gente quería escuchar música y que por eso nadie le había dicho nada al vendedor. El hombre le pidió (aunque pareció una orden) a la gente del vagón que dijera que eso no era cierto. El muchacho apagó la música, se paró y gritó: ¿quieren pensar en sus problemas o bailar? Otra vez nadie contestó. El adolescente subió el volumen de la música y empezó a bailar en el tren, mientras que el otro gritó “quiero escuchar a Bartok” y se bajó en Santos Lugares.

Entre Santos Lugares y Caseros
La gente que se subió no comprendía lo que pasaba al ver al adolescente que  incitaba a bailar a la gente. Nadie amagó a moverse, pero él sacó a bailar a dos mujeres.
Bailaban los tres y de repente se les sumaron dos parejas. Pensé en ir a bailar pero sé que bailo muy mal, lo tengo siempre presente y dudé. Mi cabeza se inundó nuevamente con las falsas dicotomías en las que venía pensando y mi mente pareció nublarse. Un hombre mayor se levantó para moverse. Pensar en algo no sirve de nada si no genera un cambio, una toma de postura frente al mundo. Mis atolondradas pero rebeldes piernas decidieron que me tenía que levantar.

Empecé a bailar en el San Martín como si eso fuera normal. Un guardia dudaba entre intervenir o quedarse sonriendo. Se decidió por lo segundo. Dos mujeres mayores se lanzaron al pasillo, que era la pista de baile improvisada, con sus cuatro nietos (o al menos eso imagino) y tres adolescentes más se incorporaron a la fiesta. En el vagón sólo quedó sentado un hombre que dormía y una mujer que miraba a todos con desprecio mientras los demás no notaban su mirada o la ignoraban, como hice yo. Todos desde la estación Caseros miraban el vagón.

Entre Caseros y El Palomar
Nadie bajó en Caseros. Algunas personas corrieron para poder subirse a ese vagón, aunque también hubo otras a las que el vagón les frenó adelante y prefieron ir a otro o subir e irse velozmente. Una mujer agarró mis manos y me dijo que tenía mucha actitud pero que me movía peor que un muerto.

Mientras bailaba con ella no pude con mi obsesión. Disfruté el momento pero necesitaba contar. Más de 25 personas estaban moviéndose al ritmo de la cumbia. “Yo bajo en Palomar“, dijo el que hizo con su celular una revolución cotidiana, de esas mínimas para un observador y gigantes para quienes la viven. Se escucharon sonidos de decepción y gritos de negación, todo el vagón empezó a pedirle que se quedara.

De El Palomar a Hurlingham
El adolescente se quedó, pero avisó que en la próxima estación sí se bajaría. Afortunadamente el recorrido entre ambas estaciones es uno de los más extensos. Las personas mayores se sentaron  pero sonreían, aplaudían y hasta gritaban un poco. Igualmente fueron reemplazados por nuevos pasajeros, que preguntaron por qué la gente bailaba pero al no recibir respuesta muchos se sumaron al baile (también hubo pasajeros que huyeron a otro vagón o que se sentaron a mirar).

De repente volví a estar bailando solo. Había decidido quedarme hasta que todo eso terminara. Sin embargo, el DJ espontáneo bajó en Hurlingham mientras los demás lo aplaudíamos. Todos comenzaron a sentarse. Nadie amagó con seguir musicalizando y entonces bajé del tren mientras los pasajeros se seguían acomodando y un guardia movía los hombros como broma hacia un compañero suyo.

El tren arrancó lentamente y lo corrí para darle una última mirada al vagón. Ya nadie se miraba. Eran desconocidos. Era la amnesia de nuevo. Eran olvido. En la próxima estación nadie sabría lo que pasó en ese viaje imposible.

25 jul 2012

A tu lado se prueban la ropa que vas a dejar


                                  “…la indiferencia del mundo, que es sordo y es mudo, recién sentirás. Verás que todo es mentira, verás que nada es amor…”

El hombre de la imagen nació en Kenia. Desde pequeño no luchó contra nada de lo que en nuestro imaginario occidental uno puede imaginar que tuvo que luchar. Sin embargo, su historia es tan triste como emblemática.

