16 abr 2012

Oda al Refresco




“Ser solemne es ser solemne. No es parecerlo. Tal vez uno de los dos grandes males de la modernidad haya sido confundir el ser y el parecer. El otro mal son las citas textuales".

Este es un agradecimiento a vos, 
que escondés los mayores secretos
de la vida y del mundo desconocido,
que hacés de mi boca un fuego
o un humilde témpano de hielo
adivinando qué necesito yo.

Este es un poema a vos,
que nos mostrás el universo cuando
te separan con una tibia caricia de tus pares,
que me pusiste a gente que lo comprende,
para que así yo entendiera todo tu valor,
y también la alegría de efímeramente existir.

Este es un homenaje a vos,
que me enseñaste que la unión prevalece,
que cada adversidad se puede superar,
que en tu sabor mágico la verdad se refugia,
preparada a develarse a quienes te reciben,
y sin rencor frente a los que te ignoran.

Este es un tributo a vos, Refresco,
que me traés el sabor de la vida, 
que me hacés olvidar cualquier tristeza,
y sacar fuerzas para resistir los golpes bajos.
Ya no podés engañar a nadie, Refresco, 
sabemos que sos la definición de felicidad.

Gracias Refresco por mostrarme lo puro
que aún queda en esta tierra condenada,
por hacerme ver que aún sirve conmoverse,
que todavía se pueden lavar las almas.
No resisto, quiero abrir otro rojo paquete, 
y festejar con un brindis simbólico este amor.

Hacés que la maldad parezca un espejismo,
sos la evidencia de que el horror y la injusticia
son nubes pasajeras que el arcoiris hará artísticas.
Y así me voy quedando sin palabras, sin aliento
¿Qué más puedo decirte, amigo mío? Creo que nada,
si cotidianamente tu envidiable destino se cumple.

(para Pitta, Joaco y Bari)

