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2 jul 2012

La insoportable brevedad del ser

"Ni leí nada de Kundera para comentar con vos"

Una sola palabra se puede apropiar de tu cuerpo. Te puede esclavizar o liberar. Te puede oprimir, hacerte sentir ínfimo o generar una sensación hermosa: sentir que tu cuerpo te queda chico, desbordar.

Una sola palabra, varias, una frase, una oración, un párrafo o una charla entera. No importa cuánto, para todo aplica. Depende quién dice esa palabra. Depende cómo se dice esa palabra. Depende de cuál sea la palabra que vos esperás, la que quizás buscás desde que naciste o a lo mejor esa que te encuentra cuando ni sabías que existía.

Quizás efectivamente la palabra no existe. El otro día alguien dijo “me siento bien en este ámbitat”. Ya estaba por disculparse, pero la paré a tiempo y le dije que esa mezcla de ámbito y hábitat describía a la perfección lo que yo sentía al estar en esa reunión con gente tan querida. Claramente no es una palabra anhelada, pero sirve a modo de ejemplo en este vacío intento de reflexión que pretende verbalizar lo que sólo se puede sentir y que ya por eso está condenado al fracaso.

La palabra equivocada dicha por alguien que está en lo cierto. La palabra verdadera dicha por alguien que no sabe que está en lo cierto, que cree que nunca lo estará. El equivocado creyéndose dueño de la palabra que dice y sin saber que la palabra en realidad es un error para el otro. El acertado que no dice por saberse equivocado o por temor a estarlo. Y la palabra que va y viene, puede ser la misma o no, pero siempre es parte de un deseo, incluso del deseo de no desear.

Todos tenemos algo prohibido en esta vida. Algo que desconocemos que tenemos prohibido. Para cada persona puede ser diferente. Y si supiéramos que lo tenemos prohibido y que será una batalla que siempre terminará en derrota, igual pelearíamos hasta que la derrota sea real y no meramente discursiva.

Esas prohibiciones no tienen origen ni fin, como la imagen que acompaña a estas palabras. O el principio y el fin se confunden, se mezclan, son casi lo mismo. Tengo graves problemas para llegar a los principios. Los finales son más fáciles, vienen solos, ya sean planificados o inesperados (lo que en otras palabras quiere decir que lo planificó alguien que no soy yo). Es más, me cuesta tanto llegar a los principios que lo primero que escribí fue el párrafo final, mientras trataba de encontrar ese principio y la multitud de principios que aún sigo buscando.

En esa demora entre mis principios y mis finales, o entre los principios y los finales no queridos, la envidia me invade. Yo quería escribir sólo tres párrafos. Hay que gente que puede ser breve. Sea con hechos, con miradas o con palabras.

También están los que encuentran, sin saber que lo encuentran, un placer oscuro y peligroso en pensar sobre todo y en no hacer nada. Un placer de autodestrucción lenta, cotidiana, imperceptible, gota a gota hasta ahogarse en un mar que luego aseguran que los sorprende, que no entienden cómo se formó.

Algunos dicen que somos las palabras que decimos, quizás esos sean los que pueden ser breves. Otros creen que somos las palabras que nos dicen, tal vez esos sean los otros que nombré. En cada palabra hay vida y muerte. Cada palabra nace y muere casi al instante, nace al decirse, muere al terminar de decirse, pero muere como tributo, muere como celebración de la palabra que está por nacer y entonces cada palabra es un renacimiento perpetuo y a la vez una muerte sin fin.

Creo que para los otros somos las palabras que decimos, pero en realidad nosotros no somos las palabras que nos dicen. Somos las palabras que no nos animamos a decir.

21 may 2012

¿Qué fue de la vida de Dee y del mundo que compartimos? Parte I




Dee estaba muy contenta de conocerme. Era morocha, creo que de ojos claros, tenía una buena sonrisa (no era una linda sonrisa) e iba al colegio vestida como imagino que yo hubiera ido vestido a un colegio privado. Su segundo nombre era Louise. Había cumplido trece años en 1996 y vivía a orillas de un río en un pequeño pueblo llamado Ynysybwl, en Gales. Era un lugar pequeño pero con gente muy amigable y hermosos paisajes.

