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27 nov 2012

Apología de los pañuelos de tela

"Un fama es muy rico y tiene sirvienta. Este fama usa un pañuelo y lo tira al cesto de los papeles. Usa otro, y lo tira al cesto. Va tirando al cesto todos los pañuelos usados. Cuando se le acaban, compra otra caja". Julio Cortázar en Historias de Cronopios y de Famas.

Uno de los recuerdos más latentes que tengo de mi infancia es estar jugando en el arenero del jardín de infantes y ver desde el tobogán un pañuelo de tela rojo que se cae de mi bolsillo. Inmediatamente me tiro hacia la arena, agarro el pañuelo y voy al baño. Abro la canilla y me pongo a lavarlo (el agua es helada), mientras una maestra me pregunta qué hago y se lo explico con seriedad.

Hay dicotomías que dividen al mundo. Hay dicotomías verdaderas y falsas. Generalmente las que dividen al mundo son falsas, pero presentadas como verdaderas por un grupo de personas numeroso que no se coordinan entre sí pero creen fervorosamente tener razón.

Durante varios años recibí críticas por usar pañuelos de tela. Tengo una historia familiar de pañuelos de tela que es hermosa. Mis abuelos los usaban, mi papá los usa y afortunadamente mi hermano y yo los usamos. 

Los hostigadores lucen sus pañuelos descartables de papel orgullosos y plantean un debate, acusando a los pañuelos de tela de ser antihigiénicos, asquerosos y anticuados, entre tantos calificativos.

Algunos creen ganar la discusión al comparar los viejos pañales de tela con los pañuelos de tela. Les tengo una noticia: no sé si enteraron, pero no conozco a nadie que tenga caca en la nariz. Aparentemente las analogías no son la especialidad de este grupo.

Otra creencia que circula es que uno vive sonándose sobre su moco eternamente. Me cuesta tomar como válida esa combinación de palabras, ya que son personas que no tienen en cuenta que las cosas hechas con tela suelen lavarse, desde la ropa hasta las cortinas. En sus mentes, que harían enorgullecer a Torquemada, no hay espacio para pensar que los pañuelos de tela se lavan.

Sin embargo, puede resultar violento contestar de esta manera y por eso en una charla hace un tiempo preferí preguntarle a una persona que decía eso cuántos pañuelos creía que tenía yo. Me contestó diciendo dos o tres y ahí entendí que se acostumbraron a criticarnos sin pensar. Ya tienen las verdades absolutas en la cabeza y la venda bien ajustada sobre sus ojos.

Creo que el uso de pañuelos descartables es legítimo y respeto la opinión de quienes deciden fomentar la tala de árboles y gastar plata permanentemente para limpiarse la nariz . El pañuelo de tela es confiabilidad, seguridad, rendimiento, lealtad, compañerismo y ahorro. Es sentimiento. El pañuelo descartable es usar y tirar.  

Lo que me cuesta entender es la intolerancia y la agresión. Hay algo que secretamente nos une a quienes usamos pañuelos de tela, algo que el resto de las personas no comprende y, como decía aquella canción, muchas veces tenemos que “enfrentar caras de gente que no entiende y que con burlas justifican su ignorancia”.

Nosotros no juzgamos. Los que usamos pañuelos de tela disfrutamos. Nos reímos ante los cuestionamientos de personas que quizás pueden pasar un día entero sin sonarse la nariz y no conciben que alguien lo tenga que hacer varias decenas de veces, no pueden ponerse en el lugar del otro. Estas agresiones lo único que hacen es reforzar el lazo sentimental que tenemos con nuestros pañuelos. 

Hace poco Pitta, un gran amigo que usa los de tela, me contó que soñó que tenía que ir al hospital porque tenía un moco gigante y que un médico se lo sacó con un pañuelo de tela que tenía en el botiquín de elementos quirúrjicos. Cuando le daban el alta, justo antes de despertarse del sueño, le dijeron “con pañuelos descartables te morías”.

