21/05/2012

¿Qué fue de la vida de Dee y del mundo que compartimos? Parte I


Dee estaba muy contenta de conocerme. Era morocha, creo que de ojos claros, tenía una buena sonrisa (no era una linda sonrisa) e iba al colegio vestida como imagino que yo hubiera ido vestido a un colegio privado. Su segundo nombre era Louise. Había cumplido trece años en 1996 y vivía a orillas de un río en un pequeño pueblo llamado Ynysybwl, en Gales. Era un lugar pequeño pero con gente muy amigable y hermosos paisajes.
Donde ella vivía, convivía con lo que podría llamarse vida salvaje, ya que las astutas ardillas, los tiernos conejos, los fieles caballos y los engañosos patos estaban por todas partes. Su familia amaba a los revolucionarios gatos y por eso tenían tres. Su hermana tenía dos conejos y una cantidad de peces tropicales mayor a treinta y menor a cuarenta. ¡Qué bien que explicaba los motivos por los cuales no sabían el número total! Intentar reproducir la explicación sería sacarle la magia que tiene en mi cabeza porque nunca podría igualarla, así que prefiero omitirla. A veces es mejor guardarse los recuerdos.
Dee iba a la escuela en Pontypridd y le gustaba mucho jugar al fútbol y nadar. También disfrutaba de la lectura y su pasión eran los libros de misterio. A ella le gustaba salir a bailar con sus amigos.
Ella es el recuerdo de un mundo que ya no existe. En mi corazón representa un lugar perdido que la próxima generación no podrá encontrar y la que le sigue pensará que fue un invento y que ni vale la pena buscarlo.
Dee era la amiga por correspondencia que me habían asignado en un curso de inglés cuando tenía 12 años, era mi “penfriend”. Yo estaba empezando el secundario, tenía un indescriptible fervor por Independiente, todavía no sabía qué era Black Sabbath, tenía muchos sueños que ni siquiera había soñado y ya había tirado a la basura mis primeros cuentos (no sé si enorgullecerme por eso o avergonzarme por los que algunos años después no me animé a desechar).
Cambiamos varias cartas y hace pocos días, de casualidad, me encontré con una que había guardado. Puedo apostar a que ella no tiene mis cartas. Había olvidado que Dee existía, había olvidado esos relojes que no marcaban las horas, había olvidado la posibilidad de escribir una carta y la libertad que se sentía, que de todas maneras es muy inferior a la que se siente al escribir en el Word o en un mail (desconfíen de las personas que escriben y explícitamente denostan al mail).
La fascinación, lo inconcebible, lo impensable: gracias a un instituto de inglés y a unas semanas de espera, podía contactarme con alguien de otro mundo. Porque Gales era otro mundo. En mi mente era té en la Patagonia, bronca con Inglaterra, el fantástico Ryan Giggs y una letra de más en el apellido del personaje principal de El Mago de Oz. Gales para mí era lo mismo que Colonia Vela, eran laberintos infinitos que podían recorrerse sin siquiera advertir que eran laberintos. Hoy al correo van los que renuncian, los que tienen que mandar encomiendas, hacer trámites precarios y las personas que no envidio.
Tengo un amigo al que no sé definir si como genio o como loco. Es un lugar común así que no me extiendo. Es amante de las discusiones y cada vez que se arma algún debate que parece existencial, pero que en realidad es completamente estúpido, recuerda un episodio de Seinfeld donde uno de los protagonistas compra un auto porque perteneció al actor Jon Voight, para tener siempre a mano una historia interesante para contar, y luego discuten si el nombre era John o Jon sin h. A mi  amigo le gusta pensar en cómo era esa época y en cómo hoy eso se resuelve en dos segundos.
Quince años después, Dee sigue sonriendo desde la foto que me mandó. Pero la sonrisa de felicidad parece haber mutado. Ahora casi que sonríe como La Mona Lisa. No alcanzo a vislumbrar si me sonríe nostálgicamente al pensar en el mundo sin distancia ni tiempo que hoy compartimos desencontrados y compararlo con el mundo de poéticas lejanías indescriptibles que supimos disfrutar. O tal vez sea una mueca que desborda ironía al verme escribir estas palabras y pensar que somos los mismos de siempre pero con nuevas tecnologías.
 ¿Seguirá viviendo en Ynysybwl? ¿Habrá estudiado? ¿Será oficinista, rockera y drogadicta? ¿Será una aburrida empleada pública que mira la vida pasar? ¿Está en camino a cumplir sus sueños o habrá olvidado sus sueños por el camino? No consigo descifrarla, reinterpreto sus cartas pero no puedo saber qué fue de la vida de Dee y de aquel mundo que hoy parece tan lejano. 
Necesito saberlo, así que voy a buscar la manera de encontrarla. Pensando en el mundo en que vivimos, no es muy difícil imaginar cómo lo voy a hacer. ¿Pero cómo me presento? ¿Qué le digo? ¿Tengo que presentarme y definirme en dos renglones para que a ella realmente le interese mi propuesta? ¿O la sorpresa de un habitante de un mundo que ya no existe y que disfruta del mundo actual será suficiente? ¿Le miento y le digo que me acordé de ella por el personaje de una serie que acontece en Philadelphia? ¿Le digo que siempre la recordé? Quiero contactarme con ella para entender. Esta historia no termina acá, pero por el momento no sé cómo sigue.

