"Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas". Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. Híbridos.
22 mar 2012
Dar testimonio en momentos difíciles
Comparto
mi humilde homenaje a Rodolfo Walsh. Esta vez el texto está hecho imagen, así
que agrándenla para leer mi poema con la intervención que hizo Fernando, a
quien aprovecho para agradecerle infinitamente por ilustrar mis Fugas y
obsesiones.
5 mar 2012
Detrás del muro del sueño
En el sueño estaba sentado en un bar con un
amigo, lo voy a llamar Raulf pese a que no tenía rostro. Al no tener cara en
realidad no sé si era mi amigo, pero parecía conocerme bien y había mucha
confianza, así que imagino que éramos amigos. Nunca había ido a ese bar y las
caras de los desconocidos de cierta forma indescriptible me hacían notar que
era un forastero.
23 feb 2012
Ajedrez no jugado
“-En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la
única palabra prohibida?
(El jardín de los senderos que se bifurcan).
La
ciudad asfixia tanto como inspira, lo que es
tan terrible como alentador. Hay una plazoleta en Villa Crespo.
No sé cómo llamarla, quizás sea sólo una porción de cemento semi vacía más
ancha que lo normal. Ahí hay un puesto que vende flores y hay cinco butacas de
cemento. Hay un tacho de basura, una planta y dos principios de árboles. Entre
un par de butacas, hay un resabio de una mesa. Entre el otro par de butacas,
hay una mesa con un tablero de ajedrez, como se ve en la foto. Hay una butaca
que está rota y cambia de lugar según la ocasión, sirviendo eventualmente de
asiento al florero de la plazoleta.
6 feb 2012
Mundos
No me recluyan en los laberintos, en los aterradores
senderos
signados por la luz tenue que a las tragedias antecede.
Ahí el barro se mezcla con las luces de neón de nosotros.
Acá los castillos de arena más rebeldes resisten la ira
antropoide.
Ahí las calles ya no tienen nombre y hay hombres de hielo
y hierro.
Acá las cartas de amor todavía se escriben con sangre.
Ahí las hojas de papel son transparentemente blancas y
piden socorro.
Acá un ciego juega al ajedrez con un tigre y gane o
pierda está alegre.
Ahí se mendigan ilusiones y no te dejan escamotear la
esperanza.
Acá la palabra no dicha es una verdad de más de dos.
Ahí frente al espejo es una sola la respuesta a la
adivinanza.
Acá se fracasa triunfalmente y se sueñan todos los
mundos.
Ahí no me recluyan. Acá vivo.
17 ene 2012
Un buen par de ojos de vidrio
… y tu mirada
tiende a mejorar, las nuevas supersticiones…
Cada persona tiene una cuota de locura
dentro suyo. Esta locura se puede expresar de infinitas maneras. Hay formas sanas y divertidas de expresarla y también hay de
las otras, de las que asustan.
Hace pocos días me tomé un taxi para volver de un cumpleaños. Había pensado en esperar el 92, pero la ambición me duró menos de un minuto al ver un taxi libre. Subí al auto y, tras el cordial saludo de costumbre, le dije mi dirección.
El taxista, mirando al frente, me dijo “estás mal vestido”. Yo veía su pelo y algo me resultaba familiar, sentía conocerlo pero más sentía que era uno de esos contextos descontextualizados donde nos cruzamos gente que se equivocó de lugar y nos cuesta reconocer (o quizás no admitimos que nosotros somos los equivocados).
Por supuesto que interpreté su afirmación y juicio estéstico de manera literal. Entendí perfecto las palabras pero no me cerraba lo que había dicho. Preguntar exclamando “qué” suele ser más para ganar tiempo o si efectivamente no se entendió lo que a uno le dijeron. Pero no podía usarlo en este caso, yo había entendido, así que tímidamente le pregunté: ¿cómo?
–Estás mal vestido –repitió con mayor
firmeza.
–¿Por qué? –ya no podía esquivar el
bulto.
El viaje recién estaba empezando y casi instantáneamente, mientras tomaba Honorio Pueyrredón, llegó la segunda sorpresa de la noche.
–Estás de negro, el negro atrae a los demonios, te va a ir siempre mal si te vestís de negro, las personas que se visten de negro se enferman, los espíritus malignos las buscan.