A ese nivel llegan los verdaderos sentimientos y es otro tema que les cuesta entender, por eso voy a profundizar. En una reunión, cinco compañeros de trabajo me atacaban por usar pañuelos de tela (y por la cantidad de comida que había comido, pero eso es para otra historia). En medio de los ataques, pregunté si nunca alguno había usado un pañuelo de tela. Ahí una de ellas, con una gran sonrisa, dijo “de chica tenía uno blanco con muchas florcitas”. No desperdicié la chance y le dije “nunca un pañuelo descartable te va a generar una sonrisa así, un sentimiento así”.

30 oct 2012

Viva la huerta

El clima estaba caldeado. Por primera vez se habían juntado los representantes para debatir el estado de las cosas. La situación no daba para más, ya estaban cansados de pelearse entre ellos y habían descubierto al verdadero amo de sus miserias, al responsable de su aparente espontáneo caos.
El elegido por las zanoharias era algo soberbio, disfrutaba demasiado del sonido de su voz, pero su capacidad de oratoria asombraba. El embajador de los tomates no paraba de quejarse del lugar que les habían asignado, eran los que más cerca estaban de la ruta y una vez por semana tenían que lamentar una pérdida por un robo furtivo. El capo de las lechugas se destacaba por su simpleza y por hablar poco, aunque siempre diciendo palabras que dejaban a todos pensando, se valoraba su punto de vista. Con un aire altanero, sabiendo que cualquier cosa que dijera sería aplaudida, el representante de las rúculas repetía frases hechas que había aprendido sin entenderlas.
Difícil resulta describir la situación que había provocado la revelación y la idea de rebelión. El responsable era el granjero, él tenía la culpa de todos los males que los azotaban, de pasar frío, calor, hambre y sed, de morir en el camino y que a nadie fuera de la huerta le interese.
El representante de las radichetas iba y volvía constantemente para comentarle a sus pares lo que se estaba hablando, pero cada vez que regresaba a la reunión tenía una opinión diferente. La espinaca se había autoproclamado representante y ostentaba un poder que sus escasos pares no le daban, así que no conviene extenderse en lo que alegaba en el recién nacido comité. Nabos, cebollas, perejiles y puerros eran aún menos que las espinacas, así que se encolumnaron todas detrás de un nabo, aunque por momentos se separaban y luego volvían a unirse para nuevamente separarse.
Al principio todas las verduras estaban felices con la vida que llevaban. Cuando llegó la primera cosecha, ese sentimiento desapareció. No entendían, creían que era una confusión. Los pocos sobrevivientes llegaron a relatar a los recién llegados lo que había sucedido. Los recién llegados mucho no creyeron, pero ante las alarmantes advertencias no pudieron olvidar lo que les relataban. 
Al llegar la segunda cosecha, comprendieron que no eran mitos y trataron de trasladar con mayor furia a los recién llegados el panorama. El granjero encontró muchas verduras lejos de la huerta y así y todo se quedó con la sensación de que algunas le faltaban. Además, encontró juntas distintas verduras casi destrozadas, como si hubieran estado peleando pese a lo separadas que estaban cuando las plantó. 
La tercera cosecha fue un fracaso y casi ninguna verdura llegó a sufrirla a causa de la repentina calamidad generada por las inundaciones. Las ínfimas sobrevivientes se preguntaban qué era mejor y no podían decidirse.
El granjero, casi en crisis, decidió apostar a todo o nada en una última cosecha y fue un renacer para él y para las verduras. El ciclo se repitió con las sensaciones de las tres cosechas. No hubo sequía y el clima de guerra y celos siempre existente entre las verduras fue dejando lugar a la preocupación colectiva.
Los debates se volvieron violentos. Los enojos iban aumentando ante la falta de decisiones y se dividieron en dos bandos: los tomatistas y los ruculistas. Entre ambos bandos se odiaban, pero tenían que llegar a un acuerdo.
No sabían cuándo vendría el golpe, cuándo sería la hora de la guadaña. Decidieron que era el momento de atacar al granjero e hicieron un plan en conjunto. Cuando fue el momento de llevarlo a cabo, los ruculistas se quedaron quietos y los tomatistas dieron un paso en falso: solos no podían y habían quedado en evidencia ante el granjero.
Cómo odiaba el líder de los tomatistas al granjero. Daba discursos de rebelión irreproducibles y admirables. Encontraba a la perfección los motivos para odiarlo y lo transmitía aún más precisamente. Era algo visceralmente hermoso.
Del otro lado, el líder de los ruculistas empezó a dejarse ver cerca del granjero y a demostrar sus verdaderas convicciones. Prácticamente eran aliados. Ahora tomatistas y ruculistas tenían un modelo diferente de huerta y los enfrentamientos empezaron a hacerse frecuentes como en los viejos tiempos. La diferencia es que ahora los ruculistas tenían la venia del granjero.
Los ruculistas hacían lo que querían y disfrutaban de su poder, pero el líder de los tomatistas seguía siendo para ellos un gusano en la manzana. Fue así que lo convencieron para que abandonara aquel lugar y fuera a ver la situación en otras huertas. Antes de irse en un camión, el líder le dijo a los dos tomates en los que más confiaba que tenía un mal presentimiento sobre el viaje. Uno de ellos decidió ir con él.
Camino a una huerta lejana, en el camión comenzaron a sentir un leve rocío y vieron que era amarillento. El líder de los tomatistas se sintió muy mal y le pidió al resto que se bajara del camión, que él ya no podía continuar. Mientras saltaban del camión, el líder de los tomatistas, que en unos segundos lo había entendido todo, gritó: “que viva la huerta aunque yo perezca”.

