23 feb 2012

Ajedrez no jugado



“-En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la única palabra prohibida?

Reflexioné un momento y repuse: -La palabra ajedrez".

(El jardín de los senderos que se bifurcan).


La ciudad asfixia tanto como inspira, lo que es tan terrible como alentador. Hay una plazoleta en Villa Crespo. No sé cómo llamarla, quizás sea sólo una porción de cemento semi vacía más ancha que lo normal. Ahí hay un puesto que vende flores y hay cinco butacas de cemento. Hay un tacho de basura, una planta y dos principios de árboles. Entre un par de butacas, hay un resabio de una mesa. Entre el otro par de butacas, hay una mesa con un tablero de ajedrez, como se ve en la foto. Hay una butaca que está rota y cambia de lugar según la ocasión, sirviendo eventualmente de asiento al florero de la plazoleta. 

Este tablero de ajedrez tiene un pasado difuso, nadie puede saber con certeza desde cuándo está ahí. Estuve preguntando y no me supieron decir, supongo que debe ser más porque a nadie le interesa desde cuándo está ahí que por otro motivo, porque seguramente alguien recuerde que eso antes no estaba. Además, tiene un futuro impensable, inabarcable, casi inconcebible, claramente más amplio que el de las personas que pasan a su lado. Perdurará hasta el fin de los días como lo hace hoy: estoico, pintoresco y bicolor. Tampoco a nadie le importa el futuro de ese tablero de ajedrez. Si a nadie le importa el pasado de algo y tampoco su futuro, es evidente que menos que menos les interesará el presente. Hay algo que me llamó la atención, pasé por ahí cientos de veces pero sólo ayer me di cuenta: décadas y décadas y no tuvo ningún presente feliz, nadie usa ese tablero de ajedrez. Pueden sentarse a descansar, a atarse los cordones, a tomar mate y a charlar en esa diminuta y triangular islita de cemento, pensando las personas en sí mismas o en sus seres queridos u odiados y no en jugar. Nunca en jugar.

No es mi intención preguntarme si debería estar o no esa invitación al ajedrez ahí. Tampoco trataré de hablar de las ideas que luego salen mal y todavía menos intentar frustradamente ponerme académico y hablar de la relación entre la práctica y la prefiguración de la práctica y en cómo cada vez que paso por ese tablero de ajedrez lo conozco por primera vez. Lo cierto es que está ahí, no importa por qué pero sí importa cómo.

¿Alguien alguna vez se paró a pensar en lo que sufre ese tablero de ajedrez como lo estoy haciendo yo? ¿Por qué estoy pensando en cómo sufre un tablero de ajedrez no usado y no en cómo sufre la persona que se sube al colectivo con cara de no querer haber subido? No hay farsa mayor que decir que las cosas no tienen sentimientos, es una clásica mentira piadosa, avalada por múltiples teorías, que nos hacemos para vivir más cómodos. Las cosas tienen el sentimiento que nosotros les ponemos, sino pregúntenle a alguien que haya juntado figuritas en su infancia. Cada figurita vale proporcionalmente el costo del paquete dividido la cantidad de figuritas que hay en él, sin embargo en ciertas figuritas se ponen en juego sentimientos inexplicables, incoherentes y hasta intolerantes, sobre todo en la famosa última que completa el álbum.

Cuántas veces nos preguntamos sobre la predeterminación y sobre el azar que hay en nuestras vidas. Pensemos lo que pensemos, es difícil hacerse cargo del propio destino o de lo que uno cree que debe ser su destino según lo que quiere, que parecen cosas distintas pero no lo son tanto. Si no nos vamos a hacer cargo de eso, por lo menos tengamos un gesto. Un gesto puede ser el infinito o la nada misma, pero siempre hay que tenerlo. De lo contrario, hay que rendirse y ni siquiera fingir intentarlo, que es probablemente uno de los actos más hipócritas que hay y en el cual es muy fácil caer sin darse cuenta. 

Podría hacer decenas de analogías gastadas y baratas comparando el ajedrez con la vida. Superficiales y profundas. Podría empezar por las razas y el orden de juego, continuaría con las clases sociales de acuerdo a las posibilidades de las piezas y hasta hablaría del machismo del rey y la pacatería de la reina. O mencionaría quiénes mueren primero y quiénes luego. Pero sería un desvío porque yo no quiero hablar de lo que se relaciona con ese tablero, quiero hablar lisa y llanamente de ese tablero, sin comparaciones, sin metáforas, sin moralejas. Ese tablero pide no ser sólo una mesa de paso. Pide ser. Nada más que eso y esperando se vuelve un llanto de cemento, una señal que ignoré tanto tiempo y ahora no puedo esquivar.