No le había visto la mirada y tenía terror de que se diera vuelta y en vez de ojos tuviera dos agujeros negros y me gritara “te vine a buscar”. Por primera vez en mi vida creí en monstruos reales (los de los sueños no se cuestionan), pero me tranquilicé pensando que no le habrían dado el registro de manejar a un monstruo. Habían pasado pocos segundos desde que había subido y no se me vino a la mente ninguna excusa coherente para bajarme (ahora pienso en catorce), así que le seguí la corriente.
–¿Cómo hay que vestirse?
–De blanco, el blanco es la pureza, los
ángeles que te cuidan. Una vez le dije a una amiga que vaya al hipódromo
vestida de blanco y ganó 5000 pesos.
Esperaba una risa de su parte y que me dijera que me estaba jodiendo, mi cara debía expresar muchas cosas pero no me miré en el espejito y menos me animé a tratar de verlo a él. No se reía, era de verdad esto.
–Andá de blanco al hipódromo, haceme caso.
–No, no me gusta apostar. Además pierde
sentido apostar a lo seguro, sin riesgo no hay apuesta.
–Bueno, no importa –realmente no le
importaba lo que yo decía– un día salís con una chica, vas al casino, ponés 50
pesos al 24 y te ganás diez mil pesos.
Seguro creyó que al cambiar el hipódromo
por el casino me iba a convencer. No quise insistir en mi oposición a las apuestas
y me quedé callado con la falsa esperanza de que el momento raro hubiera
terminado.
–¿Me estás prestando atención? Esto te
puede cambiar la vida.
–Sí, claro.
–No parece.
–Sí, el negro atrae a los malos.
–No, no es sólo eso, no es tan simple.
Es importante. Ya vi tres personas mal vestidas hoy.
–¿Con o sin mí? –perdido por perdido,
seguí el juego con voz temorosa, total ya estaba casi a mitad de camino.
-Sos el cuarto. El otro día subió un
pasajero y me contó que tenía pesadillas… y al final hablando me dijo que
dormía de negro, claro.
–Claro –contesté mientras me esforzaba
por pensar en otra cosa o en encontrar un tema para cambiar la conversación.
Estaba sin ideas y los nervios me jugaron una mala pasada.
Ya estaba cerca. Al llegar lo hice parar en la esquina, así no dejaba lugar a que los demonios del taxi me acompañasen a mi casa. El reloj marcaba 17,40, un viaje corto puede decirse. Le pagué con 20 pesos. El taxista agarró el billete y me devolvió tres de dos pesos.
–No, me tiene que dar 2,60 de vuelto –le dije.
–No importa, tomá seis –me respondió
terminante.
Estaba medio de perfil, pero los dos
mirábamos hacia abajo, nuestras manos se contemplaban con extrañeza. Las de él
eran algo grandes, pero normales. Las mías son algo normales, pero grandes.
–No, no es el vuelto que me tiene que
dar.
–Bueno –dijo resignado mientras revolvía
su riñonera. Sacó una moneda y me dijo “tomá cinco pesos”. Tenía que haber
agarrado los dos billetes de dos y la moneda y salir corriendo, pero hay cosas
que no puedo controlar y me volví a negar repitiéndole que el vuelto era 2,60.
El taxista se rindió y me dio lo que me correspondía.
–Gracias, suerte y buenas noches –lo
saludé.
Cuando traté de abrir la puerta, el seguro no subió. Intenté dos veces más rápido y cuando iba a decirle que la puerta estaba trabada me dijo “sacate la remera y dámela, vas a ver que las cosas mejoran, en serio te digo”. Todo mi cuerpo se puso tenso, como si un gigante lo apretara en su mano con un único y displicente movimiento. Iba a decirle que las cosas me iban bien, tratar de razonar con él para salir de alguna forma, pero me desesperé y de un codazo traté de romper el vidrio. Obviamente no pude y a mi cabeza vino esa canción que dice “mi única fuerza es la fuerza de la gravedad”. En ese segundo en que le di un golpe al vidrio y no pude romperlo me imaginé despertando en un hospital o en la calle tirado, en el mejor de los casos, pensando en cómo contaría lo que me pasó si es que alguna vez podría hacerlo. Sin embargo, el taxista me dijo “bueno, no te pongas loquito, si no me querés dar la remera te jodés vos, ignorante”. Destrabó la puerta y enseguida bajé. Cuando estaba por cerrarla, en una mezcla de saludo y advertencia, me dijo “nos vemos pronto, hombre de negro”.