16 oct 2012

Laberintos


                             "He olvidado los hombres que antes fui; sigo el odiado
                           camino de monótonas paredes que es mi destino" (JLB).

Caminar por un laberinto sabiendo que nunca nos enteraremos dónde está la salida.
Quizás caminar por un laberinto sabiendo que no tiene salida. 
O caminar por un laberinto que tiene tantas salidas que nos quedamos anulados ante las posibilidades.
O paralizarnos por imaginar que hay falsas salidas y que al cruzarlas creeremos que salimos del laberinto, pero sólo habremos entrado en uno nuevo.
Tal vez caminar y caminar sin darnos cuenta jamás que estamos en un laberinto. 
O comprender que en realidad no estamos en un laberinto, pero igual no poder salir del laberinto.
O entender que estamos en un laberinto y llegar al hartazgo, hasta empezar a romper paredes y encontrar que detrás hay más y más paredes.
Todas esas sensaciones son menos asfixiantes que estar en un laberinto y saber cuál es la única salida.

 

30 sept 2012

El hippie nazi


 
                                         
Hay situaciones que sólo suceden una vez. Uno puede perseguirlas y buscarlas siempre y que nunca sucedan. O tener la suerte de buscarlas tanto que pasan una vez. O por el contrario, puede ni siquiera pensarse en la posibilidad de que existan y que finalmente se den. Pero, sea como sea, hay momentos que son únicos en la vida. Uno se da cuenta cuando los está viviendo y lo único que debe hacer es dejarse llevar y tratar de disfrutarlos lo más posible o sufrirlos lo menos posible más allá de cómo terminen.

A metros de mi edificio siempre hay un grupo de cuatro personas en la calle. Bueno, siempre no, pero los he visto de día, de noche y de madrugada, compartiendo mates y cervezas, por lo que temporalmente puede decirse que siempre están ahí. Charlan y juegan al truco. Sí, juegan al truco recostados en la calle o sentados en el escalón de un edificio. Es una actitud rara, entre simpática e ingenua, entre admirable y estúpida.
¿Puedo decir que son hippies? No con certeza. Sólo se visten con ese estilo. Son tres hombres y una mujer. Lo único que tenían al comienzo que llamaba mi atención era que estaban ahí y que con frecuencia uno de los hombres, que generalmente iba rotando, le acomodaba o arreglaba las rastas a ella.