1 abr 2012

Convicciones negociadas




Era mayo del año 2006 y por ese entonces había una persona que tenía muchos sueños, de los cuales hasta ahora varios se cumplieron, muchos siguen vigentes, otros quedaron en el camino y otros jamás deberían haber aparecido. 
El protagonista de esta historia trabajaba en una de las empresas más olvidables del mundo, la cual tenía un régimen de vigilancia que si Foucault lo hubiera conocido hubiese tenido que agregar diez capítulos más a Vigilar y castigar.
En abril había comenzado en ese trabajo y en mayo recibió un mail de un editor de una importante editorial, una de las más importantes del país, que le comentaba que una profesora suya le había dado su nombre para contactarlo y tener una entrevista por una posibilidad laboral. 
Teniendo en cuenta el confuso presente laboral que atravesaba, con la irrisoria cifra de quince minutos para almorzar y una más irrisoria cifra salarial, no dudó en llamar al número que el editor le había brindado para coordinar un encuentro. La entrevista se concretó días después.
Sin ser maleducado pero sin preocuparse por las formas, el editor lo hizo sentarse en un escritorio y le contó brevemente cuál era el proyecto editorial que estaba pensando y cuáles eran las posibilidades.
La cara de él lo escondía todo. Mientras con elogios breves e interjecciones conseguía entender mejor el proyecto y obtener más información, por otra parte pensaba en si le convenía aceptar y a la vez desconfiaba un poco de la propuesta, que no dejaba de tener su atractivo.
El editor explicó que el proyecto que se estaba planificando era publicar una revista con un contrato de lectura algo extraño, diferente. Quien la comprase creería que en sus manos tenía una revista únicamente compuesta por cartas de lectores que relataban hechos que les habían pasado en sus vidas. El editor entregó una hoja donde se enumeraban las consignas, por llamarlo de alguna forma, desde la extensión hasta la conjugación verbal, pasando por la manera de interpelar al lector y una descripción breve del vocabulario a utilizar.
La música sonaba permanentemente y era muy variada. El editor sintió que tenía que excusarse por la música que se escuchaba y dijo que era un espacio abierto y que habían acordado que cada empleado podía elegir un par de canciones y armaban así una lista de música para todo el día.
Poco le interesaba eso a quien estaba sentado enfrente, que trataba de entender mejor el proyecto porque había algo que no le cerraba, tanto desde lo ético como desde lo literario. Luego de reconocer Black Dog de Led Zeppelin, sonó una canción que el potencial colaborador de la editorial no reconoció y que el editor denostó. La canción decía “se te van a acabar los berretines de verduga”, frase que no interpretó pero que le quedó grabada en la mente. 
En ese momento no entendió que ahí se le estaba escapando algo, pero años después comprendió la genialidad de esa combinación de palabras y se dio cuenta de que hay caprichos que algunas personas consideran dignos de los verdugos que siempre tienen la última palabra (y por eso nunca abandonan sus caprichos). Entendió que algunos los abandonan al pensar que son caprichos de ese estilo y en ese camino dejan de lado los caprichos irrenunciables. Pero en ese momento, vergonzosamente, no retrucó y simplemente se calló ante la crítica clasista que realizó el editor, que comentó que era música de negros.
Las dudas que había en el potencial colaborador se esfumaron cuando el editor pasó a hablar del pago. Le dijo: “vamos a pagar a todos los colaboradores 350 pesos por relato, sea aceptado para publicar o no”. Si en ese momento él trabajaba por 540 pesos mensuales, con un potencial de llegar a 640 si no faltaba nunca y no llegaba nunca tarde (cabe destacar que pedir un día por examen era insólitamente equivalente a faltar), eso quería decir que tal vez en un día de escritura podía conseguir lo que le pagaban por más de dos semanas de trabajo. La balanza se inclinó fácilmente y aceptó la oferta.
Para compartir la alegría, se contactó con una amiga para contarle y ella, con una efímera telefónica sonrisa que hubiera hecho que satanás se cambiase de bando, le comentó que también había tenido la entrevista y que estaba tratando de escribir algo.
Pasó una semana pensando en qué escribir y notó que esas consignas iban en contra de lo que a él le gustaba escribir y también en contra de lo que le parecía que debía ser escrito, que parecen cosas diferentes pero no lo son tanto. Es complejo tratar de describir la frustración que se fue apoderando de su cabeza en esa semana, por no mencionar la vergüenza que se fue apoderando de sus dedos al empezar a escribir la idea con la que se había casado. El objetivo ya era claro, con esas consignas era imposible escribir algo digno, había que adaptarse, escribir lo que se pudiera y luego cobrar, se decía.
En un día sintió todas las sensaciones. En un día hizo el relato y lo corrigió. Era un relato de amor y liberación completamente edulcorado, lleno de diálogos, vacío de contenido, sin descripciones, pura acción y sin hermosas, elocuentes, anhelables y dignificantes pausas. Doce páginas de mierda que le valdrían ser publicado por primera vez y que le generarían un ingreso de 350 pesos, objetivos en ese contexto nada deleznables que hicieron que pasara al olvido la dudosa calidad del relato.
Unas semanas después, tras entregar el relato y recibir la aprobación del editor, le confirmaron que sería publicado pero aún no podían decirle si aparecería en el primer número o en el segundo.
Con la aprobación del primer relato, le llegó la invitación para escribir el segundo. Entre que había apretado enviar y había recibido la respuesta, las dudas lo asaltaron violentamente. No sabía si se había equivocado. O quizás sí lo sabía pero imaginaba que no, que lo suponía. Confió ingenua y ciegamente en que se mantuviera ese olvido casi programado sobre la calidad del relato porque todavía no entendía los laberintos de la memoria y no sabía que lo que uno pretende olvidar siempre encuentra la salida y, paradójicamente, lo inolvidable, a menos que sea muy poderoso, suele perderse.
Los mails de alegría intercambiados con su amiga por participar del proyecto y por tener la posibilidad de escribir un relato fueron mutando rápidamente hasta compartir la indignación por el pago pendiente. La odisea que resultó cobrar esos 350 pesos fue el castigo merecido por haber congelado lo que realmente él quería hacer.
Fueron  meses y meses de idas y vueltas y las excusas se volvieron cada vez más elaboradas (y por ende creíbles) vía mail y telefónicamente: “te pido que tengas un poquito de paciencia, todavía no me dejan pasar factura porque el proyecto no salió”, “la publicación se demoró unos meses y por eso no puedo pasar factura”, “dejá la factura en recepción”, “es muy raro, la factura no me llegó”, “ahora me llegó así que quedate tranquilo que vas a cobrar pero todavía no puedo pasarla”, “pasó tanto tiempo que la factura está vencida y necesito que hagas otra”, “la revista tendrá papel importado y el papel está retenido en la aduana y hasta que no salga no se pueden pagar los relatos”.
Finalmente, su insistencia dio frutos y, después de varios llamados telefónicos y visitas a la editorial, pudo cobrar. El problema es que para esa altura sentía que algo andaba muy mal. Pasarían años hasta que él entendiera que había sido un mercenario de la literatura.
Las dudas pudieron más y se negó a escribir un segundo relato luego de cobrar el primero (eso no significa que su negativa constituyera su reserva moral y reemplazase su error). Su amiga escribió el segundo relato y nunca lo cobró. Jamás se supo si la revista se publicó o no por las incesantes postergaciones que enumeraba el editor, pero él nunca olvidará ese fatídico mayo de 2006 de convicciones negociadas.
Ahora abrió un blog con un contrato de lectura en blanco. Quiere saldar una deuda consigo mismo, pero en algún momento perdió el rumbo y el rastro y no sabe quién tiene el pagaré que firmó.