Apenas había dado unos pasos y pensé en por qué ese loco había dicho “pronto”. Si hubiese dicho “nos vemos” era una anécdota más y segundos después hubiera borrado de mi cabeza todo lo que pasó, pero agregó la palabra pronto. Miré hacia atrás y el auto no había arrancado, él me miraba de una manera aleccionadora, con ojos que no veía pero imaginaba amenazantes, y no quise entrar a mi edificio hasta que se fuera. No se movía. Es muy fácil matar monstruos en los sueños, pero nunca supe qué hacer con los reales.
Es complejo hablar de algunas sensaciones sin poner ejemplos. Yo tenía un miedo incomparable. Un miedo único, singular, físico y mental. Este miedo no era ni siquiera comparable con ese miedo efímero que sentí cuando fui víctima de una víctima que amenazó con acariciarme el estómago con un reluciente tramontina si no le daba mi celular. Este nuevo miedo era infinitamente superior, en mi cabeza estaba el inabarcable temor a que nunca en la vida se me fuera esa sensación.
Volví sobre mis pasos, él me miraba,
golpeé la ventana y nos miramos a los ojos. Destrabó la puerta, la abrí, me
saqué la remera que tenía puesta, se la tiré adentro del taxi y me fui. No me
creí su teoría, pero sí creí en esos ojos que tanto me esforcé por no mirar y
que nunca podré olvidar.
4 ene 2012
El poema inexistente
Estaba en la facultad vacía, hablando con algunos pocos
desconocidos que la habitaban en plena soledad, a la que contribuí al pasar
sólo un rato. A metros, frente al Naval Hospital, la clase acontecía en un
clima de cuasi normalidad, de acuerdo a lo que me contaron. Yo
simplemente tuve que pasar por ahí y me encontré planificada y fortuitamente
con una amiga a la que tenía que devolverle un libro. Me explicó rápido y
riéndose que los enunciados del profesor eran fatalistas y volvió a la ronda
improvisada sobre el pasto. Otra vez los cuentos de viejas de barrio, los
fantasmas inventados, las catástrofes imaginadas, los cuatrimestres siempre en
riesgo de perderse, pensé. El miedo moviliza a las personas más que nada. No
tiene relevancia preguntarse si está bien o mal, sino cuáles de los pasados
posibles perdimos en el camino y cómo se recupera.
Decidí seguir caminando después de ver la semi clase.
Imágenes se fueron sucediendo ante mí, como si hubiera estado predestinado a
ver todo lo que voy a relatar, como si el tiempo se apropiara de mi cuerpo para
hablar. Son tantos años pasando cerca del Parque Centenario, rodeándolo. A las
23 parece una sombra gigantesca y su hermosura se esconde hasta el amanecer si
es que uno lo mira desde cien metros. Si uno se acerca verá que el panorama es
distinto, pero nadie piensa en las paradojas de ser y parecer. Tantos años
pasando cerca del Parque Centenario, pensaba. Entonces, mientras me iba
caminando, decidí dar media vuelta y atravesarlo. Siempre se produce
conocimiento. La disputa por el conocimiento es colectiva y cotidiana, dentro y
fuera de las instituciones.
Perros por doquier. Alegres, contentos, tranquilizadores,
incluso más de uno atento al partido de fútbol que los chicos del barrio
disputaban, esos partidos donde a fin de cuentas nunca importa quién ganó
porque al día siguiente hay revancha. A paso lento fui caminando, mirando pero
desatento, las escenas fueron obligándome a detener mi vista, sacándome de mi
estado de preocupación por el compromiso ausente de la mayoría de los
estudiantes. Cerca de una de las entradas, un grupo de personas mayores jugaban
al tejo en una cancha (si es que se dice así) de arena hecha especialmente para
eso. El aroma a porro le daba un aspecto irreal a la escena del tejo. ¿De
verdad están jugando al tejo en el parque? No se veía a las personas que
estaban fumando y tampoco había algo más importante en esos segundos que
arrimarle al bochín. Vuela, tejo atemporal, vuela, tejo eterno, arrimale al
bochín.