Luego de verlos varias veces, fui recordando sus caras, sus cuerpos y sus miradas. Ella era una mujer que parecía que nunca hubiera sufrido. De los tres, dos tenían caras inexpresivas y otro tenía cara de loco. Ella era flaca y de estatura media, 1,50 tal vez, era de esas mujeres muy abrazables. Uno era muy alto, de casi dos metros, y completamente desgarbado, uno podría pensar que en un temporal fuerte le costaría caminar contra el viento. Los otros dos eran grandotes de cuerpo, pero uno era alto y el otro bajo.

Después de tres meses, en mi cabeza ya conocía sus horarios y supuse que ellos conocerían los míos, aunque enseguida creí que era algo soberbio pensar eso. Ellos eran los que estaban siempre ahí, yo sólo era una humanidad efímera entre tantas que pasaban.

Nunca habíamos intercambiado palabras y las miradas que intercambiábamos eran furtivas e indiferentes, casi que no decían nada, lo que es difícil de lograr con una mirada (siempre algo delata). Un día pasé y me pareció escuchar un murmullo. Me quedé pensando si realmente había escuchado bien y si esas palabras eran para mí. Tranquilamente me lo podrían haber dicho, pero supongo que, si así había sido, lo habían dicho en un modo supuestamente hostil, con intenciones ofensivas o de hacer una declaración.

No me preocupé. Si volvía a creer escucharlos, no me iba a quedar callado. Al día siguiente salí a la calle sin tener nada que hacer, sólo quería pasar por ahí y ver qué pasaba. Fuera lo que fuera, estaba decidido a afrontar la situación.

-Eh, ruso, saliste temprano hoy – dijo el desgarbado.
-¿Cómo ruso?
-Si sos un judío de mierda, mirá esos rulos – aclaró el más bajo de todos.
-Ruso de mierda las pelotas, imbécil – contesté envalentonado. De cierta forma estaba esperando la confirmación y me quedé parado, quieto.

La mujer y el otro hombre que no había hablado empezaron a pararse y les sugerí que era mejor que se quedaran sentados. Insólitamente me hicieron caso.

Uno dijo que si seguía pasando por ahí la cosa se podía complicar. Le contesté que me iba a ver todos los días y pensé que a fin de cuentas eran cuatro giles, que si eran personas de temer lo hubieran demostrado con alguna amenaza fuerte o con alguna acción y no sólo con palabras que ellos consideraban ofensivas. Me cuestioné por discutir con gente descerebrada, pero ya estaba hecho.

Pasaron varios días sin cruzármelos. Al principio eso me aliviaba, todos nacemos cobardes y demoramos décadas en cambiar. Sin embargo, empecé a inquietarme y a ponerme ansioso, quería cruzármelos nuevamente sólo para ver cómo reaccionaban ellos y cómo reaccionaba yo.

Un día iba caminando por la vereda de enfrente a la de mi edificio y los vi. Crucé para pasar junto a ellos y cuando estaba a unos metros vi las cartas de truco tiradas en el suelo y a ellos tres levantarse. Algo iba a pasar, eso era lo único seguro.
La distancia se iba acortando mientras ellos iban extendiéndose a lo ancho de la vereda y yo no detenía mi marcha. Cuando estuvimos cara a cara, a menos de un metro, frené y me quedé mirándolos. Ellos hicieron lo mismo, nadie decía nada, como si ser el primero en hablar implicara una segura derrota pese a que ninguno de los cuatro lo entendíamos. Quizás por eso la que primero habló fue la que no iba a participar.

-¿Y? ¿Vienen hablando hace varios días de lo que van a hacer y ahora se quedan callados?