07/05/2012

Anhelo de espejismos


                                                                   “Querer la trama más que el desenlace”
Iba todos los días por ahí. Él la esperaba, pero le hacía creer que era un encuentro azaroso y la acompañaba en su camino, unas breves cuadras hasta llegar a su trabajo. Al principio los encuentros duraban poco, se le acercaba y luego se alejaba. Iba tratando de conocerla gradualmente, al comienzo la seguía desde lejos y se aproximaba por segundos. Después la distancia se fue acortando y la espera a ella no le parecía tan espontánea, aunque seguía aceptando su compañía furtiva sin dar vuelta la cabeza (aunque sentía su presencia).
Ella subía al tren San Martín en Sol y Verde. No le importaba si sentaba o no. Era de esas mujeres que podrían viajar en el estribo pero decidían no hacerlo. Era de esas personas que miraban a los ojos a los vendedores ambulantes y no podía comprarles nada aunque quisiera. Era de esas que movían levemente la cabeza al son de la música de un celular ajeno y de las que no se alarmaban con un estruendoso y casi dulce estallido de vidrio en las vías.
Lo único que él sabía con certeza de ese viaje, que para él no tenía comienzo, era el destino: la estación de tren de Chacarita, en el barrio que más conocía, el lugar que lo había visto nacer y crecer en sus calles acogedoras, donde siempre encontraba una mano amiga circunstancial para poder subsistir. Lo único seguro en su vida era que alguien iba a aparecer, nunca se sabía quién, cómo, cuándo ni dónde. Tal vez por eso cuando empezó a ver que ella tenía una rutina que se cruzaba con su camino empezó a pensar que quizás había algo más para él, algo desconocido, inquietante y al mismo tiempo anhelado que tendría que tratar de descubrir.
Él de chico supo lo que era el amor, pero luego la vida le presentó a las tragedias y a la soledad compartida. Con el tiempo fue curándose u olvidando, que son casi sinónimos. Él no recuerda las primeras veces que la vio. Para él, el primer día que la vio fue cuando notó que la veía pasar siempre y sintió todo el aire rodear su cuerpo. La miró pasar y se calmó, sin entusiasmo, podía ser una confusión, era mejor esperar para ver si efectivamente ella pasaba por ahí y no era un desvío casual o una trampa de su mente. Cuando pasó al día siguiente, él no se atrevió a mirarla fijo y paseó su mirada por ella como si de mirar al sol se tratara. 
Pasaron varias semanas hasta que se animó a seguirla. Fue clave una sonrisa que ella le regaló. Sin importar cómo estuviera el día, él la esperaba. No tengo la capacidad de poder describir la alegría que él sentía al verla, quizás le daba la seguridad que nunca había tenido, a lo mejor le hacía pensar en otras vidas posibles, tal vez simplemente le daba una anécdota para contarle a sus compañeros en la plaza.
La seguía de cerca y empezaron a intercambiar miradas y ella cuando estaba de buen humor le hablaba con ternura, le hacía preguntas. No todo era tan lindo para él, también ella solía estar apurada y algunas mañanas le gritaba o lo ignoraba completamente. Él se preocupaba porque ella lo conociera de a poco, para ver si podía lograr una mejor vida en su compañía.
Un día todo cambió, pero cambió de la peor forma, como cuando se anuncia primero que algo cambió y luego se explica el cambio. Mutuamente se habían ganado cierto merecido cariño, pero una mañana ella y él se equivocaron por no saber entenderse. Ella llegó más tarde, mucho más tarde. Él estaba esperando, bajo la lluvia, la misma atención de todos los días. Ella casi que corrió al trabajo, él la corrió detrás y le bloqueaba el paso juguetonamente. Una barrera se cruzó, un límite de los que no se vuelven. Todavía lo recuerdo con dolor, lo recuerdo como si nunca hubiera pasado, como si en realidad mi imaginación hubiera completado el vacío. Se le hacía tarde para el trabajo, entonces ella lo agredió y él emitió un sonido que mezclaba incredulidad y queja. Él la dejó seguir y ella se fue al trabajo sin mirar atrás, insultándolo.
El fin de semana ella tuvo que trabajar y no lo vio en la estación, pero no le sorprendió. Él ya había entendido la frecuencia de su recorrido, su rutina nada secreta pero que a él le costó descifrar mucho, incluso pasó varios fines de semana esperando en vano hasta aprender un poco lo que es el tiempo (sabía desde siempre lo que era el espacio).
Llegó el lunes y ella había pensado en él, esperaba verlo y que con una mirada todo fuera como al comienzo, sin la necesidad de que haya un pedido de disculpas de por medio. Cuánta culpa sentía, hasta se la veía caminar con remordimiento y podría decirse que casi arrepentida de no haberse arrepentido aquel día y en ese preciso instante.
Ella trató de seguir con su rutina. Sin embargo, algo le faltaba a su vida. Empezó a pensar cada vez más en esos momentos furtivos compartidos. Los recuerdos no le servían, no le alcanzaban. Nunca sirven los recuerdos cuando los errores son frescos y se podrían haber resuelto con simpleza. Es el paso del tiempo y la inmovilidad lo que los complejiza.
Tenía la costumbre de llegar apenas tarde a todos lados, así que no podía dedicarle tiempo a buscarlo en sus apuradas mañanas. Pero al ser golpeada por su ausencia, después de cada día de trabajo recorría Chacarita buscándolo, aunque sin saber qué le diría si lo llegaba a encontrar. Confiaba en que en el esperado momento la espontaneidad le jugara a su favor.
Hacía mucho que no se sentía tan frustrada. Hasta parecía una frustración exagerada por momentos, a veces hasta daba un poco de gracia ver cómo la quería esconder y no podía porque miraba, miraba y miraba intentando encontrar lo que ya había perdido. Es muy triste perder algo sin saber que uno lo ha perdido, que ya no es y nunca volverá a ser, como cada momento diario que se nos escapa de las manos sin siquiera pensarlo. Es que si lo pensáramos sería más difícil todo.
Entre que bajaba del tren y llegaba a su trabajo no existía nada más. No había trenes, andenes ni terraplenes. No había personas, no había autos, no había miradas, no había bocinas, no había cemento, no había empedrado. Sólo había una búsqueda. Él sabía su camino, si no había vuelto era una elección, pensaba para convencerse a sí misma de olvidarlo, pero era en vano. Ahora le pediría perdón de rodillas, le diría que quisiera volver el tiempo atrás, no haber hecho nunca lo que hizo, quería invitarlo a Sol y Verde a vivir con ella.
Al principio la angustia la molestaba, le estorbaba. Luego la inundaba. Finalmente la ahogaba. Empezó a llegar tarde al trabajo para tener más tiempo durante el día para buscarlo. Parecía una historia de cuentos olvidables en los que suele pasar lo que todos creen que va a pasar: en el momento de mayor tristeza y arrepentimiento aparece la luz al final del túnel, junto con algunas frases hechas que terminan la historia.
Ella lo encontró. En uno de sus recorridos matutinos, ignorando los llamados de atención de su jefe (y los llamados al celular), lo encontró. Estaba en un parque muy cerca del cementerio de Chacarita. Ella se quedó contemplándolo y él todavía no la había visto. Ella pensó en qué decir y se dio cuenta que lo mejor era no decir nada y correr hacia él. Él se dio vuelta al escuchar el golpe de las zapatillas de ella en el cemento. Cuando ella estaba por abrazarlo, él la mordió.

