2 jul 2012

La insoportable brevedad del ser

"Ni leí nada de Kundera para comentar con vos"

Una sola palabra se puede apropiar de tu cuerpo. Te puede esclavizar o liberar. Te puede oprimir, hacerte sentir ínfimo o generar una sensación hermosa: sentir que tu cuerpo te queda chico, desbordar.

Una sola palabra, varias, una frase, una oración, un párrafo o una charla entera. No importa cuánto, para todo aplica. Depende quién dice esa palabra. Depende cómo se dice esa palabra. Depende de cuál sea la palabra que vos esperás, la que quizás buscás desde que naciste o a lo mejor esa que te encuentra cuando ni sabías que existía.

Quizás efectivamente la palabra no existe. El otro día alguien dijo “me siento bien en este ámbitat”. Ya estaba por disculparse, pero la paré a tiempo y le dije que esa mezcla de ámbito y hábitat describía a la perfección lo que yo sentía al estar en esa reunión con gente tan querida. Claramente no es una palabra anhelada, pero sirve a modo de ejemplo en este vacío intento de reflexión que pretende verbalizar lo que sólo se puede sentir y que ya por eso está condenado al fracaso.

La palabra equivocada dicha por alguien que está en lo cierto. La palabra verdadera dicha por alguien que no sabe que está en lo cierto, que cree que nunca lo estará. El equivocado creyéndose dueño de la palabra que dice y sin saber que la palabra en realidad es un error para el otro. El acertado que no dice por saberse equivocado o por temor a estarlo. Y la palabra que va y viene, puede ser la misma o no, pero siempre es parte de un deseo, incluso del deseo de no desear.

Todos tenemos algo prohibido en esta vida. Algo que desconocemos que tenemos prohibido. Para cada persona puede ser diferente. Y si supiéramos que lo tenemos prohibido y que será una batalla que siempre terminará en derrota, igual pelearíamos hasta que la derrota sea real y no meramente discursiva.

Esas prohibiciones no tienen origen ni fin, como la imagen que acompaña a estas palabras. O el principio y el fin se confunden, se mezclan, son casi lo mismo. Tengo graves problemas para llegar a los principios. Los finales son más fáciles, vienen solos, ya sean planificados o inesperados (lo que en otras palabras quiere decir que lo planificó alguien que no soy yo). Es más, me cuesta tanto llegar a los principios que lo primero que escribí fue el párrafo final, mientras trataba de encontrar ese principio y la multitud de principios que aún sigo buscando.

En esa demora entre mis principios y mis finales, o entre los principios y los finales no queridos, la envidia me invade. Yo quería escribir sólo tres párrafos. Hay que gente que puede ser breve. Sea con hechos, con miradas o con palabras.

También están los que encuentran, sin saber que lo encuentran, un placer oscuro y peligroso en pensar sobre todo y en no hacer nada. Un placer de autodestrucción lenta, cotidiana, imperceptible, gota a gota hasta ahogarse en un mar que luego aseguran que los sorprende, que no entienden cómo se formó.

Algunos dicen que somos las palabras que decimos, quizás esos sean los que pueden ser breves. Otros creen que somos las palabras que nos dicen, tal vez esos sean los otros que nombré. En cada palabra hay vida y muerte. Cada palabra nace y muere casi al instante, nace al decirse, muere al terminar de decirse, pero muere como tributo, muere como celebración de la palabra que está por nacer y entonces cada palabra es un renacimiento perpetuo y a la vez una muerte sin fin.

Creo que para los otros somos las palabras que decimos, pero en realidad nosotros no somos las palabras que nos dicen. Somos las palabras que no nos animamos a decir.

21 jun 2012

Es ahora

"Hoy voy a mentir si la verdad no alcanza"
El barco que esperaba
y el que no esperaba
llegaron al puerto
al mismo tiempo.

¿Qué hacer? ¿Soñar?
¿Qué hacer? ¿Creer?

Silencio, dolor,
risas secas,
espejismos eternos y
un universo sin color.