Ellos seguían en silencio y yo tenía que mantener la imagen desafiante que había forjado ante ellos con premeditación.

-¿Qué quieren hacer?
-Te vamos a robar, así aprendés.
-Para robarme me van a tener que cagar a trompadas y están ahí parados. Eso no va a pasar.

Se estaban jugando otras cosas más allá del robo, nos estábamos poniendo en un plano de igualdad, yo con unos idiotas y ellos con alguien al que consideraban que había que discriminar. Se acercaron. Por dentro estaba asustado.

-Si no me van a pegar, córranse, déjenme pasar y no me vuelvan a hablar.

Se quedaron en silencio de nuevo, pero sin correrse. Estaba claro que eran simplemente unos imbéciles antisemitas, pero que no eran ladrones.

No quiero agrandarme y decir que quise hacer un experimento sociológico porque no fue así, pero me intrigaba ver hasta dónde iban a llegar esos tres desconocidos.

El flaco sacó un cuchillo y me lo mostró mientras me decía que le diera la plata. La cosa empezó a ser seria, pero tenía muy vivo el recuerdo de la última vez que me robaron: el cuchillo estaba besando mi remera a la altura del estómago y no era simplemente exhibido como una amenaza, era muy real, el miedo me paralizó en esa oportunidad. Ahora el miedo me motivaba, no era miedo a que me roben, quería ver qué era lo que podía pasar.

Dije que no y el flaco me pegó una piña en el estómago. No había sido tan fuerte y no había usado el cuchillo. Los otros dos dieron un paso para atrás. Ya conocía a mi verdadero rival y al no reaccionar le demostré que no iba a jugar en su patético juego.
No seguí provocándolo pero no le di nada. Sabía que un escape sería algo de lo que no me podría recuperar. Los otros tres ya no existían. Uno se había sentado con la chica y el otro no sabía qué hacer.

Estábamos cara a cara. Él mostrando que no era quien decía ser y yo mostrando ser alguien que no era (mi ventaja era que sólo yo lo sabía). Sus ojos no me decían nada, aunque quizás yo no podía leerlos bien porque muchas veces necesito ayuda con las lecturas faciales, es algo que tristemente se me escapa pero aprendí a vivir con eso.
Estábamos cara a cara. Él diciendo amenazas que no iba a cumplir y yo sin decir amenazas pero aparentando que estaba dispuesto a ir hasta el final. Él no sabía cómo seguir. Los otros tres lo miraban y no sabían qué esperar ni qué decirle. Estaba confundido y yo no daba un paso (ni para atrás ni para adelante).

Estábamos cara a cara. Me daba un poco de pena. Lástima no me daba, lástima no se le tiene a nadie dijo un filósofo contemporáneo. Me daba pena porque, pasara lo que pasara, después de eso él ya no sería el mismo y tendría que mirarse cara a cara con la mentira que había construido y aceptar que se la había creído. Él ya no sería el mismo y yo sería el de siempre.

Podríamos haber estado así un tiempo más. Ya no estaba en juego la plata, la calle ni nada que se le pareciera. No era nada físico. Lo que estaba en juego era completamente simbólico y por eso era mucho más importante y no podíamos salir de ese atasco. Propuse una salida saludable y dirimir lo que él no entendía que estábamos discutiendo con una partida de truco. Éramos dos castillos de naipes frente a frente y el viento sólo derribaría a uno.

Hacía frío y la vereda estaba helada. Nos sentamos frente a frente en el escalón de un edificio. Él había recuperado la serenidad y se mostraba confiado. Hacía comentarios soberbios a su grupo, que parado se dedicaba a observar. Ninguno de ellos entendía la ironía. Acordamos que sería a 30, como el verdadero truco se juega, sin flor, y que no habría revancha.

Empecé a mezclar con mucha calma y me detuve para contar que estuvieran las cuarenta cartas. En las primeras manos se notaba un miedo a perder por parte de los dos. 