16/04/2012

Oda al Refresco


(para Pitta, Joaco y Bari)
“Ser solemne es ser solemne. No es parecerlo. Tal vez uno de los dos grandes males de la modernidad haya sido confundir el ser y el parecer. El otro mal son las citas textuales".
Este es un agradecimiento a vos,
que escondés los mayores secretos
de la vida y del mundo desconocido,
que hacés de mi boca un fuego
o un humilde témpano de hielo
adivinando qué necesito yo.

Este es un poema a vos,
que nos mostrás el universo cuando
te separan con una tibia caricia de tus pares,
que me pusiste a gente que lo comprende,
para que así yo entendiera todo tu valor,
y también la alegría de efímeramente existir.

Este es un homenaje a vos,
que me enseñaste que la unión prevalece,
que cada adversidad se puede superar,
que en tu sabor mágico la verdad se refugia,
preparada a develarse a quienes te reciben,
y sin rencor frente a los que te ignoran.

Este es un tributo a vos, Refresco,
que me traés el sabor de la vida,
que me hacés olvidar cualquier tristeza,
y sacar fuerzas para resistir los golpes bajos.
Ya no podés engañar a nadie, Refresco,
sabemos que sos la definición de felicidad.

Gracias Refresco por mostrarme lo puro
que aún queda en esta tierra condenada,
por hacerme ver que aún sirve conmoverse,
que todavía se pueden lavar las almas.
No resisto, quiero abrir otro rojo paquete,
y festejar con un brindis simbólico este amor.

Hacés que la maldad parezca un espejismo,
sos la evidencia de que el horror y la injusticia
son nubes pasajeras que el arcoiris hará artísticas.
Y así me voy quedando sin palabras, sin aliento
¿Qué más puedo decirte, amigo mío? Creo que nada,
si cotidianamente tu envidiable destino se cumple.

01/04/2012

Convicciones negociadas

                      “Podés cruzar la línea divisoria de la peor locura a la genialidad, de la fortuna 
                       a los raspados de la olla, del aislamiento a la popularidad”.
Era mayo del año 2006 y por ese entonces había una persona que tenía muchos sueños, de los cuales hasta ahora varios se cumplieron, muchos siguen vigentes, otros quedaron en el camino y otros jamás deberían haber aparecido.
El protagonista de esta historia trabajaba en una de las empresas más olvidables del mundo, la cual tenía un régimen de vigilancia que si Foucault lo hubiera conocido hubiese tenido que agregar diez capítulos más a Vigilar y castigar.
En abril había comenzado en ese trabajo y en mayo recibió un mail de un editor de una importante editorial, una de las más importantes del país, que le comentaba que una profesora suya le había dado su nombre para contactarlo y tener una entrevista por una posibilidad laboral. 