Nunca amé tanto el fuego,
Nunca tuve tan poco miedo.

6 jun 2012

Todo por tres pesos


Estaba en Palermo, en un clásico shopping. En un negocio quise ver algunas cosas. Tuve que esperar que saliera una pareja para que la puerta quedara liberada y entrar. Ella le contaba a él que estaba muy contenta con la mochila que había comprado.

Ya en el negocio, empecé a mirar algunas mochilas. Rechacé gentilmente a la vendedora que me ofrecía su ayuda.

A los pocos minutos entró la pareja que vi salir. Ella sacó una mochila rosa de la bolsa con la marca del negocio y dijo que la quería cambiar, que se había arrepentido y que quería llevarla en otro color. El vendedor le contestó que no había problema, que eligiera otra.

Ambos caminaron unos metros hacia donde 
yo estaba mirando mochilas. Rápidamente ella eligió una celeste y verde. Él le preguntó si iba a llevar la misma pero en celeste y verde. Ella le dijo que sí y le aclaró que no quería llevar los mandatos de género en la espalda. Mientras ella explicaba, él le pisó la punta del dedo gordo del pie. Era para que los dos pudieran usar la mochila.

Se acercaron a la caja y pusieron la mochila en el mostrador (no sé quién la apoyó), el vendedor pasó el código de barras de la etiqueta por el dispositivo y entonces todo empezó.

-Esta mochila cuesta tres pesos menos que la que estás devolviendo.
-Qué raro, si es el mismo modelo, sólo cambia el color.
-Sí, pero cuesta tres pesos menos.
-Bueno, perfecto, devolveme los tres pesos y nos vamos.
-No, no te puedo devolver los tres pesos.
-¿Cómo? – dijeron casi a coro y sorprendidos.
-No puedo, cuando hacés un cambio tenés que llevar algo del mismo valor o algo de mayor valor y pagar la diferencia. No podés cambiarlo por algo que cuesta menos.
-No tiene sentido eso.
-Sí tiene sentido, es nuestra política de cambios.
-Bueno, cancelá la compra, pasaron unos minutos, cancelá la compra y tomá esto como una compra nueva - dijo él, entendiendo perfectamente que la batalla era más simbólica que económica. En un momento me miró, yo no me reía ni hacía ningún gesto, pero él me sonrió.
-No puedo cancelar la compra, esto es un cambio y no una cancelación.

A él se le borró la sonrisa con esa respuesta y estaba por contestar algo que hubiera sido muy lindo de escuchar, puso cara de lanzar uno de esos insultos elaborados y antológicos pero ella se apuró y dijo:
-Bueno, quédense con los tres pesos y listo.
Dieron unos pasos hacia la puerta, pero el vendedor levantó la voz:
-No se pueden ir, no los puedo dejar ir porque es como si les estuviera robando la plata.
-Pero si compramos otra cosa también nos vas a estar robando plata y eso no te da culpa. Nos vamos igual.
-No van a poder, no le saqué la alarma a la mochila.

Ellos se acercaron al mostrador. Tenían una mirada incrédula, imaginé que debían sentirse en un cuento de Kafka y que probablemente estarían pensando en que nunca iban a poder irse de ese negocio. Bueno, quizás exageré, pero era una mirada extraña.
Discutieron mucho sobre si podían o no irse del negocio, sobre la libertad, sobre llamar a la policía, lo más gracioso fue ver que el vendedor sentía que la pareja estaba siendo muy injusta con sus planteos y les pidió que no le falten el respeto.

Él fue el primero en hablar:
-¿Vos me estás jodiendo?
-No, son así nuestras políticas.
-A mí qué carajo me importan tus políticas, devolvenos los tres pesos.
-Sí, no vamos a comprar nada más.
-Van a tener que comprar algo o sino van a tener que irse con la mochila rosa.

Quizás dos minutos antes la alternativa de la mochila rosa no sonaba tan trillada, pero a esa altura era como abandonar una batalla en el medio y eso deja siempre un vacío imposible de llenar, esa sensación de no saber si se iba a ganar o si se iba a perder porque la rendición fue prematura.