Gritos de alegría. Otro partido de fútbol. Este es más
familiar que el anterior, grandes y chicos juegan en una canchita improvisada
sobre el cemento, los buzos hacen de poste mientras la infancia se viene a mi
memoria, las peleas con mi hermano por los goles escondidos. Vuelvo. El fútbol
nos define y nos identifica, incluso quienes lo detestan quedan definidos por
su oposición al fútbol, si leen esto verían que la contradicción es frustante
para ellos porque no pueden escaparle a definirse por la negación y en la falsa
dialéctica terminan perdiendo creyendo que ganaron.
Decir que el verde, los árboles y las flores llenaban los
sentidos es un lugar harto común, casi que repudio. Pero lo cierto es que el
verde, los árboles y las flores llenaban los sentidos, eran el contexto
perfecto de ese descontexto de tarde/noche de martes. Los patos y las palomas
convivían cerca del lago en inusual armonía. Blancos unos y negras las otras.
Una lección para los ignorantes que ya explicó Seinfeld y por eso no me voy a
extender, una lección desapercibida por supuesto. Pero me adelanté, es mi
batalla permanente, casi siempre perdida, contra mis deseos de poder
escribir algo digno. Y yo no quería escribir esto, yo quería hacer un poema.
Entré al parque, cierta parte de mí se alegró al ver el parque por dentro con
un panorama muy diferente al de un domingo por la tarde.
El inicialmente imperceptible ruido de la calesita
iba creciendo junto con mis pasos. Esa mezcla de música que no es música con
ruido que no es realmente ruido conformaba un sonido atractivo, casi cómico. Se
ven parejas, el amor no puede estar ausente en un parque. Algunas hablan, otras
se besan. Hay una pareja que discute junto a un árbol, la chica le niega un
abrazo que apuesto a que en un minuto le dará, pero en mi memoria quedará la
pareja disruptiva para siempre. No vi la cara de ella, no recuerdo la de él. No
me interesan las farsas y es la única que conté hasta ahora, así que me
quedo con todo los demás. La mayor farsa es pensar que hay una ecuación simple,
como quieren hacernos creer los marketineros del apocalipsis. Me pregunto si
habré ocultado inconscientemente otras farsas, o si alguna de las realidades
que veo son efectivamente farsas y no lo sabré nunca.
Pasé la calesita, un monstruo cansado moviéndose sigiloso
con tres o cuatro niños y niñas que disfrutan con sus madres. Me intrigó un
ta-te-ti de madera muy grande que vi al lado de una garita. Pensé en acercarme
y no pude, no tenía sentido, el ta-te-ti perfecto había sido formado. Se
veían claramente las tres cruces en la fila de más arriba, seguro el ganador
utilizó el viejo truco de comenzar con una cruz en una esquina y luego colocó
otra justo en diagonal a esa para que su contricante, habiendo puesto un
círculo en el centro, mordiera el polvo. Es equivalente a hacer que queden dos
pares de palotes juntos en filas diferentes para tener a nuestra merced sin
importar lo que desee tachar el eventual rival.
Llegué al lago. Un estudiante leía con un rostro
preocupante, era la definición de lo que es la desesperación. Abajo una familia
nuclear alimentaba a las palomas. Me niego a calcular cuántas palomas había, no
quiero mentir pero era tal cantidad que parecía haber una alfombra negra y
blanca rodeando a la familia. No es para menos, eran los únicos que en el
parque alimentaban a las palomas, pero no todas iban, algunas se quedaban
chamuyando con los patos. Esas palomas luchaban por una migaja, una migaja
puede ser una migaja para alguien y el oro para otro.
En mi mente sabía que iba a escribir esto. Bueno, mejor
dicho sabía que no iba a poder hacer lo que quería y que el resultado sería
algo similar a esto. Es por eso que dije "no seas boludo" cuando
pensé en ir al anfiteatro vacío y robarle toda la espontaneidad al relato. No
fue difícil resistirme, encontré las palabras perfectas. Una mirada más aquí,
otra más allá, los autos estacionados en la salida, el barro de la noche
anterior donde dos perros juegan, un taxista sumergido en el capot de su coche
esperando no sé qué milagro realizar. Tan efímeros, tan simples y complejos,
estoicos resisten, tan eternos como alguien alguna vez dijo que juzgaba a
Buenos Aires. Los puestos de venta de libros nuevos y usados me dicen adiós
mientras cruzo Patricias Argentinas.