Teniendo en cuenta el confuso presente laboral que atravesaba, con la irrisoria cifra de quince minutos para almorzar y una más irrisoria cifra salarial, no dudó en llamar al número que el editor le había brindado para coordinar un encuentro. La entrevista se concretó días después.
Sin ser maleducado pero sin preocuparse por las formas, el editor lo hizo sentarse en un escritorio y le contó brevemente cuál era el proyecto editorial que estaba pensando y cuáles eran las posibilidades.
La cara de él lo escondía todo. Mientras con elogios breves e interjecciones conseguía entender mejor el proyecto y obtener más información, por otra parte pensaba en si le convenía aceptar y a la vez desconfiaba un poco de la propuesta, que no dejaba de tener su atractivo.
El editor explicó que el proyecto que se estaba planificando era publicar una revista con un contrato de lectura algo extraño, diferente. Quien la comprase creería que en sus manos tenía una revista únicamente compuesta por cartas de lectores que relataban hechos que les habían pasado en sus vidas. El editor entregó una hoja donde se enumeraban las consignas, por llamarlo de alguna forma, desde la extensión hasta la conjugación verbal, pasando por la manera de interpelar al lector y una descripción breve del vocabulario a utilizar.
La música sonaba permanentemente y era muy variada. El editor sintió que tenía que excusarse por la música que se escuchaba y dijo que era un espacio abierto y que habían acordado que cada empleado podía elegir un par de canciones y armaban así una lista de música para todo el día.
Poco le interesaba eso a quien estaba sentado enfrente, que trataba de entender mejor el proyecto porque había algo que no le cerraba, tanto desde lo ético como desde lo literario. Luego de reconocer Black Dog de Led Zeppelin, sonó una canción que el potencial colaborador de la editorial no reconoció y que el editor denostó. La canción decía “se te van a acabar los berretines de verduga”, frase que no interpretó pero que le quedó grabada en la mente. 

En ese momento no entendió que ahí se le estaba escapando algo, pero años después comprendió la genialidad de esa combinación de palabras y se dio cuenta de que hay caprichos que algunas personas consideran dignos de los verdugos que siempre tienen la última palabra (y por eso nunca abandonan sus caprichos). Entendió que algunos los abandonan al pensar que son caprichos de ese estilo y en ese camino dejan de lado los caprichos irrenunciables. Pero en ese momento, vergonzosamente, no retrucó y simplemente se calló ante la crítica clasista que realizó el editor, que comentó que era música de negros.
Las dudas que había en el potencial colaborador se esfumaron cuando el editor pasó a hablar del pago. Le dijo: “vamos a pagar a todos los colaboradores 350 pesos por relato, sea aceptado para publicar o no”. Si en ese momento él trabajaba por 540 pesos mensuales, con un potencial de llegar a 640 si no faltaba nunca y no llegaba nunca tarde (cabe destacar que pedir un día por examen era insólitamente equivalente a faltar), eso quería decir que tal vez en un día de escritura podía conseguir lo que le pagaban por más de dos semanas de trabajo. La balanza se inclinó fácilmente y aceptó la oferta.
Para compartir la alegría, se contactó con una amiga para contarle y ella, con una efímera telefónica sonrisa que hubiera hecho que satanás se cambiase de bando, le comentó que también había tenido la entrevista y que estaba tratando de escribir algo.
Pasó una semana pensando en qué escribir y notó que esas consignas iban en contra de lo que a él le gustaba escribir y también en contra de lo que le parecía que debía ser escrito, que parecen cosas diferentes pero no lo son tanto. Es complejo tratar de describir la frustración que se fue apoderando de su cabeza en esa semana, por no mencionar la vergüenza que se fue apoderando de sus dedos al empezar a escribir la idea con la que se había casado. El objetivo ya era claro, con esas consignas era imposible escribir algo digno, había que adaptarse, escribir lo que se pudiera y luego cobrar, se decía.
En un día sintió todas las sensaciones. En un día hizo el relato y lo corrigió. Era un relato de amor y liberación completamente edulcorado, lleno de diálogos, vacío de contenido, sin descripciones, pura acción y sin hermosas, elocuentes, anhelables y dignificantes pausas. Doce páginas de mierda que le valdrían ser publicado por primera vez y que le generarían un ingreso de 350 pesos, objetivos en ese contexto nada deleznables que hicieron que pasara al olvido la dudosa calidad del relato.
Unas semanas después, tras entregar el relato y recibir la aprobación del editor, le confirmaron que sería publicado pero aún no podían decirle si aparecería en el primer número o en el segundo.
Con la aprobación del primer relato, le llegó la invitación para escribir el segundo. Entre que había apretado enviar y había recibido la respuesta, las dudas lo asaltaron violentamente. No sabía si se había equivocado. O quizás sí lo sabía pero imaginaba que no, que lo suponía. Confió ingenua y ciegamente en que se mantuviera ese olvido casi programado sobre la calidad del relato porque todavía no entendía los laberintos de la memoria y no sabía que lo que uno pretende olvidar siempre encuentra la salida y, paradójicamente, lo inolvidable, a menos que sea muy poderoso, suele perderse.
Los mails de alegría intercambiados con su amiga por participar del proyecto y por tener la posibilidad de escribir un relato fueron mutando rápidamente hasta compartir la indignación por el pago pendiente. La odisea que resultó cobrar esos 350 pesos fue el castigo merecido por haber congelado lo que realmente él quería hacer.
Fueron  meses y meses de idas y vueltas y las excusas se volvieron cada vez más elaboradas (y por ende creíbles) vía mail y telefónicamente: “te pido que tengas un poquito de paciencia, todavía no me dejan pasar factura porque el proyecto no salió”, “la publicación se demoró unos meses y por eso no puedo pasar factura”, “dejá la factura en recepción”, “es muy raro, la factura no me llegó”, “ahora me llegó así que quedate tranquilo que vas a cobrar pero todavía no puedo pasarla”, “pasó tanto tiempo que la factura está vencida y necesito que hagas otra”, “la revista tendrá papel importado y el papel está retenido en la aduana y hasta que no salga no se pueden pagar los relatos”.
Finalmente, su insistencia dio frutos y, después de varios llamados telefónicos y visitas a la editorial, pudo cobrar. El problema es que para esa altura sentía que algo andaba muy mal. Pasarían años hasta que él entendiera que había sido un mercenario de la literatura.
Las dudas pudieron más y se negó a escribir un segundo relato luego de cobrar el primero (eso no significa que su negativa constituyera su reserva moral y reemplazase su error). Su amiga escribió el segundo relato y nunca lo cobró. Jamás se supo si la revista se publicó o no por las incesantes postergaciones que enumeraba el editor, pero él nunca olvidará ese fatídico mayo de 2006 de convicciones negociadas.
Ahora abrió un blog con un contrato de lectura en blanco. Quiere saldar una deuda consigo mismo, pero en algún momento perdió el rumbo y el rastro y no sabe quién tiene el pagaré que firmó.