Desde chico estaba preocupado por el tiempo fugaz que se escapa sin que uno lo advierta, aunque se consternaba más por ese tiempo que parecía no transcurrir jamás, que amenazaba con nunca pasar y así no cederle el lugar a otros acontecimientos.

Empezó a correr en la adolescencia y un viaje a Japón le otorgó la fortuna o la desgracia de entrenar con un subcampeón olímpico. Se destacaba en la mayoría de las pruebas y algunos aseguran que corría tan rápido para alejarse de sus fantasmas, esos que siempre terminan alcanzándonos, y quieren pintar el cuadro de un triunfador fracasado, de un genio incapaz, de un destino irrevocable.

En parte lo era, es innegable. Triunfador porque su carrera estuvo plagada de victorias y fracasado por no disfrutarlas. Genio por correr en el año 2007 su primera maratón y ganar sólo un año después la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Pekín. Incapaz por no entender de los caminos a los que había escapado. Los amantes de los lugares comunes aseguran que esto último fue lo que hizo que en realidad nunca pudiera salir de esos caminos, pero hay algo que pretende esconder esas imágenes reduccionistas.

El exitismo y el morbo de la sociedad alimentado por la lógica de los medios de comunicación hicieron que se conociera la peor cara de Samuel. Apenas había cruzado la meta y elevado los brazos al cielo, ya se especulaba con si sería capaz de repetir la hazaña cuatro años más tarde. Se empezó a conocer su tormentosa mentalidad y su inestabilidad cotidiana. Fueron construyéndole muros a su alrededor. Sus amigos, su equipo de trabajo, su familia y su país.

De casualidad, en la laberíntica Buenos Aires, en una reunión a la que fui pensando en que no debía ir bajo ningún punto de vista, mi amigo brasileño Gerzinho me comentó que había un amigo de un campeón olímpico. Mi curiosidad se impuso y empecé a conocer esta historia. Me contó, en una mezcla de inglés y español que hace que lo que sigue puede estar tergiversado, que nunca supo si Samuel se dejó encerrar o si estaba pidiendo a gritos que lo encierren.

No sé si me mintió, pero si lo hizo tuvo la suficiente sensibilidad como para decir lo que yo esperaba escuchar. “Una vida para un rato, eso te mata, eso lo mató. Si no ganás no sos nada. Si ganás tenés que ganar de nuevo”, me explicó lamentándose al final de la charla. Después de unos segundos de silencio dijo, aunque no sé si me hablaba a mí o a quién: “Ganar, ganar y ganar” (el último ganar lo imaginé, fue inaudible).

Empezó a salir cada vez menos de su casa y por eso la presión sobre él aumentó. En la televisión decían que no se entrenaba y su entrenador, al borde de un ataque de nervios, me contó su amigo que pedía entre gritos y amenazas que alguien haga algo porque caminaba por la cornisa, que iba a ser el hazmerreír.

Alguien hizo algo. Fue Samuel. Agarró su auto y lo estrelló contra una pared. Nunca se supo si él estaba o no en el auto al momento del impacto, pero ya no necesitaba darle explicaciones a nadie para no salir de su casa, donde guardaba esa medalla dorada que mostraba casi con desprecio, algo que resulta tristemente entendible.

A cada uno que pudiera le contaba que él no quería competir en Pekín, que lo obligaron. Nunca quiso decir quién o qué. El infinito y la eternidad se pueden alcanzar en un segundo o se puede pasar la vida persiguiéndolos y fracasando. El tema es que cuando uno lo busca no sabe si el infinito y la eternidad serán buenos o malos, eso aparentemente nunca lo puede decidir el buscador.