22 mar 2012

Dar testimonio en momentos difíciles

Comparto mi humilde homenaje a Rodolfo Walsh. Esta vez el texto está hecho imagen, así que agrándenla para leer mi poema con la intervención que hizo Fernando, a quien aprovecho para agradecerle infinitamente por ilustrar mis Fugas y obsesiones.




5 mar 2012

Detrás del muro del sueño



En el sueño estaba sentado en un bar con un amigo, lo voy a llamar Raulf pese a que no tenía rostro. Al no tener cara en realidad no sé si era mi amigo, pero parecía conocerme bien y había mucha confianza, así que imagino que éramos amigos. Nunca había ido a ese bar y las caras de los desconocidos de cierta forma indescriptible me hacían notar que era un forastero.

Estábamos preparados para pedir algo de tomar cuando se acercó el mozo y nos sirvió. Raulf le dijo que no habíamos pedido nada y el mozo contestó que él soñaba lo que la gente necesitaba tomar 24 horas antes y si esas personas aparecían en su bar, él les daba lo que había soñado que tenían que tomar. Dijo que sólo se retractaba si alguno había soñado que tomaba algo distinto, pero ante nuestro silencio dejó las bebidas en la mesa y se fue.

-¿Qué es esto? – alcancé a preguntarle.

Dio media vuelta y volvió: es lo que vas a tomar en tu sueño si no te querés despertar y sentirte un pelotudo por no respetar mi sueño.

-Voy a disfrutar esto y te voy a robar esa frase para un cuento – le contesté con una mezcla de sumisión y soberbia, pensando en que jamás usaría la frase.

El mozo, que parecía tener doscientos años pero nunca haber envejecido, se retiró acomodándose la raya al medio en su cabeza y gritando: se ve todo como uno quisiera que fuese, luego se observa lo que no existe y al final se ve todo como es, que es lo más horrible que puede suceder, lo más horrible que puede suceder.

-Cómo le gusta hablar de sueños a este mozo– me dijo Raulf.

-Sí, es raro, si esto realmente fuera un sueño tendría que ser más surrealista, sólo hay humanos acá haciendo cosas que harían en este contexto y no hay nada raro, nada que me dé miedo, me maraville, me sorprenda o no comprenda.

-Pará, algo raro hay, pero para vos es natural acá. Las paredes están cambiando de color.

-No, son grises.

-Las vemos diferentes entonces. Te dije de venir acá porque tengo un problema.

-¿Cuál es?

-Estuve hablando con Tony Iommi. Quiere que toque en Black Sabbath.

-Brindemos por esto.

Antes de que me explicase la situación, brindamos y tomamos. La bebida del infierno había soñado ese mozo que queríamos tomar. Durante cinco minutos transpiré como si hubiera corrido una maratón.

-No, no entendés. Es un problema.

-¿Por qué Raulf?

-Porque el baterista se lesionó y sólo quieren que toque con ellos una noche, un recital.

-Es el sueño del pibe – le dije gritando y levantándome de la silla para ver si se daba cuenta de que podía cumplir el sueño de su vida, por más que sólo fuera en el marco de un sueño y que además fuera en mi sueño y no en el de él. Sentí las miradas de nuevo y me senté.

-No, loco, yo soñé toda la vida con esto. No puede ser que sea así, es injusto, no puede ser un hoy, un aquí, un ahora, dos horas de mi vida y después nunca más, como si nada hubiera pasado. El vacío, ¿cómo me recupero de ese vacío?

-Vos no entendés.

-Vos no me entendés. Además Ozzy no está convencido, quiere cancelar el show, dice que Tony ya no canta como antes y que con la humedad su dedo cortado lo hace sufrir mucho.

-Ozzy canta.

-No acá. En el sueño canta Tony.

-¿Y Geezer qué opina?

-Geezer no se metía, estuvimos hablando como dos horas los cuatro pero Geezer no decía nada y ahí me confesaron que es un muñeco inflable. Y yo no podía creerlo pero lo desinflaron.