Hay una frase hecha que suena muy linda y dice que el hombre es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. Lo que todos voluntariamente pretenden ignorar es que también se puede ser prisionero de lo que se calla. Al caminar por la plazoleta pensé en ese tablero y fue recién unas horas más tarde que entendí que allí había dos tableros, que el principio de mesa entre uno de los pares de butacas eran los resabios de un tablero arrancado (imposible que se haya roto). ¿Quién lo habrá escuchado a ese tablero? ¿Habrá pedido auxilio para sí mismo o también para el otro tablero? ¿Por qué alguien creyó que arrancarlo era la solución? ¿Estará el salvador jugando al ajedrez en tu casa? ¿Efectivamente se lo puede llamar salvador? Creo que no entendió el pedido, seguramente lo escuchó pero no sabía qué era el ajedrez y eran tiempos sin google, al llegar a su casa no recordó la palabra ajedrez y entonces decidió aliviar las penas del tablero violentamente. O quizás no, tal vez no fue un gesto poético sino un asesinato que una persona cometió para dejar de escuchar al tablero.

Un amigo me hizo llegar una frase durante una charla, él no la recordaba bien así que no hay chances de que sea exacta porque será mi recuerdo (intentando ser preciso) de un recuerdo (que es imposible que sea preciso) y si pusiera comillas sería un farsante: Cuando los jugadores se hayan ido, cuando el tiempo los haya consumido, ciertamente no habrá cesado el rito. Es casi temible la frase, sin jugadores el tablero sigue ahí, sin piezas sigue ahí, el rito que quizás nunca hubo no ha cesado pese a que en este contexto nunca comenzó.

La apatía que sufre el actual solitario tablero se corporiza, me afecta, tengo un miedo aterrador cuando paso cerca, creo a veces que me va a gritar su pena o que la va a cantar en forma de tango. En otras ocasiones me parece que me va a susurrar una palabra al oído, una palabra que despierte un huracán en mí. Incluso llegué a creer que alguna vez, tras pasar por ahí, me habló lo suficientemente bajo como para asegurarse de que no lo escuchase. Estoy esperando el día, cuando pase le voy a contestar que siento su pena y que no sé si la comprendo pero la vivo, la sufro. Aunque de gestos está hecha la vida y quizás pueda evitar que me grite algún día.  Yo voy a ir a jugar al ajedrez ahí, ¿quién juega conmigo?

6 feb 2012

Mundos


No me recluyan en los laberintos, en los aterradores senderos
signados por la luz tenue que a las tragedias antecede.
Ahí el barro se mezcla con las luces de neón de nosotros.
Acá los castillos de arena más rebeldes resisten la ira antropoide.
Ahí las calles ya no tienen nombre y hay hombres de hielo y hierro.
Acá las cartas de amor todavía se escriben con sangre.
Ahí las hojas de papel son transparentemente blancas y piden socorro.
Acá un ciego juega al ajedrez con un tigre y gane o pierda está alegre.
Ahí se mendigan ilusiones y no te dejan escamotear la esperanza.
Acá la palabra no dicha es una verdad de más de dos.
Ahí frente al espejo es una sola la respuesta a la adivinanza.
Acá se fracasa triunfalmente y se sueñan todos los mundos.
Ahí no me recluyan. Acá vivo. 

17 ene 2012

Un buen par de ojos de vidrio

… y tu mirada tiende a mejorar, las nuevas supersticiones…
Cada persona tiene una cuota de locura dentro suyo. Esta locura se puede expresar de infinitas maneras. Hay formas sanas y divertidas de expresarla y también hay de las otras, de las que asustan.


Hace pocos días me tomé un taxi para volver de un cumpleaños. Había pensado en esperar el 92, pero la ambición me duró menos de un minuto al ver un taxi libre. Subí al auto y, tras el cordial saludo de costumbre, le dije mi dirección.