Se transformó en un ermitaño, mientras crecían las dudas sobre su participación en Londres 2012. Lo encontraron muerto hace algo más de un año. Las versiones se cruzan y nadie pudo darle una muerte digna, con la verdad. Esa verdad que todos sabían: le regalaron nafta a un pirómano, pero nadie se hizo cargo de que se incendiara.

¿Se suicidó o lo mataron? Nadie lo sabe y a nadie le interesa. La única certeza mediática, o sea que puede ser quizás la mayor falacia, es que su esposa lo encontró en la cama con otra mujer el día que lo hallaron muerto. Cuando se iba de la reunión, su amigo me contó que no fue así, que ya estaba separado, que estaba solo. No le pregunté cómo lo sabía, me parecía que no tenía manera de saberlo si él ya estaba en Buenos Aires en esa época. Preferí no preguntarle y que fuera una sombra más camuflada entre tanta oscuridad.

En unos días empiezan los Juegos Olímpicos. Nadie hablará de Samuel y de tantos como él, quizás sin tanta notoriedad o talento. Parece que todo va a salir bien eternamente y en el olvido quedarán las personas preparadas para un mundo que aún no existe.

2 jul 2012

La insoportable brevedad del ser

"Ni leí nada de Kundera para comentar con vos"

Una sola palabra se puede apropiar de tu cuerpo. Te puede esclavizar o liberar. Te puede oprimir, hacerte sentir ínfimo o generar una sensación hermosa: sentir que tu cuerpo te queda chico, desbordar.

Una sola palabra, varias, una frase, una oración, un párrafo o una charla entera. No importa cuánto, para todo aplica. Depende quién dice esa palabra. Depende cómo se dice esa palabra. Depende de cuál sea la palabra que vos esperás, la que quizás buscás desde que naciste o a lo mejor esa que te encuentra cuando ni sabías que existía.

Quizás efectivamente la palabra no existe. El otro día alguien dijo “me siento bien en este ámbitat”. Ya estaba por disculparse, pero la paré a tiempo y le dije que esa mezcla de ámbito y hábitat describía a la perfección lo que yo sentía al estar en esa reunión con gente tan querida. Claramente no es una palabra anhelada, pero sirve a modo de ejemplo en este vacío intento de reflexión que pretende verbalizar lo que sólo se puede sentir y que ya por eso está condenado al fracaso.

La palabra equivocada dicha por alguien que está en lo cierto. La palabra verdadera dicha por alguien que no sabe que está en lo cierto, que cree que nunca lo estará. El equivocado creyéndose dueño de la palabra que dice y sin saber que la palabra en realidad es un error para el otro. El acertado que no dice por saberse equivocado o por temor a estarlo. Y la palabra que va y viene, puede ser la misma o no, pero siempre es parte de un deseo, incluso del deseo de no desear.

Todos tenemos algo prohibido en esta vida. Algo que desconocemos que tenemos prohibido. Para cada persona puede ser diferente. Y si supiéramos que lo tenemos prohibido y que será una batalla que siempre terminará en derrota, igual pelearíamos hasta que la derrota sea real y no meramente discursiva.

Esas prohibiciones no tienen origen ni fin, como la imagen que acompaña a estas palabras. O el principio y el fin se confunden, se mezclan, son casi lo mismo. Tengo graves problemas para llegar a los principios. Los finales son más fáciles, vienen solos, ya sean planificados o inesperados (lo que en otras palabras quiere decir que lo planificó alguien que no soy yo). Es más, me cuesta tanto llegar a los principios que lo primero que escribí fue el párrafo final, mientras trataba de encontrar ese principio y la multitud de principios que aún sigo buscando.

En esa demora entre mis principios y mis finales, o entre los principios y los finales no queridos, la envidia me invade. Yo quería escribir sólo tres párrafos. Hay que gente que puede ser breve. Sea con hechos, con miradas o con palabras.

También están los que encuentran, sin saber que lo encuentran, un placer oscuro y peligroso en pensar sobre todo y en no hacer nada. Un placer de autodestrucción lenta, cotidiana, imperceptible, gota a gota hasta ahogarse en un mar que luego aseguran que los sorprende, que no entienden cómo se formó.