Se decidieron a mirar un rato y yo, mientras seguía viendo las mochilas, los relojeaba. No sé por qué, no me interesaba tanto, había una mezcla de todo en la situación: había comedia, había morbo, había terquedad, había deseos, hilando fino estaba la cara del pueblo contra la cara de una corporación, dos realidades conviviendo tan alejadas pero a la vez tan encontradas como uno con esas palabras que todavía no fueron inventadas pero que usamos igual.

Ella eligó un par de medias y cuando fue a la caja el vendedor le indicó que costaban 34 pesos, por lo que tenía que pagar 31 pesos. Él estaba al borde de la indignación. Ella mostraba una mezcla de incredulidad y desesperanza. El vendedor se lucía impoluto, frío, casi orgulloso.

Él preguntó qué era lo más barato que podían comprar en el negocio. El vendedor pensó un momento y les dijo que los silbatos costaban seis pesos, pero aclaró:
-Son de plástico, la calidad no es muy buena.

La pareja se miró y se rió. No le contestaron y le dieron tres pesos más al vendedor, que validó los códigos del silbato y la mochila de dos colores, y se fueron del negocio. 
Yo también me fui, necesitaba pensar bien de qué color quería la mochila y en esta nueva derrota cotidiana del sentido común.



21 may 2012

¿Qué fue de la vida de Dee y del mundo que compartimos? Parte I




Dee estaba muy contenta de conocerme. Era morocha, creo que de ojos claros, tenía una buena sonrisa (no era una linda sonrisa) e iba al colegio vestida como imagino que yo hubiera ido vestido a un colegio privado. Su segundo nombre era Louise. Había cumplido trece años en 1996 y vivía a orillas de un río en un pequeño pueblo llamado Ynysybwl, en Gales. Era un lugar pequeño pero con gente muy amigable y hermosos paisajes.

Donde ella vivía, convivía con lo que podría llamarse vida salvaje, ya que las astutas ardillas, los tiernos conejos, los fieles caballos y los engañosos patos estaban por todas partes. Su familia amaba a los revolucionarios gatos y por eso tenían tres. Su hermana tenía dos conejos y una cantidad de peces tropicales mayor a treinta y menor a cuarenta. ¡Qué bien que explicaba los motivos por los cuales no sabían el número total! Intentar reproducir la explicación sería sacarle la magia que tiene en mi cabeza porque nunca podría igualarla, así que prefiero omitirla. A veces es mejor guardarse los recuerdos.

Dee iba a la escuela en Pontypridd y le gustaba mucho jugar al fútbol y nadar. También disfrutaba de la lectura y su pasión eran los libros de misterio. A ella le gustaba salir a bailar con sus amigos.

Ella es el recuerdo de un mundo que ya no existe. En mi corazón representa un lugar perdido que la próxima generación no podrá encontrar y la que le sigue pensará que fue un invento y que ni vale la pena buscarlo.

Dee era la amiga por correspondencia que me habían asignado en un curso de inglés cuando tenía 12 años, era mi “penfriend”. Yo estaba empezando el secundario, tenía un indescriptible fervor por Independiente, todavía no sabía qué era Black Sabbath, tenía muchos sueños que ni siquiera había soñado y ya había tirado a la basura mis primeros cuentos (no sé si enorgullecerme por eso o avergonzarme por los que algunos años después no me animé a desechar).

Cambiamos varias cartas y hace pocos días, de casualidad, me encontré con una que había guardado. Puedo apostar a que ella no tiene mis cartas. Había olvidado que Dee existía, había olvidado esos relojes que no marcaban las horas, había olvidado la posibilidad de escribir una carta y la libertad que se sentía, que de todas maneras es muy inferior a la que se siente al escribir en el Word o en un mail (desconfíen de las personas que escriben y explícitamente denostan al mail).