El taxista, mirando al frente, me dijo “estás mal vestido”. Yo veía su pelo y algo me resultaba familiar, sentía conocerlo pero más sentía que era uno de esos contextos descontextualizados donde nos cruzamos gente que se equivocó de lugar y nos cuesta reconocer (o quizás no admitimos que nosotros somos los equivocados).


Por supuesto que interpreté su afirmación y juicio estéstico de manera literal. Entendí perfecto las palabras pero no me cerraba lo que había dicho. Preguntar exclamando “qué” suele ser más para ganar tiempo o si efectivamente no se entendió lo que a uno le dijeron. Pero no podía usarlo en este caso, yo había entendido, así que tímidamente le pregunté: ¿cómo?

–Estás mal vestido –repitió con mayor firmeza.

–¿Por qué? –ya no podía esquivar el bulto.


El viaje recién estaba empezando y casi instantáneamente, mientras tomaba Honorio Pueyrredón, llegó la segunda sorpresa de la noche.


–Estás de negro, el negro atrae a los demonios, te va a ir siempre mal si te vestís de negro, las personas que se visten de negro se enferman, los espíritus malignos las buscan.


No le había visto la mirada y tenía terror de que se diera vuelta y en vez de ojos tuviera dos agujeros negros y me gritara “te vine a buscar”. Por primera vez en mi vida creí en monstruos reales (los de los sueños no se cuestionan), pero me tranquilicé pensando que no le habrían dado el registro de manejar a un monstruo. Habían pasado pocos segundos desde que había subido y no se me vino a la mente ninguna excusa coherente para bajarme (ahora pienso en catorce), así que le seguí la corriente.


–¿Cómo hay que vestirse?

–De blanco, el blanco es la pureza, los ángeles que te cuidan. Una vez le dije a una amiga que vaya al hipódromo vestida de blanco y ganó 5000 pesos.


Esperaba una risa de su parte y que me dijera que me estaba jodiendo, mi cara debía expresar muchas cosas pero no me miré en el espejito y menos me animé a tratar de verlo a él. No se reía, era de verdad esto.


–Andá de blanco al hipódromo, haceme caso.

–No, no me gusta apostar. Además pierde sentido apostar a lo seguro, sin riesgo no hay apuesta.

–Bueno, no importa –realmente no le importaba lo que yo decía– un día salís con una chica, vas al casino, ponés 50 pesos al 24 y te ganás diez mil pesos.

Seguro creyó que al cambiar el hipódromo por el casino me iba a convencer. No quise insistir en mi oposición a las apuestas y me quedé callado con la falsa esperanza de que el momento raro hubiera terminado.

–¿Me estás prestando atención? Esto te puede cambiar la vida.

–Sí, claro.

–No parece.

–Sí, el negro atrae a los malos.

–No, no es sólo eso, no es tan simple. Es importante. Ya vi tres personas mal vestidas hoy.

–¿Con o sin mí? –perdido por perdido, seguí el juego con voz temorosa, total ya estaba casi a mitad de camino.

-Sos el cuarto. El otro día subió un pasajero y me contó que tenía pesadillas… y al final hablando me dijo que dormía de negro, claro.

–Claro –contesté mientras me esforzaba por pensar en otra cosa o en encontrar un tema para cambiar la conversación. Estaba sin ideas y los nervios me jugaron una mala pasada.


Ya estaba cerca. Al llegar lo hice parar en la esquina, así no dejaba lugar a que los demonios del taxi me acompañasen a mi casa. El reloj marcaba 17,40, un viaje corto puede decirse. Le pagué con 20 pesos. El taxista agarró el billete y me devolvió tres de dos pesos.


–No, me tiene que dar 2,60 de vuelto –le dije.

–No importa, tomá seis –me respondió terminante.

Estaba medio de perfil, pero los dos mirábamos hacia abajo, nuestras manos se contemplaban con extrañeza. Las de él eran algo grandes, pero normales. Las mías son algo normales, pero grandes.

–No, no es el vuelto que me tiene que dar.

–Bueno –dijo resignado mientras revolvía su riñonera. Sacó una moneda y me dijo “tomá cinco pesos”. Tenía que haber agarrado los dos billetes de dos y la moneda y salir corriendo, pero hay cosas que no puedo controlar y me volví a negar repitiéndole que el vuelto era 2,60. El taxista se rindió y me dio lo que me correspondía.

–Gracias, suerte y buenas noches –lo saludé.