Donde ella vivía, convivía con lo que podría llamarse vida salvaje, ya que las astutas ardillas, los tiernos conejos, los fieles caballos y los engañosos patos estaban por todas partes. Su familia amaba a los revolucionarios gatos y por eso tenían tres. Su hermana tenía dos conejos y una cantidad de peces tropicales mayor a treinta y menor a cuarenta. ¡Qué bien que explicaba los motivos por los cuales no sabían el número total! Intentar reproducir la explicación sería sacarle la magia que tiene en mi cabeza porque nunca podría igualarla, así que prefiero omitirla. A veces es mejor guardarse los recuerdos.

Dee iba a la escuela en Pontypridd y le gustaba mucho jugar al fútbol y nadar. También disfrutaba de la lectura y su pasión eran los libros de misterio. A ella le gustaba salir a bailar con sus amigos.

Ella es el recuerdo de un mundo que ya no existe. En mi corazón representa un lugar perdido que la próxima generación no podrá encontrar y la que le sigue pensará que fue un invento y que ni vale la pena buscarlo.

Dee era la amiga por correspondencia que me habían asignado en un curso de inglés cuando tenía 12 años, era mi “penfriend”. Yo estaba empezando el secundario, tenía un indescriptible fervor por Independiente, todavía no sabía qué era Black Sabbath, tenía muchos sueños que ni siquiera había soñado y ya había tirado a la basura mis primeros cuentos (no sé si enorgullecerme por eso o avergonzarme por los que algunos años después no me animé a desechar).

Cambiamos varias cartas y hace pocos días, de casualidad, me encontré con una que había guardado. Puedo apostar a que ella no tiene mis cartas. Había olvidado que Dee existía, había olvidado esos relojes que no marcaban las horas, había olvidado la posibilidad de escribir una carta y la libertad que se sentía, que de todas maneras es muy inferior a la que se siente al escribir en el Word o en un mail (desconfíen de las personas que escriben y explícitamente denostan al mail).

La fascinación, lo inconcebible, lo impensable: gracias a un instituto de inglés y a unas semanas de espera, podía contactarme con alguien de otro mundo. Porque Gales era otro mundo. En mi mente era té en la Patagonia, bronca con Inglaterra, el fantástico Ryan Giggs y una letra de más en el apellido del personaje principal de El Mago de Oz. 
Gales para mí era lo mismo que Colonia Vela, eran laberintos infinitos que podían recorrerse sin siquiera advertir que eran laberintos. Hoy al correo van los que renuncian, los que tienen que mandar encomiendas, hacer trámites precarios y las personas que no envidio.

Tengo un amigo al que no sé definir si como genio o como loco. Es un lugar común así que no me extiendo. Es amante de las discusiones y cada vez que se arma algún debate que parece existencial, pero que en realidad es completamente estúpido, recuerda un episodio de Seinfeld donde uno de los protagonistas compra un auto porque perteneció al actor Jon Voight, para tener siempre a mano una historia interesante para contar, y luego discuten si el nombre era John o Jon sin h. A mi  amigo le gusta pensar en cómo era esa época y en cómo hoy eso se resuelve en dos segundos.

Quince años después, Dee sigue sonriendo desde la foto que me mandó. Pero la sonrisa de felicidad parece haber mutado. Ahora casi que sonríe como La Mona Lisa. No alcanzo a vislumbrar si me sonríe nostálgicamente al pensar en el mundo sin distancia ni tiempo que hoy compartimos desencontrados y compararlo con el mundo de poéticas lejanías indescriptibles que supimos disfrutar. O tal vez sea una mueca que desborda ironía al verme escribir estas palabras y pensar que somos los mismos de siempre pero con nuevas tecnologías.