22/03/2012

Dar testimonio en momentos difíciles

Comparto mi humilde homenaje a Rodolfo Walsh. Esta vez el texto está hecho imagen, así que agrándenla para leer mi poema con la intervención que hizo Fernando, a quien aprovecho para agradecerle infinitamente por ilustrar mis Fugas y obsesiones.

05/03/2012

Detrás del muro del sueño


                   “Y yo: siempre en la puerta... Sueño el mismo sueño, vos sabés. Que nos explota en las manos”.



En el sueño estaba sentado en un bar con un amigo, lo voy a llamar Raulf pese a que no tenía rostro. Al no tener cara en realidad no sé si era mi amigo, pero parecía conocerme bien y había mucha confianza, así que imagino que éramos amigos. Nunca había ido a ese bar y las caras de los desconocidos de cierta forma indescriptible me hacían notar que era un forastero.
Estábamos preparados para pedir algo de tomar cuando se acercó el mozo y nos sirvió. Raulf le dijo que no habíamos pedido nada y el mozo contestó que él soñaba lo que la gente necesitaba tomar 24 horas antes y si esas personas aparecían en su bar, él les daba lo que había soñado que tenían que tomar. Dijo que sólo se retractaba si alguno había soñado que tomaba algo distinto, pero ante nuestro silencio dejó las bebidas en la mesa y se fue.
-¿Qué es esto? – alcancé a preguntarle.
Dio media vuelta y volvió: es lo que vas a tomar en tu sueño si no te querés despertar y sentirte un pelotudo por no respetar mi sueño.
-Voy a disfrutar esto y te voy a robar esa frase para un cuento – le contesté con una mezcla de sumisión y soberbia, pensando en que jamás usaría la frase.
El mozo, que parecía tener doscientos años pero nunca haber envejecido, se retiró acomodándose la raya al medio en su cabeza y gritando: se ve todo como uno quisiera que fuese, luego se observa lo que no existe y al final se ve todo como es, que es lo más horrible que puede suceder, lo más horrible que puede suceder.
-Cómo le gusta hablar de sueños a este mozo– me dijo Raulf.
-Sí, es raro, si esto realmente fuera un sueño tendría que ser más surrealista, sólo hay humanos acá haciendo cosas que harían en este contexto y no hay nada raro, nada que me dé miedo, me maraville, me sorprenda o no comprenda.
-Pará, algo raro hay, pero para vos es natural acá. Las paredes están cambiando de color.
-No, son grises.
-Las vemos diferentes entonces. Te dije de venir acá porque tengo un problema.
-¿Cuál es?
-Estuve hablando con Tony Iommi. Quiere que toque en Black Sabbath.
-Brindemos por esto.
Antes de que me explicase la situación, brindamos y tomamos. La bebida del infierno había soñado ese mozo que queríamos tomar. Durante cinco minutos transpiré como si hubiera corrido una maratón.
-No, no entendés. Es un problema.
-¿Por qué Raulf?
-Porque el baterista se lesionó y sólo quieren que toque con ellos una noche, un recital.
-Es el sueño del pibe – le dije gritando y levantándome de la silla para ver si se daba cuenta de que podía cumplir el sueño de su vida, por más que sólo fuera en el marco de un sueño y que además fuera en mi sueño y no en el de él. Sentí las miradas de nuevo y me senté.
-No, loco, yo soñé toda la vida con esto. No puede ser que sea así, es injusto, no puede ser un hoy, un aquí, un ahora, dos horas de mi vida y después nunca más, como si nada hubiera pasado. El vacío, ¿cómo me recupero de ese vacío?
-Vos no entendés.
-Vos no me entendés. Además Ozzy no está convencido, quiere cancelar el show, dice que Tony ya no canta como antes y que con la humedad su dedo cortado lo hace sufrir mucho.
-Ozzy canta.
-No acá. En el sueño canta Tony.
-¿Y Geezer qué opina?
-Geezer no se metía, estuvimos hablando como dos horas los cuatro pero Geezer no decía nada y ahí me confesaron que es un muñeco inflable. Y yo no podía creerlo pero lo desinflaron.
-No te creo.
-Lo desinflaron, Ari. Después lo inflaron de nuevo y tocó como los dioses en el ensayo.
-¿¿Pero vos ya ensayaste??
-No, no, los escuché desde afuera, me dijeron que me decidiera primero pero yo tengo miedo del día después y algo les tengo que contestar. Dijeron que no podía entrar a la sala si no me comprometía a tocar a la noche. A mí me da miedo el mañana, cuando vuelva Bill a la banda.
-Deciles que sí, es tu sueño. Hasta es mi sueño también.
-¿Pero cuál es el costo de los sueños?
-¿A qué precio los cumplimos querés decir? – no lo entendía.
-Sí, o a qué precio los resignamos.
La pregunta de Raulf me dejó pensando mucho cuando desperté y me acordé del sueño y del sueño en el sueño. Pensé unas pocas teorías y una infinidad de respuestas bien armadas aunque sin fundamento, pero, tanto en mi sueño como cuando escribí esto, no pude verbalizar una respuesta coherente y racional, pasaba todo por otro lado, por un lado sensorial y lo mejor y lo peor de los sentimientos es que muchas veces no se pueden poner en palabras, como sí puedo robarme un pensamiento a mí mismo cambiando unas palabras.
La noche se estaba poniendo demasiado reflexiva para ese bar. Un viento potente golpeó a Raulf y su remera se metió un poco en su ombligo. No podía entender qué pasaba y le pregunté. Él se levantó la remera y tenía un abismo en el ombligo. Instintivamente levanté mi remera, que era una camiseta del Manchester United y tenía al ángel demoníaco de Black Sabbath, pero me encontré con mi apacible y terrenal ombligo. No había abismo, pero ahora la remera era negra.