Cuando traté de abrir la puerta, el seguro no subió. Intenté dos veces más rápido y cuando iba a decirle que la puerta estaba trabada me dijo “sacate la remera y dámela, vas a ver que las cosas mejoran, en serio te digo”. Todo mi cuerpo se puso tenso, como si un gigante lo apretara en su mano con un único y displicente movimiento. Iba a decirle que las cosas me iban bien, tratar de razonar con él para salir de alguna forma, pero me desesperé y de un codazo traté de romper el vidrio. Obviamente no pude y a mi cabeza vino esa canción que dice “mi única fuerza es la fuerza de la gravedad”. En ese segundo en que le di un golpe al vidrio y no pude romperlo me imaginé despertando en un hospital o en la calle tirado, en el mejor de los casos, pensando en cómo contaría lo que me pasó si es que alguna vez podría hacerlo. Sin embargo, el taxista me dijo “bueno, no te pongas loquito, si no me querés dar la remera te jodés vos, ignorante”. Destrabó la puerta y enseguida bajé. Cuando estaba por cerrarla, en una mezcla de saludo y advertencia, me dijo “nos vemos pronto, hombre de negro”.


Apenas había dado unos pasos y pensé en por qué ese loco había dicho “pronto”. Si hubiese dicho “nos vemos” era una anécdota más y segundos después hubiera borrado de mi cabeza todo lo que pasó, pero agregó la palabra pronto. Miré hacia atrás y el auto no había arrancado, él me miraba de una manera aleccionadora, con ojos que no veía pero imaginaba amenazantes, y no quise entrar a mi edificio hasta que se fuera. No se movía. Es muy fácil matar monstruos en los sueños, pero nunca supe qué hacer con los reales.


Es complejo hablar de algunas sensaciones sin poner ejemplos. Yo tenía un miedo incomparable. Un miedo único, singular, físico y mental. Este miedo no era ni siquiera comparable con ese miedo efímero que sentí cuando fui víctima de una víctima que amenazó con acariciarme el estómago con un reluciente tramontina si no le daba mi celular. Este nuevo miedo era infinitamente superior, en mi cabeza estaba el inabarcable temor a que nunca en la vida se me fuera esa sensación.

Volví sobre mis pasos, él me miraba, golpeé la ventana y nos miramos a los ojos. Destrabó la puerta, la abrí, me saqué la remera que tenía puesta, se la tiré adentro del taxi y me fui. No me creí su teoría, pero sí creí en esos ojos que tanto me esforcé por no mirar y que nunca podré olvidar.