La fascinación, lo inconcebible, lo impensable: gracias a un instituto de inglés y a unas semanas de espera, podía contactarme con alguien de otro mundo. Porque Gales era otro mundo. En mi mente era té en la Patagonia, bronca con Inglaterra, el fantástico Ryan Giggs y una letra de más en el apellido del personaje principal de El Mago de Oz. 
Gales para mí era lo mismo que Colonia Vela, eran laberintos infinitos que podían recorrerse sin siquiera advertir que eran laberintos. Hoy al correo van los que renuncian, los que tienen que mandar encomiendas, hacer trámites precarios y las personas que no envidio.

Tengo un amigo al que no sé definir si como genio o como loco. Es un lugar común así que no me extiendo. Es amante de las discusiones y cada vez que se arma algún debate que parece existencial, pero que en realidad es completamente estúpido, recuerda un episodio de Seinfeld donde uno de los protagonistas compra un auto porque perteneció al actor Jon Voight, para tener siempre a mano una historia interesante para contar, y luego discuten si el nombre era John o Jon sin h. A mi  amigo le gusta pensar en cómo era esa época y en cómo hoy eso se resuelve en dos segundos.

Quince años después, Dee sigue sonriendo desde la foto que me mandó. Pero la sonrisa de felicidad parece haber mutado. Ahora casi que sonríe como La Mona Lisa. No alcanzo a vislumbrar si me sonríe nostálgicamente al pensar en el mundo sin distancia ni tiempo que hoy compartimos desencontrados y compararlo con el mundo de poéticas lejanías indescriptibles que supimos disfrutar. O tal vez sea una mueca que desborda ironía al verme escribir estas palabras y pensar que somos los mismos de siempre pero con nuevas tecnologías.

 ¿Seguirá viviendo en Ynysybwl? ¿Habrá estudiado? ¿Será oficinista, rockera y drogadicta? ¿Será una aburrida empleada pública que mira la vida pasar? ¿Está en camino a cumplir sus sueños o habrá olvidado sus sueños por el camino? No consigo descifrarla, reinterpreto sus cartas pero no puedo saber qué fue de la vida de Dee y de aquel mundo que hoy parece tan lejano. 

Necesito saberlo, así que voy a buscar la manera de encontrarla. Pensando en el mundo en que vivimos, no es muy difícil imaginar cómo lo voy a hacer. ¿Pero cómo me presento? ¿Qué le digo? ¿Tengo que presentarme y definirme en dos renglones para que a ella realmente le interese mi propuesta? ¿O la sorpresa de un habitante de un mundo que ya no existe y que disfruta del mundo actual será suficiente? ¿Le miento y le digo que me acordé de ella por el personaje de una serie que acontece en Philadelphia? ¿Le digo que siempre la recordé? Quiero contactarme con ella para entender. Esta historia no termina acá, pero por el momento no sé cómo sigue.