Algunos dicen que somos las palabras que decimos, quizás esos sean los que pueden ser breves. Otros creen que somos las palabras que nos dicen, tal vez esos sean los otros que nombré. En cada palabra hay vida y muerte. Cada palabra nace y muere casi al instante, nace al decirse, muere al terminar de decirse, pero muere como tributo, muere como celebración de la palabra que está por nacer y entonces cada palabra es un renacimiento perpetuo y a la vez una muerte sin fin.

Creo que para los otros somos las palabras que decimos, pero en realidad nosotros no somos las palabras que nos dicen. Somos las palabras que no nos animamos a decir.

21 jun 2012

Es ahora

"Hoy voy a mentir si la verdad no alcanza"
El barco que esperaba
y el que no esperaba
llegaron al puerto
al mismo tiempo.

¿Qué hacer? ¿Soñar?
¿Qué hacer? ¿Creer?

Silencio, dolor,
risas secas,
espejismos eternos y
un universo sin color.

Nunca amé tanto el fuego,
Nunca tuve tan poco miedo.

6 jun 2012

Todo por tres pesos


Estaba en Palermo, en un clásico shopping. En un negocio quise ver algunas cosas. Tuve que esperar que saliera una pareja para que la puerta quedara liberada y entrar. Ella le contaba a él que estaba muy contenta con la mochila que había comprado.

Ya en el negocio, empecé a mirar algunas mochilas. Rechacé gentilmente a la vendedora que me ofrecía su ayuda.

A los pocos minutos entró la pareja que vi salir. Ella sacó una mochila rosa de la bolsa con la marca del negocio y dijo que la quería cambiar, que se había arrepentido y que quería llevarla en otro color. El vendedor le contestó que no había problema, que eligiera otra.

Ambos caminaron unos metros hacia donde 
yo estaba mirando mochilas. Rápidamente ella eligió una celeste y verde. Él le preguntó si iba a llevar la misma pero en celeste y verde. Ella le dijo que sí y le aclaró que no quería llevar los mandatos de género en la espalda. Mientras ella explicaba, él le pisó la punta del dedo gordo del pie. Era para que los dos pudieran usar la mochila.

Se acercaron a la caja y pusieron la mochila en el mostrador (no sé quién la apoyó), el vendedor pasó el código de barras de la etiqueta por el dispositivo y entonces todo empezó.

-Esta mochila cuesta tres pesos menos que la que estás devolviendo.
-Qué raro, si es el mismo modelo, sólo cambia el color.
-Sí, pero cuesta tres pesos menos.
-Bueno, perfecto, devolveme los tres pesos y nos vamos.
-No, no te puedo devolver los tres pesos.
-¿Cómo? – dijeron casi a coro y sorprendidos.
-No puedo, cuando hacés un cambio tenés que llevar algo del mismo valor o algo de mayor valor y pagar la diferencia. No podés cambiarlo por algo que cuesta menos.
-No tiene sentido eso.
-Sí tiene sentido, es nuestra política de cambios.
-Bueno, cancelá la compra, pasaron unos minutos, cancelá la compra y tomá esto como una compra nueva - dijo él, entendiendo perfectamente que la batalla era más simbólica que económica. En un momento me miró, yo no me reía ni hacía ningún gesto, pero él me sonrió.
-No puedo cancelar la compra, esto es un cambio y no una cancelación.

A él se le borró la sonrisa con esa respuesta y estaba por contestar algo que hubiera sido muy lindo de escuchar, puso cara de lanzar uno de esos insultos elaborados y antológicos pero ella se apuró y dijo:
-Bueno, quédense con los tres pesos y listo.
Dieron unos pasos hacia la puerta, pero el vendedor levantó la voz:
-No se pueden ir, no los puedo dejar ir porque es como si les estuviera robando la plata.
-Pero si compramos otra cosa también nos vas a estar robando plata y eso no te da culpa. Nos vamos igual.
-No van a poder, no le saqué la alarma a la mochila.