4 ene 2012

El poema inexistente




Estaba en la facultad vacía, hablando con algunos pocos desconocidos que la habitaban en plena soledad, a la que contribuí al pasar sólo un rato. A metros, frente al Naval Hospital, la clase acontecía en un clima de cuasi normalidad, de acuerdo a lo que me contaron.  Yo simplemente tuve que pasar por ahí y me encontré planificada y fortuitamente con una amiga a la que tenía que devolverle un libro. Me explicó rápido y riéndose que los enunciados del profesor eran fatalistas y volvió a la ronda improvisada sobre el pasto. Otra vez los cuentos de viejas de barrio, los fantasmas inventados, las catástrofes imaginadas, los cuatrimestres siempre en riesgo de perderse, pensé. El miedo moviliza a las personas más que nada. No tiene relevancia preguntarse si está bien o mal, sino cuáles de los pasados posibles perdimos en el camino y cómo se recupera.
Decidí seguir caminando después de ver la semi clase. Imágenes se fueron sucediendo ante mí, como si hubiera estado predestinado a ver todo lo que voy a relatar, como si el tiempo se apropiara de mi cuerpo para hablar. Son tantos años pasando cerca del Parque Centenario, rodeándolo. A las 23 parece una sombra gigantesca y su hermosura se esconde hasta el amanecer si es que uno lo mira desde cien metros. Si uno se acerca verá que el panorama es distinto, pero nadie piensa en las paradojas de ser y parecer. Tantos años pasando cerca del Parque Centenario, pensaba. Entonces, mientras me iba caminando, decidí dar media vuelta y atravesarlo. Siempre se produce conocimiento. La disputa por el conocimiento es colectiva y cotidiana, dentro y fuera de las instituciones.
Perros por doquier. Alegres, contentos, tranquilizadores, incluso más de uno atento al partido de fútbol que los chicos del barrio disputaban, esos partidos donde a fin de cuentas nunca importa quién ganó porque al día siguiente hay revancha. A paso lento fui caminando, mirando pero desatento, las escenas fueron obligándome a detener mi vista, sacándome de mi estado de preocupación por el compromiso ausente de la mayoría de los estudiantes. Cerca de una de las entradas, un grupo de personas mayores jugaban al tejo en una cancha (si es que se dice así) de arena hecha especialmente para eso. El aroma a porro le daba un aspecto irreal a la escena del tejo. ¿De verdad están jugando al tejo en el parque? No se veía a las personas que estaban fumando y tampoco había algo más importante en esos segundos que arrimarle al bochín. Vuela, tejo atemporal, vuela, tejo eterno, arrimale al bochín.
Gritos de alegría. Otro partido de fútbol. Este es más familiar que el anterior, grandes y chicos juegan en una canchita improvisada sobre el cemento, los buzos hacen de poste mientras la infancia se viene a mi memoria, las peleas con mi hermano por los goles escondidos. Vuelvo. El fútbol nos define y nos identifica, incluso quienes lo detestan quedan definidos por su oposición al fútbol, si leen esto verían que la contradicción es frustante para ellos porque no pueden escaparle a definirse por la negación y en la falsa dialéctica terminan perdiendo creyendo que ganaron.
Decir que el verde, los árboles y las flores llenaban los sentidos es un lugar harto común, casi que repudio. Pero lo cierto es que el verde, los árboles y las flores llenaban los sentidos, eran el contexto perfecto de ese descontexto de tarde/noche de martes. Los patos y las palomas convivían cerca del lago en inusual armonía. Blancos unos y negras las otras. Una lección para los ignorantes que ya explicó Seinfeld y por eso no me voy a extender, una lección desapercibida por supuesto. Pero me adelanté, es mi batalla permanente, casi siempre perdida, contra mis deseos de poder escribir algo digno. Y yo no quería escribir esto, yo quería hacer un poema. Entré al parque, cierta parte de mí se alegró al ver el parque por dentro con un panorama muy diferente al de un domingo por la tarde.
El inicialmente imperceptible ruido de la calesita iba creciendo junto con mis pasos. Esa mezcla de música que no es música con ruido que no es realmente ruido conformaba un sonido atractivo, casi cómico. Se ven parejas, el amor no puede estar ausente en un parque. Algunas hablan, otras se besan. Hay una pareja que discute junto a un árbol, la chica le niega un abrazo que apuesto a que en un minuto le dará, pero en mi memoria quedará la pareja disruptiva para siempre. No vi la cara de ella, no recuerdo la de él. No me interesan las farsas y es la única que conté hasta ahora, así que me quedo con todo los demás. La mayor farsa es pensar que hay una ecuación simple, como quieren hacernos creer los marketineros del apocalipsis. Me pregunto si habré ocultado inconscientemente otras farsas, o si alguna de las realidades que veo son efectivamente farsas y no lo sabré nunca.
Pasé la calesita, un monstruo cansado moviéndose sigiloso con tres o cuatro niños y niñas que disfrutan con sus madres. Me intrigó un ta-te-ti de madera muy grande que vi al lado de una garita. Pensé en acercarme y no pude, no tenía sentido, el ta-te-ti perfecto había sido formado. Se veían claramente las tres cruces en la fila de más arriba, seguro el ganador utilizó el viejo truco de comenzar con una cruz en una esquina y luego colocó otra justo en diagonal a esa para que su contricante, habiendo puesto un círculo en el centro, mordiera el polvo. Es equivalente a hacer que queden dos pares de palotes juntos en filas diferentes para tener a nuestra merced sin importar lo que desee tachar el eventual rival.
Llegué al lago. Un estudiante leía con un rostro preocupante, era la definición de lo que es la desesperación. Abajo una familia nuclear alimentaba a las palomas. Me niego a calcular cuántas palomas había, no quiero mentir pero era tal cantidad que parecía haber una alfombra negra y blanca rodeando a la familia. No es para menos, eran los únicos que en el parque alimentaban a las palomas, pero no todas iban, algunas se quedaban chamuyando con los patos. Esas palomas luchaban por una migaja, una migaja puede ser una migaja para alguien y el oro para otro.
En mi mente sabía que iba a escribir esto. Bueno, mejor dicho sabía que no iba a poder hacer lo que quería y que el resultado sería algo similar a esto. Es por eso que dije "no seas boludo" cuando pensé en ir al anfiteatro vacío y robarle toda la espontaneidad al relato. No fue difícil resistirme, encontré las palabras perfectas. Una mirada más aquí, otra más allá, los autos estacionados en la salida, el barro de la noche anterior donde dos perros juegan, un taxista sumergido en el capot de su coche esperando no sé qué milagro realizar. Tan efímeros, tan simples y complejos, estoicos resisten, tan eternos como alguien alguna vez dijo que juzgaba a Buenos Aires. Los puestos de venta de libros nuevos y usados me dicen adiós mientras cruzo Patricias Argentinas.
Ni siquiera hoy puedo escribir un poema y tengo que limitarme a estas líneas desorganizadas. Es que para mí una persona viviendo es un poema. Hay poemas increíbles, mediocres y muchos que no deberían haber sido escritos con autores que hoy deben estar arrepintiéndose de sus creaciones al no poder matarlas. Al final, es un orgullo mi poema inexistente. 