 ¿Seguirá viviendo en Ynysybwl? ¿Habrá estudiado? ¿Será oficinista, rockera y drogadicta? ¿Será una aburrida empleada pública que mira la vida pasar? ¿Está en camino a cumplir sus sueños o habrá olvidado sus sueños por el camino? No consigo descifrarla, reinterpreto sus cartas pero no puedo saber qué fue de la vida de Dee y de aquel mundo que hoy parece tan lejano. 

Necesito saberlo, así que voy a buscar la manera de encontrarla. Pensando en el mundo en que vivimos, no es muy difícil imaginar cómo lo voy a hacer. ¿Pero cómo me presento? ¿Qué le digo? ¿Tengo que presentarme y definirme en dos renglones para que a ella realmente le interese mi propuesta? ¿O la sorpresa de un habitante de un mundo que ya no existe y que disfruta del mundo actual será suficiente? ¿Le miento y le digo que me acordé de ella por el personaje de una serie que acontece en Philadelphia? ¿Le digo que siempre la recordé? Quiero contactarme con ella para entender. Esta historia no termina acá, pero por el momento no sé cómo sigue.


23 feb 2012

Ajedrez no jugado



“-En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la única palabra prohibida?

Reflexioné un momento y repuse: -La palabra ajedrez".

(El jardín de los senderos que se bifurcan).


La ciudad asfixia tanto como inspira, lo que es tan terrible como alentador. Hay una plazoleta en Villa Crespo. No sé cómo llamarla, quizás sea sólo una porción de cemento semi vacía más ancha que lo normal. Ahí hay un puesto que vende flores y hay cinco butacas de cemento. Hay un tacho de basura, una planta y dos principios de árboles. Entre un par de butacas, hay un resabio de una mesa. Entre el otro par de butacas, hay una mesa con un tablero de ajedrez, como se ve en la foto. Hay una butaca que está rota y cambia de lugar según la ocasión, sirviendo eventualmente de asiento al florero de la plazoleta. 

Este tablero de ajedrez tiene un pasado difuso, nadie puede saber con certeza desde cuándo está ahí. Estuve preguntando y no me supieron decir, supongo que debe ser más porque a nadie le interesa desde cuándo está ahí que por otro motivo, porque seguramente alguien recuerde que eso antes no estaba. Además, tiene un futuro impensable, inabarcable, casi inconcebible, claramente más amplio que el de las personas que pasan a su lado. Perdurará hasta el fin de los días como lo hace hoy: estoico, pintoresco y bicolor. Tampoco a nadie le importa el futuro de ese tablero de ajedrez. Si a nadie le importa el pasado de algo y tampoco su futuro, es evidente que menos que menos les interesará el presente. Hay algo que me llamó la atención, pasé por ahí cientos de veces pero sólo ayer me di cuenta: décadas y décadas y no tuvo ningún presente feliz, nadie usa ese tablero de ajedrez. Pueden sentarse a descansar, a atarse los cordones, a tomar mate y a charlar en esa diminuta y triangular islita de cemento, pensando las personas en sí mismas o en sus seres queridos u odiados y no en jugar. Nunca en jugar.

No es mi intención preguntarme si debería estar o no esa invitación al ajedrez ahí. Tampoco trataré de hablar de las ideas que luego salen mal y todavía menos intentar frustradamente ponerme académico y hablar de la relación entre la práctica y la prefiguración de la práctica y en cómo cada vez que paso por ese tablero de ajedrez lo conozco por primera vez. Lo cierto es que está ahí, no importa por qué pero sí importa cómo.

¿Alguien alguna vez se paró a pensar en lo que sufre ese tablero de ajedrez como lo estoy haciendo yo? ¿Por qué estoy pensando en cómo sufre un tablero de ajedrez no usado y no en cómo sufre la persona que se sube al colectivo con cara de no querer haber subido? No hay farsa mayor que decir que las cosas no tienen sentimientos, es una clásica mentira piadosa, avalada por múltiples teorías, que nos hacemos para vivir más cómodos. Las cosas tienen el sentimiento que nosotros les ponemos, sino pregúntenle a alguien que haya juntado figuritas en su infancia. Cada figurita vale proporcionalmente el costo del paquete dividido la cantidad de figuritas que hay en él, sin embargo en ciertas figuritas se ponen en juego sentimientos inexplicables, incoherentes y hasta intolerantes, sobre todo en la famosa última que completa el álbum.

