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13 nov 2012

Antihéroe anónimo


                   "...para cerrar un ojo y ver cuántos cuernos tiene el diablo..."
                                                        
Él fue a tomarse el colectivo para ir al trabajo, como todas las mañanas. Al subir, vio un asiento libre en la fila de cinco asientos del fondo. Se sentó y a su derecha, justo en el asiento pegado a la puerta, había una adolescente que seguramente iba al colegio. A su izquierda había un hombre y enseguida advirtió que miraba hacia él de manera extraña.

Tras unos segundos de incomodidad, pensó en decirle algo. Luego notó que el objetivo de las miradas era la chica que estaba a su derecha. Él se sintió incómodo y vio que el hombre tenía algo de metal. Era plateado, alargado y desconocido, como una bombilla gruesa y enorme, de unos 30 centímetros, que sostenía con una especie de tela negra que usaba para llevarla por el mango el metal, si es que era un mango.

Ella seguía en su mundo, sumergida en su celular y levantando la cabeza de vez en cuando para no pasarse. El hombre, que parecía algo desequlibrado, se cambió de asiento. Fue al último de la fila de uno y desde ahí miraba a la chica mientras hacía movimientos entre grotescos y violentos, complejos de describir.

Para cruzarse de piernas, agarraba su zapatilla izquierda y la ponía sobre su muslo derecho, sosteniendo siempre la zapatilla, como si eso le impidiera caerse. Luego se restregaba la cara como alguien que se acaba de despertar, pero con una violencia inusitada. Todo esto alternando miradas hacia la chica, que lejos estaban de ser furtivas. Miraba fijo durante varios segundos. 

En un colectivo todos desconfían de lo posible, de lo casual, de lo previsible, como por ejemplo de un encuentro fortuito, y mientras tanto esperan que lo imposible suceda. Él empezó a pensar en qué pasaría si los dos se bajasen en la misma parada. ¿Qué le correspondería hacer? ¿Era un loco, un violador o sólo un tipo raro? ¿Y si de casualidad bajasen juntos él debía seguirlos?, ¿tendría que dejar que los hechos siguieran sus cursos?, ¿y si todos pensaron así y nadie se involucrara?, ¿y si se pudiera evitar?



Él seguía con los auriculares puestos, pero había parado la música para pensar en las múltiples hipótesis y en tratar de predecir su posible comportamiento, racionalizándolo para hacer lo que debía hacer, si es que llegaba el caso en que algo tenía que hacer.

El prospecto de desquiciado seguía mirándola y moviéndose de manera extraña. Ella no lo notaba. Luego de pasar Chacarita ella se levantó y tocó el timbre. Él miró al que ya en su cabeza era un loco con todas las letras y no le vio hacer ni un movimiento. Qué bueno, pensó, no tendría que tomar decisiones de las que seguro se arrepentiría (ya que en el fondo sabía que iba a seguir su viaje).

Apenas ella puso un pie en el cemento, el loco con el metal plateado en la mano se levantó, bajó apresurado y caminó en dirección hacia ella. Casi con el colectivo arrancando, él se bajó insultando en voz baja al hombre por no haber caminado hacia otro lado y sintiendo miedo, sorprendiéndose a sí mismo por haber bajado.

La adolescente caminaba tranquila. El loco aceleraba el paso. Él intentaba redoblar la marcha del loco, mientras veía que se iba acercando a ella. Los tres doblaron en la esquina, separados por un metro de distancia. Era la hora de la verdad para todos.

El loco miró hacia atrás mientras él pensaba que desefundaría ese indescriptible metal y entonces lo tocó en el hombro. El loco se detuvo en seco y por primera vez lo miró fijo a él, que tuvo terror al verse reflejado en esos ojos. Él le preguntó por una calle a la que ya sabía llegar y el loco le dijo que no la conocía y se dio vuelta casi al trote.

Estaba por alcanzar a la chica, cuando él volvió a tocar en el hombro al loco y le dijo que había viajado con él en el colectivo y que le parecía raro que no conociera una calle en la zona si bajó ahí. El loco le dijo “vos también bajaste y no la conocés, pelotudo”. Él no supo qué contestar y el loco retomó su marcha.

Vio que la adolescente, que se había distanciado de los dos, se detuvo y se quedó parada en la calle mirando hacia ambos lados, con cara de estar esperando a alguien y sabiendo que no llegaría.

El loco avanzó y él le tocó el hombro nuevamente. El loco le estaba por preguntar qué quería ahora, pero no pudo decir las palabras porque él le dio un puñetazo en la nariz que lo tiró al piso. Con la furia en sus ojos, el loco se levantó y se tiró sobre él. Ambos cayeron al piso e intentaba pegarse como podían. Todo era una confusión y se veía sangre chorrear, pero no se podía adivinar de quién era.