*la imagen fue tomada prestada sin consentimiento del blog No damos cátedra.



22 dic 2011

La hora de la revolución




Camino a la parada por Ghandi, calle astuta pero en un sentido negativo, que no hace justicia a su nombre. Apuro el paso sin ningún motivo y rápidamente llego a Warnes, la cruzo y a lo lejos veo venir el colectivo. A las ocho de la mañana de un lunes no se corre un colectivo, es cuestión de principios, a esa hora no hay nada cotidiano que no pueda esperar. Me pasa por al lado mientras mantengo mi orgullosa marcha que no sucumbió ante la necesidad innecesaria que todos sentimos.



"La revolución es un sueño eterno" es un libro de Andrés Rivera. Hace poco un amigo me habló de ese libro, le había gustado mucho. Desconozco si la frase es del autor y tampoco alcanzo a darme cuenta de si es maravillosa o triste. Con vergüenza fingida aclaro que no leí ese libro. La teoría de Karl Marx está basada en el concepto de revolución, pero no como sueño eterno sino como inevitable realidad. Si no hubiera sido tan terminante en algunos conceptos, Marx sería Gardel y no Lepera. Porque la leyenda es Gardel. Lepera, genial letrista, murió en el mismo avión y en el mismo segundo, quizás, que Gardel y yo no he visto muchas estampillas de Lepera. Seguramente Marx jamás sospechó que su confianza en sus contemporáneos y futuros se le volvería en contra, por esa confianza invisiblizó obviedades que tendría que haber explicitado y así tenemos a una parva de parvos hablando de lo que no saben hablar y a muchos escondidos con un indescriptible miedo de ser parte y no haberse dado cuenta.



Sin dudas, no se corre un colectivo a esa hora. Hay tantas dignidades que dejé en el camino, ésta no será una de ellas nunca, es quizás mi reserva moral. Pero cómo molesta esperar y al mismo tiempo pensar "y si hubiera corrido...". Esa sensación es la que destruye a las personas minuto a minuto, pero por cosas más importante que viajar al trabajo.



La revolución proletaria era lo porvenir. Ya había sucedido la revolución burguesa y acá es que empiezo a pensar que el concepto está completamente malparido o al menos un poco malparido. Es que se asocia a la revolución con lo que sucedió en Francia, una clase burguesa rebelándose simplemente para poder usufructuar las ventajas del naciente capitalismo. Similares ejemplos pueden encontrarse en el mundo, hablando de la revolución por la patria o tantas falacias, ya que los revolucionarios dejan de serlo después de que hacen la revolución. No hubo realidad eterna, quizás por eso lo del sueño eterno.



Es la esquina de los múltiples semáforos. Ya le tengo el ritmo tomado. Cuando veo pasar un 55 por esa calle, puede ser que el 15 esté por aparecer por la avenida. Después de que pasa el 92 empieza a abrir el semáforo y a esperar nuevamente que el tránsito de esa diagonal me anuncie el semáforo en verde a casi 200 metros de donde estoy, una invisibilidad que alcanzo a vislumbrar si la sincronización funciona.