Cuando íbamos 7 a 7 cantó envido y yo dije real envido. Con 31 derroté a unos tibios 26. Me puse 12 a 7 pero lamenté no haber echado la falta. Las cartas estaban de mi lado y las sabía aprovechar. Estaba ganando 3 buenas a 13 malas cuando la mujer del grupo se fue. Él pareció confundido ante la partida de ella.
Me ganó un quiero vale cuatro con un siete bravo, desenmascarando mi mentira (la del truco, no la de minutos antes). Estábamos 4 a 2 en las buenas y no hubo momentos memorables. Dejé de recibir buenas cartas y como soy un jugador mediocre él se puso 10 a 8 arriba, empezó a decirme que ya estaba liquidado y pensó en una apuesta para hacer.

Apostamos que si él ganaba yo siempre cruzaría la calle ante su presencia. En cambio, si yo ganaba él no podría sentarse más en esa calle. Pensé que la situación era igual a la del comienzo, cuando nos conocimos. Tenía que aprovecharlo.

Envido y truco no querido. 10 a 10. Necesitaba a la suerte de mi lado o envalentonarme. Mentí con el envido que él no quiso y acepté el truco que él gritó (lo gritó con sospechoso ímpetu) y terminé ganando con un dos. Iba ganando 13 a 10 (o 28 a 25). Ahora sí pude leer su mirada, miraba sin mirar, examinándose a sí mismo por dentro, yo estaba a dos puntos de hacerlo chocar contra sí mismo.

Recibí 32 para el tanto. Tenía un punto casi asegurado. Lo canté y él no quiso. Instantáneamente cantó truco, sin que hubiera cartas sobre la mesa. Dije quiero y jugué un 3 que él mató con el ancho de basto. Pensé que no tendría nada más, pero jugué callado matando la segunda y dejando otro tres sobre la mesa. Estaba listo para festejar, pero él puso el siete de espadas sobre la mesa y quedamos 14 a 12.
En la siguiente mano, en la que esperaba tener para el tanto o para el truco, me decepcioné apenas vi mis cartas. Lo único que esperaba era que él no cantara el envido para que sólo me ganase un punto. Efectivamente no lo hizo y cuando dijo truco me fui al mazo. 14 a 13, tan cerca y tan lejos a la vez.

Nuevamente tuve las tres cartas en la mano. No quedaba tiempo para mentir, era la hora de la verdad. Sin dudarlo, pero en voz muy baja, dije falta envido. Él dijo quiero, no tenía otra alternativa, y yo canté 29. Él tiró las cartas al piso y se paró con una furia que hasta ahora no le había visto, quizás si hubiera tenido esa furia desde el comienzo este relato no hubiera existido, la situación original hubiera durado segundos.
Imaginé que él ya no recordaría desde cuándo se estaba mintiendo a sí mismo, me di cuenta que me resultaba increíble que él creyera que por ganar un partido de truco podía tener razón, que la discusión era la misma y no había cambiado. Me levanté, lo miré fijo y le dije que no quería verlo más ahí.

28 ago 2012

Anécdota


Comparto un nuevo poema y le agradezco de corazón a Mariano Barisio por esta composición gráfica.


                                                                            Ampliar la imagen

El cadáver flotante de un fuego
se hace presente ante mis ojos,
que ingenuos observan la danza
de la ceniza al son del viento.

Sueño de lo que ha sido,
nostalgia de lo que no fue
y olvido de lo que vendrá
sarcásticamente se combinan.

Poemas sin rima, risas con vida.
Son mis únicas verdades,
no más metidas entre comillas,
siempre maquilladas entre silencios.




6 ago 2012

El viaje imposible



"La nada más hueca es ahogarnos en un charquito del
andén o perdernos, sí, o perdernos, una noche de estas".
Chacarita
Estaba en la estación esperando que llegase el tren. Ya había sacado mi boleto por el costo de un peso y cuando empezó a sonar el clásico ruido de la barrera bajando, que detiene el tránsito y anuncia que viene un tren, me acerqué un poco a las vías mirando para Palermo, para ver si venía el que yo esperaba. Efectivamente así era y mi camino a encontrarme con unos amigos estaba empezando de la manera en que todo lo inesperado suele empezar (o sea, previsiblemente).