7 may 2012

Anhelo de espejismos




Iba todos los días por ahí. Él la esperaba, pero le hacía creer que era un encuentro azaroso y la acompañaba en su camino, unas breves cuadras hasta llegar a su trabajo. Al principio los encuentros duraban poco, se le acercaba y luego se alejaba. Iba tratando de conocerla gradualmente, al comienzo la seguía desde lejos y se aproximaba por segundos. Después la distancia se fue acortando y la espera a ella no le parecía tan espontánea, aunque seguía aceptando su compañía furtiva sin dar vuelta la cabeza (aunque sentía su presencia).
Ella subía al tren San Martín en Sol y Verde. No le importaba si sentaba o no. Era de esas mujeres que podrían viajar en el estribo pero decidían no hacerlo. Era de esas personas que miraban a los ojos a los vendedores ambulantes y no podía comprarles nada aunque quisiera. Era de esas que movían levemente la cabeza al son de la música de un celular ajeno y de las que no se alarmaban con un estruendoso y casi dulce estallido de vidrio en las vías.
Lo único que él sabía con certeza de ese viaje, que para él no tenía comienzo, era el destino: la estación de tren de Chacarita, en el barrio que más conocía, el lugar que lo había visto nacer y crecer en sus calles acogedoras, donde siempre encontraba una mano amiga circunstancial para poder subsistir. Lo único seguro en su vida era que alguien iba a aparecer, nunca se sabía quién, cómo, cuándo ni dónde. Tal vez por eso cuando empezó a ver que ella tenía una rutina que se cruzaba con su camino empezó a pensar que quizás había algo más para él, algo desconocido, inquietante y al mismo tiempo anhelado que tendría que tratar de descubrir.
Él de chico supo lo que era el amor, pero luego la vida le presentó a las tragedias y a la soledad compartida. Con el tiempo fue curándose u olvidando, que son casi sinónimos. Él no recuerda las primeras veces que la vio. Para él, el primer día que la vio fue cuando notó que la veía pasar siempre y sintió todo el aire rodear su cuerpo. La miró pasar y se calmó, sin entusiasmo, podía ser una confusión, era mejor esperar para ver si efectivamente ella pasaba por ahí y no era un desvío casual o una trampa de su mente. Cuando pasó al día siguiente, él no se atrevió a mirarla fijo y paseó su mirada por ella como si de mirar al sol se tratara. 
Pasaron varias semanas hasta que se animó a seguirla. Fue clave una sonrisa que ella le regaló. Sin importar cómo estuviera el día, él la esperaba. No tengo la capacidad de poder describir la alegría que él sentía al verla, quizás le daba la seguridad que nunca había tenido, a lo mejor le hacía pensar en otras vidas posibles, tal vez simplemente le daba una anécdota para contarle a sus compañeros en la plaza.
La seguía de cerca y empezaron a intercambiar miradas y ella cuando estaba de buen humor le hablaba con ternura, le hacía preguntas. No todo era tan lindo para él, también ella solía estar apurada y algunas mañanas le gritaba o lo ignoraba completamente. Él se preocupaba porque ella lo conociera de a poco, para ver si podía lograr una mejor vida en su compañía.
Un día todo cambió, pero cambió de la peor forma, como cuando se anuncia primero que algo cambió y luego se explica el cambio. Mutuamente se habían ganado cierto merecido cariño, pero una mañana ella y él se equivocaron por no saber entenderse. Ella llegó más tarde, mucho más tarde. Él estaba esperando, bajo la lluvia, la misma atención de todos los días. Ella casi que corrió al trabajo, él la corrió detrás y le bloqueaba el paso juguetonamente. Una barrera se cruzó, un límite de los que no se vuelven. Todavía lo recuerdo con dolor, lo recuerdo como si nunca hubiera pasado, como si en realidad mi imaginación hubiera completado el vacío. Se le hacía tarde para el trabajo, entonces ella lo agredió y él emitió un sonido que mezclaba incredulidad y queja. Él la dejó seguir y ella se fue al trabajo sin mirar atrás, insultándolo.
El fin de semana ella tuvo que trabajar y no lo vio en la estación, pero no le sorprendió. Él ya había entendido la frecuencia de su recorrido, su rutina nada secreta pero que a él le costó descifrar mucho, incluso pasó varios fines de semana esperando en vano hasta aprender un poco lo que es el tiempo (sabía desde siempre lo que era el espacio).
Llegó el lunes y ella había pensado en él, esperaba verlo y que con una mirada todo fuera como al comienzo, sin la necesidad de que haya un pedido de disculpas de por medio. Cuánta culpa sentía, hasta se la veía caminar con remordimiento y podría decirse que casi arrepentida de no haberse arrepentido aquel día y en ese preciso instante.
Ella trató de seguir con su rutina. Sin embargo, algo le faltaba a su vida. Empezó a pensar cada vez más en esos momentos furtivos compartidos. Los recuerdos no le servían, no le alcanzaban. Nunca sirven los recuerdos cuando los errores son frescos y se podrían haber resuelto con simpleza. Es el paso del tiempo y la inmovilidad lo que los complejiza.
Tenía la costumbre de llegar apenas tarde a todos lados, así que no podía dedicarle tiempo a buscarlo en sus apuradas mañanas. Pero al ser golpeada por su ausencia, después de cada día de trabajo recorría Chacarita buscándolo, aunque sin saber qué le diría si lo llegaba a encontrar. Confiaba en que en el esperado momento la espontaneidad le jugara a su favor.
Hacía mucho que no se sentía tan frustrada. Hasta parecía una frustración exagerada por momentos, a veces hasta daba un poco de gracia ver cómo la quería esconder y no podía porque miraba, miraba y miraba intentando encontrar lo que ya había perdido. Es muy triste perder algo sin saber que uno lo ha perdido, que ya no es y nunca volverá a ser, como cada momento diario que se nos escapa de las manos sin siquiera pensarlo. Es que si lo pensáramos sería más difícil todo.
Entre que bajaba del tren y llegaba a su trabajo no existía nada más. No había trenes, andenes ni terraplenes. No había personas, no había autos, no había miradas, no había bocinas, no había cemento, no había empedrado. Sólo había una búsqueda. Él sabía su camino, si no había vuelto era una elección, pensaba para convencerse a sí misma de olvidarlo, pero era en vano. Ahora le pediría perdón de rodillas, le diría que quisiera volver el tiempo atrás, no haber hecho nunca lo que hizo, quería invitarlo a Sol y Verde a vivir con ella.
Al principio la angustia la molestaba, le estorbaba. Luego la inundaba. Finalmente la ahogaba. Empezó a llegar tarde al trabajo para tener más tiempo durante el día para buscarlo. Parecía una historia de cuentos olvidables en los que suele pasar lo que todos creen que va a pasar: en el momento de mayor tristeza y arrepentimiento aparece la luz al final del túnel, junto con algunas frases hechas que terminan la historia.
Ella lo encontró. En uno de sus recorridos matutinos, ignorando los llamados de atención de su jefe (y los llamados al celular), lo encontró. Estaba en un parque muy cerca del cementerio de Chacarita. Ella se quedó contemplándolo y él todavía no la había visto. Ella pensó en qué decir y se dio cuenta que lo mejor era no decir nada y correr hacia él. Él se dio vuelta al escuchar el golpe de las zapatillas de ella en el cemento. Cuando ella estaba por abrazarlo, él la mordió.