En muchos libros y mediante un número de autores que no es infinito pero al igual que el infinito es imposible de saber donde termina, podemos entender qué significó revolución anteriormente, quiénes la quisieron hacer, quiénes la hicieron, cuáles fueron sus resultados. Hay una elíptica infalible en el concepto de revolución y es que las revoluciones que se desarrollan resignifican el concepto de revolución. Lo resignifican para peor, de manera que cuando hubo una revolución, una revolución que empezó y terminó (porque no hay de las que duran), al volver a mencionar la palabra se carga de un nuevo sentido vinculado a esa revolución que pasó. Y es así como década a década y siglo tras siglo la palabra se fue bastardeando. No, es un error usar esa palabra, década a década y siglo tras siglo la palabra fue ganando un sentido distinto.



Todas estas cuestiones recorrieron mi mente durante meses. Creo que el principio de este relato lo escribí muchas veces en el colectivo o antes de irme a dormir, mirando el techo oscuro. En mi cabeza era perfecto, cada palabra tenía su lugar adecuado, no había ni una coma de más ni un recurso utilizado en vano, ni siquiera existía un párrafo comentando sobre el proceso de la escritura. Siempre escribo bien en mi cabeza, o es lo que me digo a mí mismo como consuelo al ver mi lucha por plasmarlo. Y eran eso, cuestiones, cuestiones que pensaba, que conseguía meter en conversaciones para ver si podía robarme un pensamiento, un sentimiento o una frase. Dicen que la realidad a veces lo supera todo y viví una situación que me hizo entender a la perfección el sinsentido.



Un colectivo lleno y un colectivo vacío son dos universos opuestos, prácticamente mundos paralelos. En un colectivo repleto puede suceder cualquier cosa, hay hechos que se repiten y que podemos adivinar antes de que pasen. Y otros que son únicos, que sólo se dan en ese aquí y ahora que acontece una sola vez. Demuestran a veces lo peor de los seres humanos (y lo mejor también).



Con el 15 tengo una relación rara. Lo odio, pero cuando lo critican mucho me escucho defendiéndolo. Ese día subí al que iba a Pacheco porque estaba justo con el horario. Sin dudas prefería el de Estación Rivadavia, que con su insignificante vacío me permitiría sumergirme en mis pensamientos y sentarme, objetivo terrenal y ladino al que no podía aspirar en el ramal de Pacheco. Si hubiera tomado el de Estación Rivadavia todavía estaría escribiendo en mi cabeza (y atascado tres o cuatro párrafos más atrás).



Luego de escasos minutos, el colectivo se detuvo antes de cruzar Corrientes. Ya no quedaba más lugar para que subiera gente, pero esto es por la inexplicable ineptitud de la mayoría de las personas que en los colectivos súper bajos deciden que es mejor amontonarse en el medio antes de ir para atrás, perjudicando a todos los que quieren subir, que no pueden acomodarse. En una clase de la carrera de Comunicación, en el 2006, un profesor pretendió iluminarme sobre este asunto. Hablando de distintas prácticas sociales y costumbres, ejemplificó: “La gente no sabe viajar en los colectivos nuevos. Pero van a ver que en cuatro o cinco años ya no van a quedarse en el medio. Es Garfinkel puro”. Un lustro después, espero con fervor que su profecía se cumpla para poder decirle que el tiempo le dio la razón. A Marcelo Bielsa y a este profesor los separa un abismo.



Volviendo a aquella mañana, una mujer, desde la vereda y pugnando por subir, solicitó de una forma un poco abrupta al conductor del 15 que pidiera que la gente se corriese. El conductor le respondió “¿cierro la puerta y esperan otro?”. Pude ver perfectamente a esa mujer con cara de amargada gesticulando y pensé “viene uno de esos momentos que a los colectivos vacíos se les escapan”.



La señora estaba literalmente colgada de la puerta y, con gente detrás suyo esperando y con el 15 detenido, gritó: “Vamos, córranse que todos tenemos que viajar”. En ese momento no sabía que pronto alguien me regalaría las palabras que tantas veces estuve buscando en lugares equivocados. El silencio fue el clásico silencio de colectivo matutino, sólo roto por algún incauto que gritaba con su celular. No puedo describir ese silencio como bello, es un silencio apático pero que hoy recuerdo segundo a segundo y al evocarlo lo disfruto, todos mirando al frente tratando de entender lo que pasaba o esperando ver qué pasaría. La mujer insistió y gritó “viajamos todos o no viaja nadie, no me bajo y nos quedamos acá”, a lo que otra mujer, desde el primer asiento, levantándose un poco, en una posición intermedia entre estar parada y sentada, levantó su brazo derecho, que movió rápidamente mientras retrucó aún más fuerte e inexplicablemente con más furia: “flaca, no te vengas a hacer la revolucionaria a las ocho de la mañana”.