Ellos se acercaron al mostrador. Tenían una mirada incrédula, imaginé que debían sentirse en un cuento de Kafka y que probablemente estarían pensando en que nunca iban a poder irse de ese negocio. Bueno, quizás exageré, pero era una mirada extraña.
Discutieron mucho sobre si podían o no irse del negocio, sobre la libertad, sobre llamar a la policía, lo más gracioso fue ver que el vendedor sentía que la pareja estaba siendo muy injusta con sus planteos y les pidió que no le falten el respeto.

Él fue el primero en hablar:
-¿Vos me estás jodiendo?
-No, son así nuestras políticas.
-A mí qué carajo me importan tus políticas, devolvenos los tres pesos.
-Sí, no vamos a comprar nada más.
-Van a tener que comprar algo o sino van a tener que irse con la mochila rosa.

Quizás dos minutos antes la alternativa de la mochila rosa no sonaba tan trillada, pero a esa altura era como abandonar una batalla en el medio y eso deja siempre un vacío imposible de llenar, esa sensación de no saber si se iba a ganar o si se iba a perder porque la rendición fue prematura.

Se decidieron a mirar un rato y yo, mientras seguía viendo las mochilas, los relojeaba. No sé por qué, no me interesaba tanto, había una mezcla de todo en la situación: había comedia, había morbo, había terquedad, había deseos, hilando fino estaba la cara del pueblo contra la cara de una corporación, dos realidades conviviendo tan alejadas pero a la vez tan encontradas como uno con esas palabras que todavía no fueron inventadas pero que usamos igual.

Ella eligó un par de medias y cuando fue a la caja el vendedor le indicó que costaban 34 pesos, por lo que tenía que pagar 31 pesos. Él estaba al borde de la indignación. Ella mostraba una mezcla de incredulidad y desesperanza. El vendedor se lucía impoluto, frío, casi orgulloso.

Él preguntó qué era lo más barato que podían comprar en el negocio. El vendedor pensó un momento y les dijo que los silbatos costaban seis pesos, pero aclaró:
-Son de plástico, la calidad no es muy buena.

La pareja se miró y se rió. No le contestaron y le dieron tres pesos más al vendedor, que validó los códigos del silbato y la mochila de dos colores, y se fueron del negocio. 
Yo también me fui, necesitaba pensar bien de qué color quería la mochila y en esta nueva derrota cotidiana del sentido común.



21 may 2012

¿Qué fue de la vida de Dee y del mundo que compartimos? Parte I




Dee estaba muy contenta de conocerme. Era morocha, creo que de ojos claros, tenía una buena sonrisa (no era una linda sonrisa) e iba al colegio vestida como imagino que yo hubiera ido vestido a un colegio privado. Su segundo nombre era Louise. Había cumplido trece años en 1996 y vivía a orillas de un río en un pequeño pueblo llamado Ynysybwl, en Gales. Era un lugar pequeño pero con gente muy amigable y hermosos paisajes.

Donde ella vivía, convivía con lo que podría llamarse vida salvaje, ya que las astutas ardillas, los tiernos conejos, los fieles caballos y los engañosos patos estaban por todas partes. Su familia amaba a los revolucionarios gatos y por eso tenían tres. Su hermana tenía dos conejos y una cantidad de peces tropicales mayor a treinta y menor a cuarenta. ¡Qué bien que explicaba los motivos por los cuales no sabían el número total! Intentar reproducir la explicación sería sacarle la magia que tiene en mi cabeza porque nunca podría igualarla, así que prefiero omitirla. A veces es mejor guardarse los recuerdos.

Dee iba a la escuela en Pontypridd y le gustaba mucho jugar al fútbol y nadar. También disfrutaba de la lectura y su pasión eran los libros de misterio. A ella le gustaba salir a bailar con sus amigos.