-Es una noche, un recital, el sueño de tu vida Raulf. Es como estar con la mujer de tu vida una noche aunque no puedas tenerla siempre. Es como ser Maradona contra los ingleses en el 86 y al día siguiente ser el boletero de una estación abandonada con las vías rotas esperando a un tren que sabe que no va a llegar. No vas a perderte eso. Es ser Eduardo Galeano escribiendo El libro de los abrazos o Las venas abiertas de América Latina y al día siguiente ser analfabeto. Las venas loco, las venas, no podés hacerte esto a vos mismo.
El mozo pasó nuevamente. Se lo llevaban preso. Según pude escuchar, entre tanto forcejeo de empleados, clientes y policías, fue por pegarle a alguien que no quiso tomar lo que él le servía. El ambiente se tranquilizó pero las paredes empezaron a desteñirse.
-Vos con tus sueños hacé lo que quieras, pero con los míos no me jodas. Te apuesto a que también dudarías en esta situación.
-Me parece que ya no estamos hablando de Black Sabbath.
-Sí, estamos hablando de Black Sabbath y de esto que me pasa a mí – me ubicó correctamente Raulf y siguió: si no estuviéramos hablando de Black Sabbath no estarían los tres allá mirando a esta mesa y pensando en qué voy a decidir. Si no querés hablar de Black Sabbath acordate de este sueño, escribilo en tu blog y mentí como hacés a veces.
En el sueño me pareció que no valía la pena contestar esa agresión y ahora me gustaría haberle contestado (igual sospecho que no se me hubiera ocurrido una respuesta inteligente). Ahora veía a las paredes cambiar de color, manchas asimétricas iban y venían como en una programada anarquía automovilística de autos deformes. Se mezclaban y creaban colores que no sé nombrar.
-¿Vos decís que escriba lo que ni yo mismo entiendo? Hay una gran diferencia entre ser relativamente misterioso o críptico y no tener nada para decir y maquillarlo.
-No, vos escribilo porque no lo entendés, como para tratar de entenderlo. Copiate de esa canción donde le dicen al cantante que no sabe, que cante que no sabe, y hacé algo parecido antes de que se hunda tu acorazado.
-Caparazón. Penas. Esfuerzo. Distancia, siempre distancia, voluntad de amor. Sudor. Dolor. Y sentimiento…
-No, esa canción es de otra banda y lo sabés. Escribilo, vos que no lo entendés.
-Es que me paro en la línea del medio y a veces voy para un lado sin darme cuenta y a veces para el otro. Creo que creo que tengo algo para decir.
-Hacelo, pero no pongas de nuevo eso de la adivinanza, el ajedrez y la palabra que no se puede nombrar porque te pasás de obvio.
-Está bien. Pero vos también hacelo, tocá con Sabbath, ¿vas a matar así a todos tus instintos? ¿vas a negarte y después te vas a arrepentir? ¿y si hoy la rompés tocando y quedás?
-Pensé que en los sueños ibas a ser menos cuadrado.
-Vos sos el cuadrado, Raulf. Mi profesor de bajo, con el que ahora sólo nos cruzamos en laberintos barriales, me decía “que fluya, que fluya” y eso es lo que vos deberías hacer, salir a tocar como si no hubiera mañana, hasta despedazar la batería. Y así tratar de vivir y quizás ni lo vuelven a llamar a Bill.
De pronto el mozo volvió con una sonrisa grande. Se jactó de haber convencido a la policía, mientras lo golpeaban, de que el sueño del cliente era el equivocado. Nos dejó nuevamente dos vasos llenos de una bebida y nos explicó que no habían venido las personas que debían tomarlo, así que antes de tirarlos prefería que los tomásemos nosotros.
-Te conozco, sé que vos harías lo mismo que yo. Lo que me da miedo es que yo no te estaría diciendo lo que vos me decís. La utopía no se vive una noche, se busca, se trata de vivir y punto. Siempre se busca.
-No lo sabés, soñalo vos y me decís. Si lo soñase yo, vos me estarías diciendo lo mismo, la diferencia es que yo te haría caso. Además, se trata de vivir empezando a vivirla, aunque sea en parte, no negándote.
-¿Y si fuera real?
-No, si fuera real yo no resignaría mi sueño de toda la vida por una realidad de dos horas. Viviría esas dos horas como si fuese el comienzo sin resignar el sueño y después conseguiría tocar con Black Sabbath mucho tiempo.
-Al final sos como ese mozo maldito.
-En algunas cosas sí, en otras no. Al menos todavía no soy como las paredes que antes estaban llenas de colores y ya no existen, ¿vos querés ser Maradona en el 86 y el boletero?
-No lo sé, pero los de Black Sabbath ya se fueron.
-Ahora no vas a ser ni uno ni otro, no vas a tener la gloria ni la poética desgracia que imaginamos.
-Otra vez lo quieren trompear al mozo. Vamos a defenderlo, no dejemos que le pase lo mismo.
Sonaba una banda nueva y al ritmo de un rock tangueado cantaban “en algo vos y yo nos parecemos, la misma sed, el mismo otro lugar”. Nos paramos rápidamente. A Raulf lo sentaron de una piña en un segundo. Yo me desperté mientras tiraba una patada y trataba de pensar quién era yo en el sueño y quién sería al despertar, si Maradona en el 86 y después pagaba el costo o si no era nada de eso pero también pagaba el costo en este ir y venir real de confusiones casi planeadas.