16 abr 2012

Oda al Refresco




“Ser solemne es ser solemne. No es parecerlo. Tal vez uno de los dos grandes males de la modernidad haya sido confundir el ser y el parecer. El otro mal son las citas textuales".

Este es un agradecimiento a vos, 
que escondés los mayores secretos
de la vida y del mundo desconocido,
que hacés de mi boca un fuego
o un humilde témpano de hielo
adivinando qué necesito yo.

Este es un poema a vos,
que nos mostrás el universo cuando
te separan con una tibia caricia de tus pares,
que me pusiste a gente que lo comprende,
para que así yo entendiera todo tu valor,
y también la alegría de efímeramente existir.

Este es un homenaje a vos,
que me enseñaste que la unión prevalece,
que cada adversidad se puede superar,
que en tu sabor mágico la verdad se refugia,
preparada a develarse a quienes te reciben,
y sin rencor frente a los que te ignoran.

Este es un tributo a vos, Refresco,
que me traés el sabor de la vida, 
que me hacés olvidar cualquier tristeza,
y sacar fuerzas para resistir los golpes bajos.
Ya no podés engañar a nadie, Refresco, 
sabemos que sos la definición de felicidad.

Gracias Refresco por mostrarme lo puro
que aún queda en esta tierra condenada,
por hacerme ver que aún sirve conmoverse,
que todavía se pueden lavar las almas.
No resisto, quiero abrir otro rojo paquete, 
y festejar con un brindis simbólico este amor.

Hacés que la maldad parezca un espejismo,
sos la evidencia de que el horror y la injusticia
son nubes pasajeras que el arcoiris hará artísticas.
Y así me voy quedando sin palabras, sin aliento
¿Qué más puedo decirte, amigo mío? Creo que nada,
si cotidianamente tu envidiable destino se cumple.