Ni siquiera hoy puedo escribir un poema y tengo que
limitarme a estas líneas desorganizadas. Es que para mí una persona viviendo es
un poema. Hay poemas increíbles, mediocres y muchos que no deberían haber sido
escritos con autores que hoy deben estar arrepintiéndose de sus creaciones al
no poder matarlas. Al final, es un orgullo mi poema inexistente.
*la
imagen fue tomada prestada sin consentimiento del blog No damos cátedra.
22 dic 2011
La hora de la revolución
Camino a la parada por Ghandi, calle astuta
pero en un sentido negativo, que no hace justicia a su nombre. Apuro el paso
sin ningún motivo y rápidamente llego a Warnes, la cruzo y a lo lejos veo venir
el colectivo. A las ocho de la mañana de un lunes no se corre un colectivo, es
cuestión de principios, a esa hora no hay nada cotidiano que no pueda esperar.
Me pasa por al lado mientras mantengo mi orgullosa marcha que no sucumbió ante
la necesidad innecesaria que todos sentimos.
Sin dudas, no se corre un colectivo a esa hora. Hay tantas dignidades que dejé en el camino, ésta no será una de ellas nunca, es quizás mi reserva moral. Pero cómo molesta esperar y al mismo tiempo pensar "y si hubiera corrido...". Esa sensación es la que destruye a las personas minuto a minuto, pero por cosas más importante que viajar al trabajo.
La revolución proletaria era lo porvenir. Ya había sucedido la revolución burguesa y acá es que empiezo a pensar que el concepto está completamente malparido o al menos un poco malparido. Es que se asocia a la revolución con lo que sucedió en Francia, una clase burguesa rebelándose simplemente para poder usufructuar las ventajas del naciente capitalismo. Similares ejemplos pueden encontrarse en el mundo, hablando de la revolución por la patria o tantas falacias, ya que los revolucionarios dejan de serlo después de que hacen la revolución. No hubo realidad eterna, quizás por eso lo del sueño eterno.
Es la esquina de los múltiples semáforos. Ya le tengo el ritmo tomado. Cuando veo pasar un 55 por esa calle, puede ser que el 15 esté por aparecer por la avenida. Después de que pasa el 92 empieza a abrir el semáforo y a esperar nuevamente que el tránsito de esa diagonal me anuncie el semáforo en verde a casi 200 metros de donde estoy, una invisibilidad que alcanzo a vislumbrar si la sincronización funciona.
En muchos libros y mediante un número de autores que no es infinito pero al igual que el infinito es imposible de saber donde termina, podemos entender qué significó revolución anteriormente, quiénes la quisieron hacer, quiénes la hicieron, cuáles fueron sus resultados. Hay una elíptica infalible en el concepto de revolución y es que las revoluciones que se desarrollan resignifican el concepto de revolución. Lo resignifican para peor, de manera que cuando hubo una revolución, una revolución que empezó y terminó (porque no hay de las que duran), al volver a mencionar la palabra se carga de un nuevo sentido vinculado a esa revolución que pasó. Y es así como década a década y siglo tras siglo la palabra se fue bastardeando. No, es un error usar esa palabra, década a década y siglo tras siglo la palabra fue ganando un sentido distinto.
Todas estas cuestiones recorrieron mi mente durante meses. Creo que el principio de este relato lo escribí muchas veces en el colectivo o antes de irme a dormir, mirando el techo oscuro. En mi cabeza era perfecto, cada palabra tenía su lugar adecuado, no había ni una coma de más ni un recurso utilizado en vano, ni siquiera existía un párrafo comentando sobre el proceso de la escritura. Siempre escribo bien en mi cabeza, o es lo que me digo a mí mismo como consuelo al ver mi lucha por plasmarlo. Y eran eso, cuestiones, cuestiones que pensaba, que conseguía meter en conversaciones para ver si podía robarme un pensamiento, un sentimiento o una frase. Dicen que la realidad a veces lo supera todo y viví una situación que me hizo entender a la perfección el sinsentido.
Un colectivo lleno y un colectivo vacío son dos universos opuestos, prácticamente mundos paralelos. En un colectivo repleto puede suceder cualquier cosa, hay hechos que se repiten y que podemos adivinar antes de que pasen. Y otros que son únicos, que sólo se dan en ese aquí y ahora que acontece una sola vez. Demuestran a veces lo peor de los seres humanos (y lo mejor también).