-No te creo.

-Lo desinflaron, Ari. Después lo inflaron de nuevo y tocó como los dioses en el ensayo.

-¿¿Pero vos ya ensayaste??

-No, no, los escuché desde afuera, me dijeron que me decidiera primero pero yo tengo miedo del día después y algo les tengo que contestar. Dijeron que no podía entrar a la sala si no me comprometía a tocar a la noche. A mí me da miedo el mañana, cuando vuelva Bill a la banda.

-Deciles que sí, es tu sueño. Hasta es mi sueño también.

-¿Pero cuál es el costo de los sueños?

-¿A qué precio los cumplimos querés decir? – no lo entendía.

-Sí, o a qué precio los resignamos.

La pregunta de Raulf me dejó pensando mucho cuando desperté y me acordé del sueño y del sueño en el sueño. Pensé unas pocas teorías y una infinidad de respuestas bien armadas aunque sin fundamento, pero, tanto en mi sueño como cuando escribí esto, no pude verbalizar una respuesta coherente y racional, pasaba todo por otro lado, por un lado sensorial y lo mejor y lo peor de los sentimientos es que muchas veces no se pueden poner en palabras, como sí puedo robarme un pensamiento a mí mismo cambiando unas palabras.

La noche se estaba poniendo demasiado reflexiva para ese bar. Un viento potente golpeó a Raulf y su remera se metió un poco en su ombligo. No podía entender qué pasaba y le pregunté. Él se levantó la remera y tenía un abismo en el ombligo. Instintivamente levanté mi remera, que era una camiseta del Manchester United y tenía al ángel demoníaco de Black Sabbath, pero me encontré con mi apacible y terrenal ombligo. No había abismo, pero ahora la remera era negra.

-Es una noche, un recital, el sueño de tu vida Raulf. Es como estar con la mujer de tu vida una noche aunque no puedas tenerla siempre. Es como ser Maradona contra los ingleses en el 86 y al día siguiente ser el boletero de una estación abandonada con las vías rotas esperando a un tren que sabe que no va a llegar. No vas a perderte eso. Es ser Eduardo Galeano escribiendo El libro de los abrazos o Las venas abiertas de América Latina y al día siguiente ser analfabeto. Las venas loco, las venas, no podés hacerte esto a vos mismo.

El mozo pasó nuevamente. Se lo llevaban preso. Según pude escuchar, entre tanto forcejeo de empleados, clientes y policías, fue por pegarle a alguien que no quiso tomar lo que él le servía. El ambiente se tranquilizó pero las paredes empezaron a desteñirse.

-Vos con tus sueños hacé lo que quieras, pero con los míos no me jodas. Te apuesto a que también dudarías en esta situación.

-Me parece que ya no estamos hablando de Black Sabbath.

-Sí, estamos hablando de Black Sabbath y de esto que me pasa a mí – me ubicó correctamente Raulf y siguió: si no estuviéramos hablando de Black Sabbath no estarían los tres allá mirando a esta mesa y pensando en qué voy a decidir. Si no querés hablar de Black Sabbath acordate de este sueño, escribilo en tu blog y mentí como hacés a veces.

En el sueño me pareció que no valía la pena contestar esa agresión y ahora me gustaría haberle contestado (igual sospecho que no se me hubiera ocurrido una respuesta inteligente). Ahora veía a las paredes cambiar de color, manchas asimétricas iban y venían como en una programada anarquía automovilística de autos deformes. Se mezclaban y creaban colores que no sé nombrar.

-¿Vos decís que escriba lo que ni yo mismo entiendo? Hay una gran diferencia entre ser relativamente misterioso o críptico y no tener nada para decir y maquillarlo.

-No, vos escribilo porque no lo entendés, como para tratar de entenderlo. Copiate de esa canción donde le dicen al cantante que no sabe, que cante que no sabe, y hacé algo parecido antes de que se hunda tu acorazado.

-Caparazón. Penas. Esfuerzo. Distancia, siempre distancia, voluntad de amor. Sudor. Dolor. Y sentimiento…

-No, esa canción es de otra banda y lo sabés. Escribilo, vos que no lo entendés.

-Es que me paro en la línea del medio y a veces voy para un lado sin darme cuenta y a veces para el otro. Creo que creo que tengo algo para decir.

-Hacelo, pero no pongas de nuevo eso de la adivinanza, el ajedrez y la palabra que no se puede nombrar porque te pasás de obvio.