Mientras unos obreros de una construcción los separaban, él vio que la adolescente ya no estaba. El loco le pidió explicacionesm pero él se dio vuelta y tomó un taxi para no llegar tan tarde al trabajo. Se fue creyendo que era un héroe anónimo. 

16 oct 2012

Laberintos


                             "He olvidado los hombres que antes fui; sigo el odiado
                           camino de monótonas paredes que es mi destino" (JLB).

Caminar por un laberinto sabiendo que nunca nos enteraremos dónde está la salida.
Quizás caminar por un laberinto sabiendo que no tiene salida. 
O caminar por un laberinto que tiene tantas salidas que nos quedamos anulados ante las posibilidades.
O paralizarnos por imaginar que hay falsas salidas y que al cruzarlas creeremos que salimos del laberinto, pero sólo habremos entrado en uno nuevo.
Tal vez caminar y caminar sin darnos cuenta jamás que estamos en un laberinto. 
O comprender que en realidad no estamos en un laberinto, pero igual no poder salir del laberinto.
O entender que estamos en un laberinto y llegar al hartazgo, hasta empezar a romper paredes y encontrar que detrás hay más y más paredes.
Todas esas sensaciones son menos asfixiantes que estar en un laberinto y saber cuál es la única salida.

 

6 ago 2012

El viaje imposible



"La nada más hueca es ahogarnos en un charquito del
andén o perdernos, sí, o perdernos, una noche de estas".
Chacarita
Estaba en la estación esperando que llegase el tren. Ya había sacado mi boleto por el costo de un peso y cuando empezó a sonar el clásico ruido de la barrera bajando, que detiene el tránsito y anuncia que viene un tren, me acerqué un poco a las vías mirando para Palermo, para ver si venía el que yo esperaba. Efectivamente así era y mi camino a encontrarme con unos amigos estaba empezando de la manera en que todo lo inesperado suele empezar (o sea, previsiblemente).

Me subí por la mitad del tren, siguiendo un consejo que me dieron sobre las tragedias en el transporte público. Me parecía que tenía lógica y lo apliqué.

Entre Chacarita y La Paternal
Estaba viajando parado, pero en el vagón la mayoría de las personas estaban sentadas. Me quedé al acecho, mirando permanentemente a todos lados pero con disimulo, como si buscara algo diferente a un asiento libre. Hacía mucho frío y una señora mayor estaba parada. Vi justo a un hombre abrir medio ojo y al ver a la señora continuar su falsa siesta aferrado al asiento. Por un momento lo detesté y pensé en intervenir, pero luego recordé que muchas veces tuve ganas de hacerme el dormido y no lo hice, tal vez era envidia y no un sentimiento justiciero, no lo entendía bien y entonces no actué.

Entre La Paternal y Villa del Parque
Pude sentarme. Los vendedores ambulantes iban y venían en un devenir ordenado que parecía que no se detenía nunca. Hasta eran armoniosos cuando se superponían: uno trataba de vender hablando, mientras otro se limitaba a ofrecer algo con la mirada y buscando gestos en las caras de los potenciales clientes.

A veces los vendedores entorpecen mis observaciones y a veces las agudizan. Quiénes son ellos para distraernos de nuestra apatía, pensé. En mi indiferencia pude adivinar un resquemor sin fundamento, quién soy yo para ignorar a alguien que diaramente se sacrifica tanto para ganarse la vida, quién me creo que soy si le doy el mismo trato que en otros contextos me parecería hostil. Los dos pensamientos se cruzaban y discutían en mi cabeza sin que haya una idea ganadora.

Entre Villa del Parque y Devoto
Subió un hombre que vendía compilados musicales. Con su equipo de música a cuestas y el sonido saturado, se paseó por el vagón gritando algo inaudible.

A nadie parecía inquietarle o molestarle la música tan fuerte. A mí tampoco, pero siempre el tren me genera un deseo irrefrenable de observar las costumbres de los viajeros y en vano busqué una cara de fastidio. Lo que sí vi fue mucho silencio, aunque más de uno cabeceaba siguiendo el ritmo. El vendedor luchaba gritando sobre su música y parecía que iba a perder, pero una mujer le compró un DVD, supuestamente con 198 canciones según pude espiar que decía la tapa.

Entre Devoto y Sáenz Peña
El vendedor se fue. Un adolescente puso música desde su celular. El volumen era fuerte, aunque no tanto como el que el vendedor había usado recientemente para llenar de sonido el vagón.

Algunos pasajeros miraron al nuevo musicalizador. Eran miradas que no decían nada, uno podría creer que querían quejarse y no se animaban, pero no habría motivos lógicos de queja, nadie había dicho nada frente al vendedor (ni lo habían mirado furtivamente).