Cuántas veces nos preguntamos sobre la predeterminación y sobre el azar que hay en nuestras vidas. Pensemos lo que pensemos, es difícil hacerse cargo del propio destino o de lo que uno cree que debe ser su destino según lo que quiere, que parecen cosas distintas pero no lo son tanto. Si no nos vamos a hacer cargo de eso, por lo menos tengamos un gesto. Un gesto puede ser el infinito o la nada misma, pero siempre hay que tenerlo. De lo contrario, hay que rendirse y ni siquiera fingir intentarlo, que es probablemente uno de los actos más hipócritas que hay y en el cual es muy fácil caer sin darse cuenta. 

Podría hacer decenas de analogías gastadas y baratas comparando el ajedrez con la vida. Superficiales y profundas. Podría empezar por las razas y el orden de juego, continuaría con las clases sociales de acuerdo a las posibilidades de las piezas y hasta hablaría del machismo del rey y la pacatería de la reina. O mencionaría quiénes mueren primero y quiénes luego. Pero sería un desvío porque yo no quiero hablar de lo que se relaciona con ese tablero, quiero hablar lisa y llanamente de ese tablero, sin comparaciones, sin metáforas, sin moralejas. Ese tablero pide no ser sólo una mesa de paso. Pide ser. Nada más que eso y esperando se vuelve un llanto de cemento, una señal que ignoré tanto tiempo y ahora no puedo esquivar.

Hay una frase hecha que suena muy linda y dice que el hombre es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. Lo que todos voluntariamente pretenden ignorar es que también se puede ser prisionero de lo que se calla. Al caminar por la plazoleta pensé en ese tablero y fue recién unas horas más tarde que entendí que allí había dos tableros, que el principio de mesa entre uno de los pares de butacas eran los resabios de un tablero arrancado (imposible que se haya roto). ¿Quién lo habrá escuchado a ese tablero? ¿Habrá pedido auxilio para sí mismo o también para el otro tablero? ¿Por qué alguien creyó que arrancarlo era la solución? ¿Estará el salvador jugando al ajedrez en tu casa? ¿Efectivamente se lo puede llamar salvador? Creo que no entendió el pedido, seguramente lo escuchó pero no sabía qué era el ajedrez y eran tiempos sin google, al llegar a su casa no recordó la palabra ajedrez y entonces decidió aliviar las penas del tablero violentamente. O quizás no, tal vez no fue un gesto poético sino un asesinato que una persona cometió para dejar de escuchar al tablero.

Un amigo me hizo llegar una frase durante una charla, él no la recordaba bien así que no hay chances de que sea exacta porque será mi recuerdo (intentando ser preciso) de un recuerdo (que es imposible que sea preciso) y si pusiera comillas sería un farsante: Cuando los jugadores se hayan ido, cuando el tiempo los haya consumido, ciertamente no habrá cesado el rito. Es casi temible la frase, sin jugadores el tablero sigue ahí, sin piezas sigue ahí, el rito que quizás nunca hubo no ha cesado pese a que en este contexto nunca comenzó.

La apatía que sufre el actual solitario tablero se corporiza, me afecta, tengo un miedo aterrador cuando paso cerca, creo a veces que me va a gritar su pena o que la va a cantar en forma de tango. En otras ocasiones me parece que me va a susurrar una palabra al oído, una palabra que despierte un huracán en mí. Incluso llegué a creer que alguna vez, tras pasar por ahí, me habló lo suficientemente bajo como para asegurarse de que no lo escuchase. Estoy esperando el día, cuando pase le voy a contestar que siento su pena y que no sé si la comprendo pero la vivo, la sufro. Aunque de gestos está hecha la vida y quizás pueda evitar que me grite algún día.  Yo voy a ir a jugar al ajedrez ahí, ¿quién juega conmigo?