-Está bien. Pero vos también hacelo, tocá con Sabbath, ¿vas a matar así a todos tus instintos? ¿vas a negarte y después te vas a arrepentir? ¿y si hoy la rompés tocando y quedás?

-Pensé que en los sueños ibas a ser menos cuadrado.

-Vos sos el cuadrado, Raulf. Mi profesor de bajo, con el que ahora sólo nos cruzamos en laberintos barriales, me decía “que fluya, que fluya” y eso es lo que vos deberías hacer, salir a tocar como si no hubiera mañana, hasta despedazar la batería. Y así tratar de vivir y quizás ni lo vuelven a llamar a Bill.

De pronto el mozo volvió con una sonrisa grande. Se jactó de haber convencido a la policía, mientras lo golpeaban, de que el sueño del cliente era el equivocado. Nos dejó nuevamente dos vasos llenos de una bebida y nos explicó que no habían venido las personas que debían tomarlo, así que antes de tirarlos prefería que los tomásemos nosotros.

-Te conozco, sé que vos harías lo mismo que yo. Lo que me da miedo es que yo no te estaría diciendo lo que vos me decís. La utopía no se vive una noche, se busca, se trata de vivir y punto. Siempre se busca.

-No lo sabés, soñalo vos y me decís. Si lo soñase yo, vos me estarías diciendo lo mismo, la diferencia es que yo te haría caso. Además, se trata de vivir empezando a vivirla, aunque sea en parte, no negándote.

-¿Y si fuera real?

-No, si fuera real yo no resignaría mi sueño de toda la vida por una realidad de dos horas. Viviría esas dos horas como si fuese el comienzo sin resignar el sueño y después conseguiría tocar con Black Sabbath mucho tiempo.

-Al final sos como ese mozo maldito.

-En algunas cosas sí, en otras no. Al menos todavía no soy como las paredes que antes estaban llenas de colores y ya no existen, ¿vos querés ser Maradona en el 86 y el boletero?

-No lo sé, pero los de Black Sabbath ya se fueron.

-Ahora no vas a ser ni uno ni otro, no vas a tener la gloria ni la poética desgracia que imaginamos.

-Otra vez lo quieren trompear al mozo. Vamos a defenderlo, no dejemos que le pase lo mismo.

Sonaba una banda nueva y al ritmo de un rock tangueado cantaban “en algo vos y yo nos parecemos, la misma sed, el mismo otro lugar”. Nos paramos rápidamente. A Raulf lo sentaron de una piña en un segundo. Yo me desperté mientras tiraba una patada y trataba de pensar quién era yo en el sueño y quién sería al despertar, si Maradona en el 86 y después pagaba el costo o si no era nada de eso pero también pagaba el costo en este ir y venir real de confusiones casi planeadas.

23 feb 2012

Ajedrez no jugado



“-En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la única palabra prohibida?

Reflexioné un momento y repuse: -La palabra ajedrez".

(El jardín de los senderos que se bifurcan).


La ciudad asfixia tanto como inspira, lo que es tan terrible como alentador. Hay una plazoleta en Villa Crespo. No sé cómo llamarla, quizás sea sólo una porción de cemento semi vacía más ancha que lo normal. Ahí hay un puesto que vende flores y hay cinco butacas de cemento. Hay un tacho de basura, una planta y dos principios de árboles. Entre un par de butacas, hay un resabio de una mesa. Entre el otro par de butacas, hay una mesa con un tablero de ajedrez, como se ve en la foto. Hay una butaca que está rota y cambia de lugar según la ocasión, sirviendo eventualmente de asiento al florero de la plazoleta. 

Este tablero de ajedrez tiene un pasado difuso, nadie puede saber con certeza desde cuándo está ahí. Estuve preguntando y no me supieron decir, supongo que debe ser más porque a nadie le interesa desde cuándo está ahí que por otro motivo, porque seguramente alguien recuerde que eso antes no estaba. Además, tiene un futuro impensable, inabarcable, casi inconcebible, claramente más amplio que el de las personas que pasan a su lado. Perdurará hasta el fin de los días como lo hace hoy: estoico, pintoresco y bicolor. Tampoco a nadie le importa el futuro de ese tablero de ajedrez. Si a nadie le importa el pasado de algo y tampoco su futuro, es evidente que menos que menos les interesará el presente. Hay algo que me llamó la atención, pasé por ahí cientos de veces pero sólo ayer me di cuenta: décadas y décadas y no tuvo ningún presente feliz, nadie usa ese tablero de ajedrez. Pueden sentarse a descansar, a atarse los cordones, a tomar mate y a charlar en esa diminuta y triangular islita de cemento, pensando las personas en sí mismas o en sus seres queridos u odiados y no en jugar. Nunca en jugar.