Con el 15 tengo una relación rara. Lo odio, pero cuando lo critican mucho me escucho defendiéndolo. Ese día subí al que iba a Pacheco porque estaba justo con el horario. Sin dudas prefería el de Estación Rivadavia, que con su insignificante vacío me permitiría sumergirme en mis pensamientos y sentarme, objetivo terrenal y ladino al que no podía aspirar en el ramal de Pacheco. Si hubiera tomado el de Estación Rivadavia todavía estaría escribiendo en mi cabeza (y atascado tres o cuatro párrafos más atrás).
Luego de escasos minutos, el colectivo se detuvo antes de cruzar Corrientes. Ya no quedaba más lugar para que subiera gente, pero esto es por la inexplicable ineptitud de la mayoría de las personas que en los colectivos súper bajos deciden que es mejor amontonarse en el medio antes de ir para atrás, perjudicando a todos los que quieren subir, que no pueden acomodarse. En una clase de la carrera de Comunicación, en el 2006, un profesor pretendió iluminarme sobre este asunto. Hablando de distintas prácticas sociales y costumbres, ejemplificó: “La gente no sabe viajar en los colectivos nuevos. Pero van a ver que en cuatro o cinco años ya no van a quedarse en el medio. Es Garfinkel puro”. Un lustro después, espero con fervor que su profecía se cumpla para poder decirle que el tiempo le dio la razón. A Marcelo Bielsa y a este profesor los separa un abismo.
Volviendo a aquella mañana, una mujer, desde la vereda y pugnando por subir, solicitó de una forma un poco abrupta al conductor del 15 que pidiera que la gente se corriese. El conductor le respondió “¿cierro la puerta y esperan otro?”. Pude ver perfectamente a esa mujer con cara de amargada gesticulando y pensé “viene uno de esos momentos que a los colectivos vacíos se les escapan”.
La señora estaba literalmente colgada de la puerta y, con gente detrás suyo esperando y con el 15 detenido, gritó: “Vamos, córranse que todos tenemos que viajar”. En ese momento no sabía que pronto alguien me regalaría las palabras que tantas veces estuve buscando en lugares equivocados. El silencio fue el clásico silencio de colectivo matutino, sólo roto por algún incauto que gritaba con su celular. No puedo describir ese silencio como bello, es un silencio apático pero que hoy recuerdo segundo a segundo y al evocarlo lo disfruto, todos mirando al frente tratando de entender lo que pasaba o esperando ver qué pasaría. La mujer insistió y gritó “viajamos todos o no viaja nadie, no me bajo y nos quedamos acá”, a lo que otra mujer, desde el primer asiento, levantándose un poco, en una posición intermedia entre estar parada y sentada, levantó su brazo derecho, que movió rápidamente mientras retrucó aún más fuerte e inexplicablemente con más furia: “flaca, no te vengas a hacer la revolucionaria a las ocho de la mañana”.
¿Qué significa hoy la palabra revolución? No lo sé, pero me lo pregunto. Igual lo que más me preocupa es qué pasó para que una frase como “flaca, no te vengas a hacer la revolucionaria a las ocho de la mañana” tenga sentido en vez de hacernos reír a carcajadas. Lo único que puedo hipotetizar es que hoy por hoy revolución no significa absolutamente nada, entonces qué sentido tiene hacer algo que no significa nada a las ocho de la mañana. Yo me reí solo, el colectivo no. La mujer subió, no tuvo que esperar otro, jamás pude comprender si hubo o no revolución según aquel punto de vista tan peculiar.
O no es así, me equivoco, no es así. En realidad lo que quiso decir en el colectivo, sacando el autor del quijote que hay en mí, al exclamar "flaca, no te vengas a hacer la revolucionaria a las ocho de la mañana", es que no hay que hacerse la revolucionaria sino que directamente hay que serlo, que no hay que pretender sino hacer. Y es precioso el detalle de las ocho de la mañana, quiso dar a entender que cuando empieza el día es cuando más posibilidades existen de pensar en un horizonte diferente. ¡Qué osadía! ¡Qué gesto estético tan digno de ser disfrutado!
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