Me subí por la mitad del tren, siguiendo un consejo que me dieron sobre las tragedias en el transporte público. Me parecía que tenía lógica y lo apliqué.

Entre Chacarita y La Paternal
Estaba viajando parado, pero en el vagón la mayoría de las personas estaban sentadas. Me quedé al acecho, mirando permanentemente a todos lados pero con disimulo, como si buscara algo diferente a un asiento libre. Hacía mucho frío y una señora mayor estaba parada. Vi justo a un hombre abrir medio ojo y al ver a la señora continuar su falsa siesta aferrado al asiento. Por un momento lo detesté y pensé en intervenir, pero luego recordé que muchas veces tuve ganas de hacerme el dormido y no lo hice, tal vez era envidia y no un sentimiento justiciero, no lo entendía bien y entonces no actué.

Entre La Paternal y Villa del Parque
Pude sentarme. Los vendedores ambulantes iban y venían en un devenir ordenado que parecía que no se detenía nunca. Hasta eran armoniosos cuando se superponían: uno trataba de vender hablando, mientras otro se limitaba a ofrecer algo con la mirada y buscando gestos en las caras de los potenciales clientes.

A veces los vendedores entorpecen mis observaciones y a veces las agudizan. Quiénes son ellos para distraernos de nuestra apatía, pensé. En mi indiferencia pude adivinar un resquemor sin fundamento, quién soy yo para ignorar a alguien que diaramente se sacrifica tanto para ganarse la vida, quién me creo que soy si le doy el mismo trato que en otros contextos me parecería hostil. Los dos pensamientos se cruzaban y discutían en mi cabeza sin que haya una idea ganadora.

Entre Villa del Parque y Devoto
Subió un hombre que vendía compilados musicales. Con su equipo de música a cuestas y el sonido saturado, se paseó por el vagón gritando algo inaudible.

A nadie parecía inquietarle o molestarle la música tan fuerte. A mí tampoco, pero siempre el tren me genera un deseo irrefrenable de observar las costumbres de los viajeros y en vano busqué una cara de fastidio. Lo que sí vi fue mucho silencio, aunque más de uno cabeceaba siguiendo el ritmo. El vendedor luchaba gritando sobre su música y parecía que iba a perder, pero una mujer le compró un DVD, supuestamente con 198 canciones según pude espiar que decía la tapa.

Entre Devoto y Sáenz Peña
El vendedor se fue. Un adolescente puso música desde su celular. El volumen era fuerte, aunque no tanto como el que el vendedor había usado recientemente para llenar de sonido el vagón.

Algunos pasajeros miraron al nuevo musicalizador. Eran miradas que no decían nada, uno podría creer que querían quejarse y no se animaban, pero no habría motivos lógicos de queja, nadie había dicho nada frente al vendedor (ni lo habían mirado furtivamente).

Entre Sáenz Peña y Santos Lugares
Se escuchó el sonido de un envase de cerveza estallar contra las vías del tren. Nadie se inmutó, exceptuando a un grandote barbudo que parecía escritor y que negó lamentándose moviendo la cabeza de un lado a otro. Argumentos a favor y en contra sobre este hecho me inundaron: un deseo irrefrenable de calificar como delicioso ese estallido, pero también muchas ganas de juzgarlo como inapropiado. Preferí pensar en otra cosa para no detener el transcurso normal mi viaje. O tal vez al decidir pensar en otra cosa lo que hice fue cambiar mi viaje.

El hombre de barba le gritó al muchacho que bajase el volumen la música. No hubo respuesta. Se lo repitió reforzando el final de la idea parándose y con un insulto violento que sonó muy suave. El silencio de todos los que observaban y la cumbia que se negaba a ser silenciada produjeron un contexto difícil de describir, algo así como una mezcla perfecta de incertidumbre, peligro y belleza.

