El elegido por las zanoharias era algo soberbio,
disfrutaba demasiado del sonido de su voz, pero su capacidad de oratoria
asombraba. El embajador de los tomates no paraba de quejarse del lugar que les
habían asignado, eran los que más cerca estaban de la ruta y una vez por semana
tenían que lamentar una pérdida por un robo furtivo. El capo de las lechugas se
destacaba por su simpleza y por hablar poco, aunque siempre diciendo palabras
que dejaban a todos pensando, se valoraba su punto de vista. Con un aire
altanero, sabiendo que cualquier cosa que dijera sería aplaudida, el
representante de las rúculas repetía frases hechas que había aprendido sin
entenderlas.
Difícil resulta describir la situación que había
provocado la revelación y la idea de rebelión. El responsable era el granjero,
él tenía la culpa de todos los males que los azotaban, de pasar frío, calor,
hambre y sed, de morir en el camino y que a nadie fuera de la huerta le
interese.
El representante de las radichetas iba y volvía
constantemente para comentarle a sus pares lo que se estaba hablando, pero cada
vez que regresaba a la reunión tenía una opinión diferente. La espinaca se
había autoproclamado representante y ostentaba un poder que sus escasos pares
no le daban, así que no conviene extenderse en lo que alegaba en el recién
nacido comité. Nabos, cebollas, perejiles y puerros eran aún menos que las
espinacas, así que se encolumnaron todas detrás de un nabo, aunque por momentos
se separaban y luego volvían a unirse para nuevamente separarse.
Al principio todas las verduras estaban felices con la
vida que llevaban. Cuando llegó la primera cosecha, ese sentimiento
desapareció. No entendían, creían
que era una confusión. Los pocos sobrevivientes llegaron a relatar a los recién
llegados lo que había sucedido. Los recién llegados mucho no creyeron, pero
ante las alarmantes advertencias no pudieron olvidar lo que les
relataban.
Al llegar la segunda cosecha, comprendieron que no eran
mitos y trataron de trasladar con mayor furia a los recién llegados el
panorama. El granjero encontró muchas verduras lejos de la huerta y así y todo
se quedó con la sensación de que algunas le faltaban. Además, encontró juntas
distintas verduras casi destrozadas, como si hubieran estado peleando pese a lo
separadas que estaban cuando las plantó.
La tercera cosecha fue un fracaso y casi ninguna verdura
llegó a sufrirla a causa de la repentina calamidad generada por las
inundaciones. Las ínfimas sobrevivientes se preguntaban qué era mejor y no
podían decidirse.
El granjero, casi en crisis, decidió apostar a todo o
nada en una última cosecha y fue un renacer para él y para las verduras. El
ciclo se repitió con las sensaciones de las tres cosechas. No hubo sequía y el
clima de guerra y celos siempre existente entre las verduras fue dejando lugar
a la preocupación colectiva.
Los debates se volvieron violentos. Los enojos iban
aumentando ante la falta de decisiones y se dividieron en dos bandos: los
tomatistas y los ruculistas. Entre ambos bandos se odiaban, pero tenían que
llegar a un acuerdo.
No sabían cuándo vendría el golpe, cuándo sería la hora
de la guadaña. Decidieron que era el momento de atacar al granjero e hicieron
un plan en conjunto. Cuando fue el momento de llevarlo a cabo, los ruculistas
se quedaron quietos y los tomatistas dieron un paso en falso: solos no podían y
habían quedado en evidencia ante el granjero.
Cómo odiaba el líder de los tomatistas al granjero. Daba
discursos de rebelión irreproducibles y admirables. Encontraba a la perfección
los motivos para odiarlo y lo transmitía aún más precisamente. Era algo
visceralmente hermoso.
Del otro lado, el líder de los ruculistas empezó a
dejarse ver cerca del granjero y a demostrar sus verdaderas convicciones.
Prácticamente eran aliados. Ahora tomatistas y ruculistas tenían un modelo
diferente de huerta y los enfrentamientos empezaron a hacerse frecuentes como
en los viejos tiempos. La diferencia es que ahora los ruculistas tenían la
venia del granjero.
Los ruculistas hacían lo que querían y disfrutaban de su
poder, pero el líder de los tomatistas seguía siendo para ellos un gusano en la
manzana. Fue así que lo convencieron para que abandonara aquel lugar y fuera a
ver la situación en otras huertas. Antes de irse en un camión, el líder le dijo
a los dos tomates en los que más confiaba que tenía un mal presentimiento sobre
el viaje. Uno de ellos decidió ir con él.
Camino a una huerta lejana, en el camión comenzaron a
sentir un leve rocío y vieron que era amarillento. El líder de los tomatistas
se sintió muy mal y le pidió al resto que se bajara del camión, que él ya no
podía continuar. Mientras saltaban del camión, el líder de los tomatistas, que
en unos segundos lo había entendido todo, gritó: “que viva la huerta aunque yo
perezca”.

Rebelión en la huerta.
ResponderEliminarTodo mal con los ruculistas, yo lo combato comiéndolos en la ensalada.
La venganza es un plato que se come frío...
Buena visión y buena acción de combate.
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