(para Pitta, Joaco y Bari)

1 abr 2012

Convicciones negociadas




Era mayo del año 2006 y por ese entonces había una persona que tenía muchos sueños, de los cuales hasta ahora varios se cumplieron, muchos siguen vigentes, otros quedaron en el camino y otros jamás deberían haber aparecido. 
El protagonista de esta historia trabajaba en una de las empresas más olvidables del mundo, la cual tenía un régimen de vigilancia que si Foucault lo hubiera conocido hubiese tenido que agregar diez capítulos más a Vigilar y castigar.
En abril había comenzado en ese trabajo y en mayo recibió un mail de un editor de una importante editorial, una de las más importantes del país, que le comentaba que una profesora suya le había dado su nombre para contactarlo y tener una entrevista por una posibilidad laboral. 
Teniendo en cuenta el confuso presente laboral que atravesaba, con la irrisoria cifra de quince minutos para almorzar y una más irrisoria cifra salarial, no dudó en llamar al número que el editor le había brindado para coordinar un encuentro. La entrevista se concretó días después.
Sin ser maleducado pero sin preocuparse por las formas, el editor lo hizo sentarse en un escritorio y le contó brevemente cuál era el proyecto editorial que estaba pensando y cuáles eran las posibilidades.
La cara de él lo escondía todo. Mientras con elogios breves e interjecciones conseguía entender mejor el proyecto y obtener más información, por otra parte pensaba en si le convenía aceptar y a la vez desconfiaba un poco de la propuesta, que no dejaba de tener su atractivo.
El editor explicó que el proyecto que se estaba planificando era publicar una revista con un contrato de lectura algo extraño, diferente. Quien la comprase creería que en sus manos tenía una revista únicamente compuesta por cartas de lectores que relataban hechos que les habían pasado en sus vidas. El editor entregó una hoja donde se enumeraban las consignas, por llamarlo de alguna forma, desde la extensión hasta la conjugación verbal, pasando por la manera de interpelar al lector y una descripción breve del vocabulario a utilizar.
La música sonaba permanentemente y era muy variada. El editor sintió que tenía que excusarse por la música que se escuchaba y dijo que era un espacio abierto y que habían acordado que cada empleado podía elegir un par de canciones y armaban así una lista de música para todo el día.
Poco le interesaba eso a quien estaba sentado enfrente, que trataba de entender mejor el proyecto porque había algo que no le cerraba, tanto desde lo ético como desde lo literario. Luego de reconocer Black Dog de Led Zeppelin, sonó una canción que el potencial colaborador de la editorial no reconoció y que el editor denostó. La canción decía “se te van a acabar los berretines de verduga”, frase que no interpretó pero que le quedó grabada en la mente. 
En ese momento no entendió que ahí se le estaba escapando algo, pero años después comprendió la genialidad de esa combinación de palabras y se dio cuenta de que hay caprichos que algunas personas consideran dignos de los verdugos que siempre tienen la última palabra (y por eso nunca abandonan sus caprichos). Entendió que algunos los abandonan al pensar que son caprichos de ese estilo y en ese camino dejan de lado los caprichos irrenunciables. Pero en ese momento, vergonzosamente, no retrucó y simplemente se calló ante la crítica clasista que realizó el editor, que comentó que era música de negros.
Las dudas que había en el potencial colaborador se esfumaron cuando el editor pasó a hablar del pago. Le dijo: “vamos a pagar a todos los colaboradores 350 pesos por relato, sea aceptado para publicar o no”. Si en ese momento él trabajaba por 540 pesos mensuales, con un potencial de llegar a 640 si no faltaba nunca y no llegaba nunca tarde (cabe destacar que pedir un día por examen era insólitamente equivalente a faltar), eso quería decir que tal vez en un día de escritura podía conseguir lo que le pagaban por más de dos semanas de trabajo. La balanza se inclinó fácilmente y aceptó la oferta.