Ella es el recuerdo de un mundo que ya no existe. En mi corazón representa un lugar perdido que la próxima generación no podrá encontrar y la que le sigue pensará que fue un invento y que ni vale la pena buscarlo.

Dee era la amiga por correspondencia que me habían asignado en un curso de inglés cuando tenía 12 años, era mi “penfriend”. Yo estaba empezando el secundario, tenía un indescriptible fervor por Independiente, todavía no sabía qué era Black Sabbath, tenía muchos sueños que ni siquiera había soñado y ya había tirado a la basura mis primeros cuentos (no sé si enorgullecerme por eso o avergonzarme por los que algunos años después no me animé a desechar).

Cambiamos varias cartas y hace pocos días, de casualidad, me encontré con una que había guardado. Puedo apostar a que ella no tiene mis cartas. Había olvidado que Dee existía, había olvidado esos relojes que no marcaban las horas, había olvidado la posibilidad de escribir una carta y la libertad que se sentía, que de todas maneras es muy inferior a la que se siente al escribir en el Word o en un mail (desconfíen de las personas que escriben y explícitamente denostan al mail).

La fascinación, lo inconcebible, lo impensable: gracias a un instituto de inglés y a unas semanas de espera, podía contactarme con alguien de otro mundo. Porque Gales era otro mundo. En mi mente era té en la Patagonia, bronca con Inglaterra, el fantástico Ryan Giggs y una letra de más en el apellido del personaje principal de El Mago de Oz. 
Gales para mí era lo mismo que Colonia Vela, eran laberintos infinitos que podían recorrerse sin siquiera advertir que eran laberintos. Hoy al correo van los que renuncian, los que tienen que mandar encomiendas, hacer trámites precarios y las personas que no envidio.

Tengo un amigo al que no sé definir si como genio o como loco. Es un lugar común así que no me extiendo. Es amante de las discusiones y cada vez que se arma algún debate que parece existencial, pero que en realidad es completamente estúpido, recuerda un episodio de Seinfeld donde uno de los protagonistas compra un auto porque perteneció al actor Jon Voight, para tener siempre a mano una historia interesante para contar, y luego discuten si el nombre era John o Jon sin h. A mi  amigo le gusta pensar en cómo era esa época y en cómo hoy eso se resuelve en dos segundos.

Quince años después, Dee sigue sonriendo desde la foto que me mandó. Pero la sonrisa de felicidad parece haber mutado. Ahora casi que sonríe como La Mona Lisa. No alcanzo a vislumbrar si me sonríe nostálgicamente al pensar en el mundo sin distancia ni tiempo que hoy compartimos desencontrados y compararlo con el mundo de poéticas lejanías indescriptibles que supimos disfrutar. O tal vez sea una mueca que desborda ironía al verme escribir estas palabras y pensar que somos los mismos de siempre pero con nuevas tecnologías.

 ¿Seguirá viviendo en Ynysybwl? ¿Habrá estudiado? ¿Será oficinista, rockera y drogadicta? ¿Será una aburrida empleada pública que mira la vida pasar? ¿Está en camino a cumplir sus sueños o habrá olvidado sus sueños por el camino? No consigo descifrarla, reinterpreto sus cartas pero no puedo saber qué fue de la vida de Dee y de aquel mundo que hoy parece tan lejano. 

Necesito saberlo, así que voy a buscar la manera de encontrarla. Pensando en el mundo en que vivimos, no es muy difícil imaginar cómo lo voy a hacer. ¿Pero cómo me presento? ¿Qué le digo? ¿Tengo que presentarme y definirme en dos renglones para que a ella realmente le interese mi propuesta? ¿O la sorpresa de un habitante de un mundo que ya no existe y que disfruta del mundo actual será suficiente? ¿Le miento y le digo que me acordé de ella por el personaje de una serie que acontece en Philadelphia? ¿Le digo que siempre la recordé? Quiero contactarme con ella para entender. Esta historia no termina acá, pero por el momento no sé cómo sigue.