Entre Sáenz Peña y Santos Lugares
Se escuchó el sonido de un envase de cerveza estallar contra las vías del tren. Nadie se inmutó, exceptuando a un grandote barbudo que parecía escritor y que negó lamentándose moviendo la cabeza de un lado a otro. Argumentos a favor y en contra sobre este hecho me inundaron: un deseo irrefrenable de calificar como delicioso ese estallido, pero también muchas ganas de juzgarlo como inapropiado. Preferí pensar en otra cosa para no detener el transcurso normal mi viaje. O tal vez al decidir pensar en otra cosa lo que hice fue cambiar mi viaje.

El hombre de barba le gritó al muchacho que bajase el volumen la música. No hubo respuesta. Se lo repitió reforzando el final de la idea parándose y con un insulto violento que sonó muy suave. El silencio de todos los que observaban y la cumbia que se negaba a ser silenciada produjeron un contexto difícil de describir, algo así como una mezcla perfecta de incertidumbre, peligro y belleza.

El adolescente le respondió que la gente quería escuchar música y que por eso nadie le había dicho nada al vendedor. El hombre le pidió (aunque pareció una orden) a la gente del vagón que dijera que eso no era cierto. El muchacho apagó la música, se paró y gritó: ¿quieren pensar en sus problemas o bailar? Otra vez nadie contestó. El adolescente subió el volumen de la música y empezó a bailar en el tren, mientras que el otro gritó “quiero escuchar a Bartok” y se bajó en Santos Lugares.

Entre Santos Lugares y Caseros
La gente que se subió no comprendía lo que pasaba al ver al adolescente que  incitaba a bailar a la gente. Nadie amagó a moverse, pero él sacó a bailar a dos mujeres.
Bailaban los tres y de repente se les sumaron dos parejas. Pensé en ir a bailar pero sé que bailo muy mal, lo tengo siempre presente y dudé. Mi cabeza se inundó nuevamente con las falsas dicotomías en las que venía pensando y mi mente pareció nublarse. Un hombre mayor se levantó para moverse. Pensar en algo no sirve de nada si no genera un cambio, una toma de postura frente al mundo. Mis atolondradas pero rebeldes piernas decidieron que me tenía que levantar.

Empecé a bailar en el San Martín como si eso fuera normal. Un guardia dudaba entre intervenir o quedarse sonriendo. Se decidió por lo segundo. Dos mujeres mayores se lanzaron al pasillo, que era la pista de baile improvisada, con sus cuatro nietos (o al menos eso imagino) y tres adolescentes más se incorporaron a la fiesta. En el vagón sólo quedó sentado un hombre que dormía y una mujer que miraba a todos con desprecio mientras los demás no notaban su mirada o la ignoraban, como hice yo. Todos desde la estación Caseros miraban el vagón.

Entre Caseros y El Palomar
Nadie bajó en Caseros. Algunas personas corrieron para poder subirse a ese vagón, aunque también hubo otras a las que el vagón les frenó adelante y prefieron ir a otro o subir e irse velozmente. Una mujer agarró mis manos y me dijo que tenía mucha actitud pero que me movía peor que un muerto.

Mientras bailaba con ella no pude con mi obsesión. Disfruté el momento pero necesitaba contar. Más de 25 personas estaban moviéndose al ritmo de la cumbia. “Yo bajo en Palomar“, dijo el que hizo con su celular una revolución cotidiana, de esas mínimas para un observador y gigantes para quienes la viven. Se escucharon sonidos de decepción y gritos de negación, todo el vagón empezó a pedirle que se quedara.

De El Palomar a Hurlingham
El adolescente se quedó, pero avisó que en la próxima estación sí se bajaría. Afortunadamente el recorrido entre ambas estaciones es uno de los más extensos. Las personas mayores se sentaron  pero sonreían, aplaudían y hasta gritaban un poco. Igualmente fueron reemplazados por nuevos pasajeros, que preguntaron por qué la gente bailaba pero al no recibir respuesta muchos se sumaron al baile (también hubo pasajeros que huyeron a otro vagón o que se sentaron a mirar).

De repente volví a estar bailando solo. Había decidido quedarme hasta que todo eso terminara. Sin embargo, el DJ espontáneo bajó en Hurlingham mientras los demás lo aplaudíamos. Todos comenzaron a sentarse. Nadie amagó con seguir musicalizando y entonces bajé del tren mientras los pasajeros se seguían acomodando y un guardia movía los hombros como broma hacia un compañero suyo.

El tren arrancó lentamente y lo corrí para darle una última mirada al vagón. Ya nadie se miraba. Eran desconocidos. Era la amnesia de nuevo. Eran olvido. En la próxima estación nadie sabría lo que pasó en ese viaje imposible.