Para compartir la alegría, se contactó con una amiga para contarle y ella, con una efímera telefónica sonrisa que hubiera hecho que satanás se cambiase de bando, le comentó que también había tenido la entrevista y que estaba tratando de escribir algo.
Pasó una semana pensando en qué escribir y notó que esas consignas iban en contra de lo que a él le gustaba escribir y también en contra de lo que le parecía que debía ser escrito, que parecen cosas diferentes pero no lo son tanto. Es complejo tratar de describir la frustración que se fue apoderando de su cabeza en esa semana, por no mencionar la vergüenza que se fue apoderando de sus dedos al empezar a escribir la idea con la que se había casado. El objetivo ya era claro, con esas consignas era imposible escribir algo digno, había que adaptarse, escribir lo que se pudiera y luego cobrar, se decía.
En un día sintió todas las sensaciones. En un día hizo el relato y lo corrigió. Era un relato de amor y liberación completamente edulcorado, lleno de diálogos, vacío de contenido, sin descripciones, pura acción y sin hermosas, elocuentes, anhelables y dignificantes pausas. Doce páginas de mierda que le valdrían ser publicado por primera vez y que le generarían un ingreso de 350 pesos, objetivos en ese contexto nada deleznables que hicieron que pasara al olvido la dudosa calidad del relato.
Unas semanas después, tras entregar el relato y recibir la aprobación del editor, le confirmaron que sería publicado pero aún no podían decirle si aparecería en el primer número o en el segundo.
Con la aprobación del primer relato, le llegó la invitación para escribir el segundo. Entre que había apretado enviar y había recibido la respuesta, las dudas lo asaltaron violentamente. No sabía si se había equivocado. O quizás sí lo sabía pero imaginaba que no, que lo suponía. Confió ingenua y ciegamente en que se mantuviera ese olvido casi programado sobre la calidad del relato porque todavía no entendía los laberintos de la memoria y no sabía que lo que uno pretende olvidar siempre encuentra la salida y, paradójicamente, lo inolvidable, a menos que sea muy poderoso, suele perderse.
Los mails de alegría intercambiados con su amiga por participar del proyecto y por tener la posibilidad de escribir un relato fueron mutando rápidamente hasta compartir la indignación por el pago pendiente. La odisea que resultó cobrar esos 350 pesos fue el castigo merecido por haber congelado lo que realmente él quería hacer.
Fueron  meses y meses de idas y vueltas y las excusas se volvieron cada vez más elaboradas (y por ende creíbles) vía mail y telefónicamente: “te pido que tengas un poquito de paciencia, todavía no me dejan pasar factura porque el proyecto no salió”, “la publicación se demoró unos meses y por eso no puedo pasar factura”, “dejá la factura en recepción”, “es muy raro, la factura no me llegó”, “ahora me llegó así que quedate tranquilo que vas a cobrar pero todavía no puedo pasarla”, “pasó tanto tiempo que la factura está vencida y necesito que hagas otra”, “la revista tendrá papel importado y el papel está retenido en la aduana y hasta que no salga no se pueden pagar los relatos”.
Finalmente, su insistencia dio frutos y, después de varios llamados telefónicos y visitas a la editorial, pudo cobrar. El problema es que para esa altura sentía que algo andaba muy mal. Pasarían años hasta que él entendiera que había sido un mercenario de la literatura.
Las dudas pudieron más y se negó a escribir un segundo relato luego de cobrar el primero (eso no significa que su negativa constituyera su reserva moral y reemplazase su error). Su amiga escribió el segundo relato y nunca lo cobró. Jamás se supo si la revista se publicó o no por las incesantes postergaciones que enumeraba el editor, pero él nunca olvidará ese fatídico mayo de 2006 de convicciones negociadas.
Ahora abrió un blog con un contrato de lectura en blanco. Quiere saldar una deuda consigo mismo, pero en algún momento perdió el rumbo y el rastro y no sabe quién tiene el pagaré que firmó.