No es mi intención preguntarme si debería estar o no esa invitación al ajedrez ahí. Tampoco trataré de hablar de las ideas que luego salen mal y todavía menos intentar frustradamente ponerme académico y hablar de la relación entre la práctica y la prefiguración de la práctica y en cómo cada vez que paso por ese tablero de ajedrez lo conozco por primera vez. Lo cierto es que está ahí, no importa por qué pero sí importa cómo.

¿Alguien alguna vez se paró a pensar en lo que sufre ese tablero de ajedrez como lo estoy haciendo yo? ¿Por qué estoy pensando en cómo sufre un tablero de ajedrez no usado y no en cómo sufre la persona que se sube al colectivo con cara de no querer haber subido? No hay farsa mayor que decir que las cosas no tienen sentimientos, es una clásica mentira piadosa, avalada por múltiples teorías, que nos hacemos para vivir más cómodos. Las cosas tienen el sentimiento que nosotros les ponemos, sino pregúntenle a alguien que haya juntado figuritas en su infancia. Cada figurita vale proporcionalmente el costo del paquete dividido la cantidad de figuritas que hay en él, sin embargo en ciertas figuritas se ponen en juego sentimientos inexplicables, incoherentes y hasta intolerantes, sobre todo en la famosa última que completa el álbum.

Cuántas veces nos preguntamos sobre la predeterminación y sobre el azar que hay en nuestras vidas. Pensemos lo que pensemos, es difícil hacerse cargo del propio destino o de lo que uno cree que debe ser su destino según lo que quiere, que parecen cosas distintas pero no lo son tanto. Si no nos vamos a hacer cargo de eso, por lo menos tengamos un gesto. Un gesto puede ser el infinito o la nada misma, pero siempre hay que tenerlo. De lo contrario, hay que rendirse y ni siquiera fingir intentarlo, que es probablemente uno de los actos más hipócritas que hay y en el cual es muy fácil caer sin darse cuenta. 

Podría hacer decenas de analogías gastadas y baratas comparando el ajedrez con la vida. Superficiales y profundas. Podría empezar por las razas y el orden de juego, continuaría con las clases sociales de acuerdo a las posibilidades de las piezas y hasta hablaría del machismo del rey y la pacatería de la reina. O mencionaría quiénes mueren primero y quiénes luego. Pero sería un desvío porque yo no quiero hablar de lo que se relaciona con ese tablero, quiero hablar lisa y llanamente de ese tablero, sin comparaciones, sin metáforas, sin moralejas. Ese tablero pide no ser sólo una mesa de paso. Pide ser. Nada más que eso y esperando se vuelve un llanto de cemento, una señal que ignoré tanto tiempo y ahora no puedo esquivar.

Hay una frase hecha que suena muy linda y dice que el hombre es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. Lo que todos voluntariamente pretenden ignorar es que también se puede ser prisionero de lo que se calla. Al caminar por la plazoleta pensé en ese tablero y fue recién unas horas más tarde que entendí que allí había dos tableros, que el principio de mesa entre uno de los pares de butacas eran los resabios de un tablero arrancado (imposible que se haya roto). ¿Quién lo habrá escuchado a ese tablero? ¿Habrá pedido auxilio para sí mismo o también para el otro tablero? ¿Por qué alguien creyó que arrancarlo era la solución? ¿Estará el salvador jugando al ajedrez en tu casa? ¿Efectivamente se lo puede llamar salvador? Creo que no entendió el pedido, seguramente lo escuchó pero no sabía qué era el ajedrez y eran tiempos sin google, al llegar a su casa no recordó la palabra ajedrez y entonces decidió aliviar las penas del tablero violentamente. O quizás no, tal vez no fue un gesto poético sino un asesinato que una persona cometió para dejar de escuchar al tablero.

Un amigo me hizo llegar una frase durante una charla, él no la recordaba bien así que no hay chances de que sea exacta porque será mi recuerdo (intentando ser preciso) de un recuerdo (que es imposible que sea preciso) y si pusiera comillas sería un farsante: Cuando los jugadores se hayan ido, cuando el tiempo los haya consumido, ciertamente no habrá cesado el rito. Es casi temible la frase, sin jugadores el tablero sigue ahí, sin piezas sigue ahí, el rito que quizás nunca hubo no ha cesado pese a que en este contexto nunca comenzó.