El adolescente le respondió que la gente quería escuchar música y que por eso nadie le había dicho nada al vendedor. El hombre le pidió (aunque pareció una orden) a la gente del vagón que dijera que eso no era cierto. El muchacho apagó la música, se paró y gritó: ¿quieren pensar en sus problemas o bailar? Otra vez nadie contestó. El adolescente subió el volumen de la música y empezó a bailar en el tren, mientras que el otro gritó “quiero escuchar a Bartok” y se bajó en Santos Lugares.

Entre Santos Lugares y Caseros
La gente que se subió no comprendía lo que pasaba al ver al adolescente que  incitaba a bailar a la gente. Nadie amagó a moverse, pero él sacó a bailar a dos mujeres.
Bailaban los tres y de repente se les sumaron dos parejas. Pensé en ir a bailar pero sé que bailo muy mal, lo tengo siempre presente y dudé. Mi cabeza se inundó nuevamente con las falsas dicotomías en las que venía pensando y mi mente pareció nublarse. Un hombre mayor se levantó para moverse. Pensar en algo no sirve de nada si no genera un cambio, una toma de postura frente al mundo. Mis atolondradas pero rebeldes piernas decidieron que me tenía que levantar.

Empecé a bailar en el San Martín como si eso fuera normal. Un guardia dudaba entre intervenir o quedarse sonriendo. Se decidió por lo segundo. Dos mujeres mayores se lanzaron al pasillo, que era la pista de baile improvisada, con sus cuatro nietos (o al menos eso imagino) y tres adolescentes más se incorporaron a la fiesta. En el vagón sólo quedó sentado un hombre que dormía y una mujer que miraba a todos con desprecio mientras los demás no notaban su mirada o la ignoraban, como hice yo. Todos desde la estación Caseros miraban el vagón.

Entre Caseros y El Palomar
Nadie bajó en Caseros. Algunas personas corrieron para poder subirse a ese vagón, aunque también hubo otras a las que el vagón les frenó adelante y prefieron ir a otro o subir e irse velozmente. Una mujer agarró mis manos y me dijo que tenía mucha actitud pero que me movía peor que un muerto.

Mientras bailaba con ella no pude con mi obsesión. Disfruté el momento pero necesitaba contar. Más de 25 personas estaban moviéndose al ritmo de la cumbia. “Yo bajo en Palomar“, dijo el que hizo con su celular una revolución cotidiana, de esas mínimas para un observador y gigantes para quienes la viven. Se escucharon sonidos de decepción y gritos de negación, todo el vagón empezó a pedirle que se quedara.

De El Palomar a Hurlingham
El adolescente se quedó, pero avisó que en la próxima estación sí se bajaría. Afortunadamente el recorrido entre ambas estaciones es uno de los más extensos. Las personas mayores se sentaron  pero sonreían, aplaudían y hasta gritaban un poco. Igualmente fueron reemplazados por nuevos pasajeros, que preguntaron por qué la gente bailaba pero al no recibir respuesta muchos se sumaron al baile (también hubo pasajeros que huyeron a otro vagón o que se sentaron a mirar).

De repente volví a estar bailando solo. Había decidido quedarme hasta que todo eso terminara. Sin embargo, el DJ espontáneo bajó en Hurlingham mientras los demás lo aplaudíamos. Todos comenzaron a sentarse. Nadie amagó con seguir musicalizando y entonces bajé del tren mientras los pasajeros se seguían acomodando y un guardia movía los hombros como broma hacia un compañero suyo.

El tren arrancó lentamente y lo corrí para darle una última mirada al vagón. Ya nadie se miraba. Eran desconocidos. Era la amnesia de nuevo. Eran olvido. En la próxima estación nadie sabría lo que pasó en ese viaje imposible.