¿Qué significa hoy la palabra revolución? No lo sé, pero me lo pregunto. Igual lo que más me preocupa es qué pasó para que una frase como “flaca, no te vengas a hacer la revolucionaria a las ocho de la mañana” tenga sentido en vez de hacernos reír a carcajadas. Lo único que puedo hipotetizar es que hoy por hoy revolución no significa absolutamente nada, entonces qué sentido tiene hacer algo que no significa nada a las ocho de la mañana. Yo me reí solo, el colectivo no. La mujer subió, no tuvo que esperar otro, jamás pude comprender si hubo o no revolución según aquel punto de vista tan peculiar.



O no es así, me equivoco, no es así. En realidad lo que quiso decir en el colectivo, sacando el autor del quijote que hay en mí, al exclamar "flaca, no te vengas a hacer la revolucionaria a las ocho de la mañana", es que no hay que hacerse la revolucionaria sino que directamente hay que serlo, que no hay que pretender sino hacer. Y es precioso el detalle de las ocho de la mañana, quiso dar a entender que cuando empieza el día es cuando más posibilidades existen de pensar en un horizonte diferente. ¡Qué osadía! ¡Qué gesto estético tan digno de ser disfrutado!


20 dic 2011

Enroque


Solía sentarse en la arena y contemplar el mar durante horas, sin moverse,  buscando detalladamente el lugar exacto en el que el cielo y el agua se unifican en el horizonte. Yo lo veía mientras pensaba en cuántos poetas soñarían con ver esa imagen para escribir una pieza exquisita que les otorgue la inmortalidad.

La primera vez que lo vi me pareció una persona común y corriente, pero tras imaginar que quizás esos granos de arena ya esperaban su presencia, empecé a verlo de manera distinta, alguien con una labor desconocida pero impostergable, tal vez para todos tan imprescindible como ignorada. Meses después, supe que su nombre era Claudio y que era rengo, el poético bastón era una necesidad para él. Admito que eso me decepcionó brevemente. Había nacido en New York y nunca me dijo cómo llegó a esa lejana costa uruguaya.


Para bien o para mal, no me corresponde a mí evaluarlo, tardé en acercarme a él. Me gustaba describirlo en mis pensamientos como un hombre que se sabe superior pero juega a ser inferior. ¿Qué puede pensarse de alguien que todos los días contempla lo que él contemplaba? Simplemente tenía todas las características para ser catalogado como un espejismo, pero los espejismos definitivamente no pasaban tardes enteras hablando conmigo.


Llenó mi vida de reflexiones. Cada tarde estaba ahí, en esa misma posición, como aguardando mi arribo con una mezcla de resignación y alegría. Solíamos quedarnos charlando de nimiedades hasta que, por azar o por la determinación de él, llegábamos a conclusiones que yo creía que valía la pena que fuesen escritas.


Me comentó que toda su vida había sido un solitario. Me confesó que una sola cosa hizo que su vida valiera la pena y que por eso ya no temía a la muerte. No especificó a qué se refería y no me animé a preguntarle. Me dio un libro. Lo guardé en mi mochila creyendo que muy pronto Claudio me contaría de qué se trataba todo esto, imaginé que era su libro favorito. Lo puse en mi biblioteca sin siquiera mirar el nombre del libro y quién era su autor.


Al día siguiente, fui al lugar de encuentro, pero no volví a verlo más. Un día de ausencia puede ser una excepción, dos días son un hecho irrefutable. Desesperado, regresé a mi casa y leí el libro. Ahí él había escrito que desde hacia medio siglo se sentaba en la costa, frente al Atlántico, esperando que alguien apreciara su gesto poético, su heroica persistencia, su victoria o su derrota diaria, efímera, que comenzaba constantemente (por no ser injusto y decir que no culminaba nunca). En la última página escribió que se suicidaría cuando alguien entendiera su proeza cotidiana, su hazaña, su existencia. El libro se llamaba Posando para los ciegos, sordos y mudos. La dedicatoria estaba fechada catorce años atrás, pero era asombrosamente acertada: “Al que no fue ciego, sordo ni mudo. A mi verdugo”.