23/02/2012

Ajedrez no jugado

             “-En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la única palabra prohibida?
              Reflexioné un momento y repuse: -La palabra ajedrez".
              (El jardín de los senderos que se bifurcan).


La ciudad asfixia tanto como inspira, lo que es tan terrible como alentador. Hay una plazoleta en Villa Crespo. No sé cómo llamarla, quizás sea sólo una porción de cemento semi vacía más ancha que lo normal. Ahí hay un puesto que vende flores y hay cinco butacas de cemento. Hay un tacho de basura, una planta y dos principios de árboles. Entre un par de butacas, hay un resabio de una mesa. Entre el otro par de butacas, hay una mesa con un tablero de ajedrez, como se ve en la foto. Hay una butaca que está rota y cambia de lugar según la ocasión, sirviendo eventualmente de asiento al florero de la plazoleta. 

Este tablero de ajedrez tiene un pasado difuso, nadie puede saber con certeza desde cuándo está ahí. Estuve preguntando y no me supieron decir, supongo que debe ser más porque a nadie le interesa desde cuándo está ahí que por otro motivo, porque seguramente alguien recuerde que eso antes no estaba. Además, tiene un futuro impensable, inabarcable, casi inconcebible, claramente más amplio que el de las personas que pasan a su lado. Perdurará hasta el fin de los días como lo hace hoy: estoico, pintoresco y bicolor. Tampoco a nadie le importa el futuro de ese tablero de ajedrez. Si a nadie le importa el pasado de algo y tampoco su futuro, es evidente que menos que menos les interesará el presente. Hay algo que me llamó la atención, pasé por ahí cientos de veces pero sólo ayer me di cuenta: décadas y décadas y no tuvo ningún presente feliz, nadie usa ese tablero de ajedrez. Pueden sentarse a descansar, a atarse los cordones, a tomar mate y a charlar en esa diminuta y triangular islita de cemento, pensando las personas en sí mismas o en sus seres queridos u odiados y no en jugar. Nunca en jugar.