La apatía que sufre el actual solitario tablero se corporiza, me afecta, tengo un miedo aterrador cuando paso cerca, creo a veces que me va a gritar su pena o que la va a cantar en forma de tango. En otras ocasiones me parece que me va a susurrar una palabra al oído, una palabra que despierte un huracán en mí. Incluso llegué a creer que alguna vez, tras pasar por ahí, me habló lo suficientemente bajo como para asegurarse de que no lo escuchase. Estoy esperando el día, cuando pase le voy a contestar que siento su pena y que no sé si la comprendo pero la vivo, la sufro. Aunque de gestos está hecha la vida y quizás pueda evitar que me grite algún día.  Yo voy a ir a jugar al ajedrez ahí, ¿quién juega conmigo?

6 feb 2012

Mundos


No me recluyan en los laberintos, en los aterradores senderos
signados por la luz tenue que a las tragedias antecede.
Ahí el barro se mezcla con las luces de neón de nosotros.
Acá los castillos de arena más rebeldes resisten la ira antropoide.
Ahí las calles ya no tienen nombre y hay hombres de hielo y hierro.
Acá las cartas de amor todavía se escriben con sangre.
Ahí las hojas de papel son transparentemente blancas y piden socorro.
Acá un ciego juega al ajedrez con un tigre y gane o pierda está alegre.
Ahí se mendigan ilusiones y no te dejan escamotear la esperanza.
Acá la palabra no dicha es una verdad de más de dos.
Ahí frente al espejo es una sola la respuesta a la adivinanza.
Acá se fracasa triunfalmente y se sueñan todos los mundos.
Ahí no me recluyan. Acá vivo. 

17 ene 2012

Un buen par de ojos de vidrio

… y tu mirada tiende a mejorar, las nuevas supersticiones…
Cada persona tiene una cuota de locura dentro suyo. Esta locura se puede expresar de infinitas maneras. Hay formas sanas y divertidas de expresarla y también hay de las otras, de las que asustan.


Hace pocos días me tomé un taxi para volver de un cumpleaños. Había pensado en esperar el 92, pero la ambición me duró menos de un minuto al ver un taxi libre. Subí al auto y, tras el cordial saludo de costumbre, le dije mi dirección.


El taxista, mirando al frente, me dijo “estás mal vestido”. Yo veía su pelo y algo me resultaba familiar, sentía conocerlo pero más sentía que era uno de esos contextos descontextualizados donde nos cruzamos gente que se equivocó de lugar y nos cuesta reconocer (o quizás no admitimos que nosotros somos los equivocados).


Por supuesto que interpreté su afirmación y juicio estéstico de manera literal. Entendí perfecto las palabras pero no me cerraba lo que había dicho. Preguntar exclamando “qué” suele ser más para ganar tiempo o si efectivamente no se entendió lo que a uno le dijeron. Pero no podía usarlo en este caso, yo había entendido, así que tímidamente le pregunté: ¿cómo?

–Estás mal vestido –repitió con mayor firmeza.

–¿Por qué? –ya no podía esquivar el bulto.


El viaje recién estaba empezando y casi instantáneamente, mientras tomaba Honorio Pueyrredón, llegó la segunda sorpresa de la noche.


–Estás de negro, el negro atrae a los demonios, te va a ir siempre mal si te vestís de negro, las personas que se visten de negro se enferman, los espíritus malignos las buscan.


No le había visto la mirada y tenía terror de que se diera vuelta y en vez de ojos tuviera dos agujeros negros y me gritara “te vine a buscar”. Por primera vez en mi vida creí en monstruos reales (los de los sueños no se cuestionan), pero me tranquilicé pensando que no le habrían dado el registro de manejar a un monstruo. Habían pasado pocos segundos desde que había subido y no se me vino a la mente ninguna excusa coherente para bajarme (ahora pienso en catorce), así que le seguí la corriente.


–¿Cómo hay que vestirse?

–De blanco, el blanco es la pureza, los ángeles que te cuidan. Una vez le dije a una amiga que vaya al hipódromo vestida de blanco y ganó 5000 pesos.


Esperaba una risa de su parte y que me dijera que me estaba jodiendo, mi cara debía expresar muchas cosas pero no me miré en el espejito y menos me animé a tratar de verlo a él. No se reía, era de verdad esto.


–Andá de blanco al hipódromo, haceme caso.

–No, no me gusta apostar. Además pierde sentido apostar a lo seguro, sin riesgo no hay apuesta.

–Bueno, no importa –realmente no le importaba lo que yo decía– un día salís con una chica, vas al casino, ponés 50 pesos al 24 y te ganás diez mil pesos.

Seguro creyó que al cambiar el hipódromo por el casino me iba a convencer. No quise insistir en mi oposición a las apuestas y me quedé callado con la falsa esperanza de que el momento raro hubiera terminado.

–¿Me estás prestando atención? Esto te puede cambiar la vida.

–Sí, claro.

–No parece.

–Sí, el negro atrae a los malos.

–No, no es sólo eso, no es tan simple. Es importante. Ya vi tres personas mal vestidas hoy.

–¿Con o sin mí? –perdido por perdido, seguí el juego con voz temorosa, total ya estaba casi a mitad de camino.

-Sos el cuarto. El otro día subió un pasajero y me contó que tenía pesadillas… y al final hablando me dijo que dormía de negro, claro.

–Claro –contesté mientras me esforzaba por pensar en otra cosa o en encontrar un tema para cambiar la conversación. Estaba sin ideas y los nervios me jugaron una mala pasada.


Ya estaba cerca. Al llegar lo hice parar en la esquina, así no dejaba lugar a que los demonios del taxi me acompañasen a mi casa. El reloj marcaba 17,40, un viaje corto puede decirse. Le pagué con 20 pesos. El taxista agarró el billete y me devolvió tres de dos pesos.


–No, me tiene que dar 2,60 de vuelto –le dije.

–No importa, tomá seis –me respondió terminante.

Estaba medio de perfil, pero los dos mirábamos hacia abajo, nuestras manos se contemplaban con extrañeza. Las de él eran algo grandes, pero normales. Las mías son algo normales, pero grandes.

–No, no es el vuelto que me tiene que dar.

–Bueno –dijo resignado mientras revolvía su riñonera. Sacó una moneda y me dijo “tomá cinco pesos”. Tenía que haber agarrado los dos billetes de dos y la moneda y salir corriendo, pero hay cosas que no puedo controlar y me volví a negar repitiéndole que el vuelto era 2,60. El taxista se rindió y me dio lo que me correspondía.

–Gracias, suerte y buenas noches –lo saludé.


Cuando traté de abrir la puerta, el seguro no subió. Intenté dos veces más rápido y cuando iba a decirle que la puerta estaba trabada me dijo “sacate la remera y dámela, vas a ver que las cosas mejoran, en serio te digo”. Todo mi cuerpo se puso tenso, como si un gigante lo apretara en su mano con un único y displicente movimiento. Iba a decirle que las cosas me iban bien, tratar de razonar con él para salir de alguna forma, pero me desesperé y de un codazo traté de romper el vidrio. Obviamente no pude y a mi cabeza vino esa canción que dice “mi única fuerza es la fuerza de la gravedad”. En ese segundo en que le di un golpe al vidrio y no pude romperlo me imaginé despertando en un hospital o en la calle tirado, en el mejor de los casos, pensando en cómo contaría lo que me pasó si es que alguna vez podría hacerlo. Sin embargo, el taxista me dijo “bueno, no te pongas loquito, si no me querés dar la remera te jodés vos, ignorante”. Destrabó la puerta y enseguida bajé. Cuando estaba por cerrarla, en una mezcla de saludo y advertencia, me dijo “nos vemos pronto, hombre de negro”.


Apenas había dado unos pasos y pensé en por qué ese loco había dicho “pronto”. Si hubiese dicho “nos vemos” era una anécdota más y segundos después hubiera borrado de mi cabeza todo lo que pasó, pero agregó la palabra pronto. Miré hacia atrás y el auto no había arrancado, él me miraba de una manera aleccionadora, con ojos que no veía pero imaginaba amenazantes, y no quise entrar a mi edificio hasta que se fuera. No se movía. Es muy fácil matar monstruos en los sueños, pero nunca supe qué hacer con los reales.


Es complejo hablar de algunas sensaciones sin poner ejemplos. Yo tenía un miedo incomparable. Un miedo único, singular, físico y mental. Este miedo no era ni siquiera comparable con ese miedo efímero que sentí cuando fui víctima de una víctima que amenazó con acariciarme el estómago con un reluciente tramontina si no le daba mi celular. Este nuevo miedo era infinitamente superior, en mi cabeza estaba el inabarcable temor a que nunca en la vida se me fuera esa sensación.

Volví sobre mis pasos, él me miraba, golpeé la ventana y nos miramos a los ojos. Destrabó la puerta, la abrí, me saqué la remera que tenía puesta, se la tiré adentro del taxi y me fui. No me creí su teoría, pero sí creí en esos ojos que tanto me esforcé por no mirar y que nunca podré olvidar.