No es mi intención preguntarme si debería estar o no esa invitación al ajedrez ahí. Tampoco trataré de hablar de las ideas que luego salen mal y todavía menos intentar frustradamente ponerme académico y hablar de la relación entre la práctica y la prefiguración de la práctica y en cómo cada vez que paso por ese tablero de ajedrez lo conozco por primera vez. Lo cierto es que está ahí, no importa por qué pero sí importa cómo.

¿Alguien alguna vez se paró a pensar en lo que sufre ese tablero de ajedrez como lo estoy haciendo yo? ¿Por qué estoy pensando en cómo sufre un tablero de ajedrez no usado y no en cómo sufre la persona que se sube al colectivo con cara de no querer haber subido? No hay farsa mayor que decir que las cosas no tienen sentimientos, es una clásica mentira piadosa, avalada por múltiples teorías, que nos hacemos para vivir más cómodos. Las cosas tienen el sentimiento que nosotros les ponemos, sino pregúntenle a alguien que haya juntado figuritas en su infancia. Cada figurita vale proporcionalmente el costo del paquete dividido la cantidad de figuritas que hay en él, sin embargo en ciertas figuritas se ponen en juego sentimientos inexplicables, incoherentes y hasta intolerantes, sobre todo en la famosa última que completa el álbum.

Cuántas veces nos preguntamos sobre la predeterminación y sobre el azar que hay en nuestras vidas. Pensemos lo que pensemos, es difícil hacerse cargo del propio destino o de lo que uno cree que debe ser su destino según lo que quiere, que parecen cosas distintas pero no lo son tanto. Si no nos vamos a hacer cargo de eso, por lo menos tengamos un gesto. Un gesto puede ser el infinito o la nada misma, pero siempre hay que tenerlo. De lo contrario, hay que rendirse y ni siquiera fingir intentarlo, que es probablemente uno de los actos más hipócritas que hay y en el cual es muy fácil caer sin darse cuenta. 

Podría hacer decenas de analogías gastadas y baratas comparando el ajedrez con la vida. Superficiales y profundas. Podría empezar por las razas y el orden de juego, continuaría con las clases sociales de acuerdo a las posibilidades de las piezas y hasta hablaría del machismo del rey y la pacatería de la reina. O mencionaría quiénes mueren primero y quiénes luego. Pero sería un desvío porque yo no quiero hablar de lo que se relaciona con ese tablero, quiero hablar lisa y llanamente de ese tablero, sin comparaciones, sin metáforas, sin moralejas. Ese tablero pide no ser sólo una mesa de paso. Pide ser. Nada más que eso y esperando se vuelve un llanto de cemento, una señal que ignoré tanto tiempo y ahora no puedo esquivar.

Hay una frase hecha que suena muy linda y dice que el hombre es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. Lo que todos voluntariamente pretenden ignorar es que también se puede ser prisionero de lo que se calla. Al caminar por la plazoleta pensé en ese tablero y fue recién unas horas más tarde que entendí que allí había dos tableros, que el principio de mesa entre uno de los pares de butacas eran los resabios de un tablero arrancado (imposible que se haya roto). ¿Quién lo habrá escuchado a ese tablero? ¿Habrá pedido auxilio para sí mismo o también para el otro tablero? ¿Por qué alguien creyó que arrancarlo era la solución? ¿Estará el salvador jugando al ajedrez en tu casa? ¿Efectivamente se lo puede llamar salvador? Creo que no entendió el pedido, seguramente lo escuchó pero no sabía qué era el ajedrez y eran tiempos sin google, al llegar a su casa no recordó la palabra ajedrez y entonces decidió aliviar las penas del tablero violentamente. O quizás no, tal vez no fue un gesto poético sino un asesinato que una persona cometió para dejar de escuchar al tablero.

Un amigo me hizo llegar una frase durante una charla, él no la recordaba bien así que no hay chances de que sea exacta porque será mi recuerdo (intentando ser preciso) de un recuerdo (que es imposible que sea preciso) y si pusiera comillas sería un farsante: Cuando los jugadores se hayan ido, cuando el tiempo los haya consumido, ciertamente no habrá cesado el rito. Es casi temible la frase, sin jugadores el tablero sigue ahí, sin piezas sigue ahí, el rito que quizás nunca hubo no ha cesado pese a que en este contexto nunca comenzó.
La apatía que sufre el actual solitario tablero se corporiza, me afecta, tengo un miedo aterrador cuando paso cerca, creo a veces que me va a gritar su pena o que la va a cantar en forma de tango. En otras ocasiones me parece que me va a susurrar una palabra al oído, una palabra que despierte un huracán en mí. Incluso llegué a creer que alguna vez, tras pasar por ahí, me habló lo suficientemente bajo como para asegurarse de que no lo escuchase. Estoy esperando el día, cuando pase le voy a contestar que siento su pena y que no sé si la comprendo pero la vivo, la sufro. Aunque de gestos está hecha la vida y quizás pueda evitar que me grite algún día.  Yo voy a ir a jugar al ajedrez ahí, ¿quién juega conmigo?