Era mayo del año 2006
y por ese entonces había una persona que tenía muchos sueños, de los cuales
hasta ahora varios se cumplieron, muchos siguen vigentes, otros quedaron en el
camino y otros jamás deberían haber aparecido.
El protagonista de
esta historia trabajaba en una de las empresas más olvidables del mundo, la
cual tenía un régimen de vigilancia que si Foucault lo hubiera conocido hubiese
tenido que agregar diez capítulos más a Vigilar y castigar.
En
abril había comenzado en ese trabajo y en mayo recibió un mail de un editor de
una importante editorial, una de las más importantes del país, que le comentaba
que una profesora suya le había dado su nombre para contactarlo y tener una
entrevista por una posibilidad laboral.
Teniendo
en cuenta el confuso presente laboral que atravesaba, con la irrisoria cifra de
quince minutos para almorzar y una más irrisoria cifra salarial, no dudó en
llamar al número que el editor le había brindado para coordinar un encuentro.
La entrevista se concretó días después.
Sin
ser maleducado pero sin preocuparse por las formas, el editor lo hizo sentarse
en un escritorio y le contó brevemente cuál era el proyecto editorial que
estaba pensando y cuáles eran las posibilidades.
La
cara de él lo escondía todo. Mientras con elogios breves e interjecciones
conseguía entender mejor el proyecto y obtener más información, por otra parte
pensaba en si le convenía aceptar y a la vez desconfiaba un poco de la
propuesta, que no dejaba de tener su atractivo.
El
editor explicó que el proyecto que se estaba planificando era publicar una
revista con un contrato de lectura algo extraño, diferente. Quien la comprase
creería que en sus manos tenía una revista únicamente compuesta por cartas de
lectores que relataban hechos que les habían pasado en sus vidas. El editor
entregó una hoja donde se enumeraban las consignas, por llamarlo de alguna
forma, desde la extensión hasta la conjugación verbal, pasando por la manera de
interpelar al lector y una descripción breve del vocabulario a utilizar.
La
música sonaba permanentemente y era muy variada. El editor sintió que tenía que
excusarse por la música que se escuchaba y dijo que era un espacio abierto y
que habían acordado que cada empleado podía elegir un par de canciones y
armaban así una lista de música para todo el día.
Poco
le interesaba eso a quien estaba sentado enfrente, que trataba de entender
mejor el proyecto porque había algo que no le cerraba, tanto desde lo ético
como desde lo literario. Luego de reconocer Black Dog de Led Zeppelin, sonó una
canción que el potencial colaborador de la editorial no reconoció y que el
editor denostó. La canción decía “se te van a acabar los berretines de
verduga”, frase que no interpretó pero que le quedó grabada en la mente.
En
ese momento no entendió que ahí se le estaba escapando algo, pero años después
comprendió la genialidad de esa combinación de palabras y se dio cuenta de que
hay caprichos que algunas personas consideran dignos de los verdugos que
siempre tienen la última palabra (y por eso nunca abandonan sus caprichos).
Entendió que algunos los abandonan al pensar que son caprichos de ese estilo y
en ese camino dejan de lado los caprichos irrenunciables. Pero en ese momento,
vergonzosamente, no retrucó y simplemente se calló ante la crítica clasista que
realizó el editor, que comentó que era música de negros.
Las
dudas que había en el potencial colaborador se esfumaron cuando el editor pasó
a hablar del pago. Le dijo: “vamos a pagar a todos los colaboradores 350 pesos
por relato, sea aceptado para publicar o no”. Si en ese momento él trabajaba
por 540 pesos mensuales, con un potencial de llegar a 640 si no faltaba nunca y
no llegaba nunca tarde (cabe destacar que pedir un día por examen era
insólitamente equivalente a faltar), eso quería decir que tal vez en un día de
escritura podía conseguir lo que le pagaban por más de dos semanas de trabajo.
La balanza se inclinó fácilmente y aceptó la oferta.
Para
compartir la alegría, se contactó con una amiga para contarle y ella, con una
efímera telefónica sonrisa que hubiera hecho que satanás se cambiase de bando,
le comentó que también había tenido la entrevista y que estaba tratando de
escribir algo.
Pasó
una semana pensando en qué escribir y notó que esas consignas iban en contra de
lo que a él le gustaba escribir y también en contra de lo que le parecía que
debía ser escrito, que parecen cosas diferentes pero no lo son tanto. Es
complejo tratar de describir la frustración que se fue apoderando de su cabeza
en esa semana, por no mencionar la vergüenza que se fue apoderando de sus dedos
al empezar a escribir la idea con la que se había casado. El objetivo ya era
claro, con esas consignas era imposible escribir algo digno, había que adaptarse,
escribir lo que se pudiera y luego cobrar, se decía.
En
un día sintió todas las sensaciones. En un día hizo el relato y lo corrigió.
Era un relato de amor y liberación completamente edulcorado, lleno de diálogos,
vacío de contenido, sin descripciones, pura acción y sin hermosas, elocuentes,
anhelables y dignificantes pausas. Doce páginas de mierda que le valdrían ser
publicado por primera vez y que le generarían un ingreso de 350 pesos,
objetivos en ese contexto nada deleznables que hicieron que pasara al olvido la
dudosa calidad del relato.
Unas
semanas después, tras entregar el relato y recibir la aprobación del editor, le
confirmaron que sería publicado pero aún no podían decirle si aparecería en el
primer número o en el segundo.
Con
la aprobación del primer relato, le llegó la invitación para escribir el segundo.
Entre que había apretado enviar y había recibido la respuesta, las dudas lo
asaltaron violentamente. No sabía si se había equivocado. O quizás sí lo sabía
pero imaginaba que no, que lo suponía. Confió ingenua y ciegamente en que se
mantuviera ese olvido casi programado sobre la calidad del relato porque
todavía no entendía los laberintos de la memoria y no sabía que lo que uno
pretende olvidar siempre encuentra la salida y, paradójicamente, lo
inolvidable, a menos que sea muy poderoso, suele perderse.
Los
mails de alegría intercambiados con su amiga por participar del proyecto y por
tener la posibilidad de escribir un relato fueron mutando rápidamente hasta
compartir la indignación por el pago pendiente. La odisea que resultó cobrar
esos 350 pesos fue el castigo merecido por haber congelado lo que realmente él
quería hacer.
Fueron
meses y meses de idas y vueltas y las excusas se volvieron cada vez más
elaboradas (y por ende creíbles) vía mail y telefónicamente: “te pido que
tengas un poquito de paciencia, todavía no me dejan pasar factura porque el
proyecto no salió”, “la publicación se demoró unos meses y por eso no puedo
pasar factura”, “dejá la factura en recepción”, “es muy raro, la factura no me
llegó”, “ahora me llegó así que quedate tranquilo que vas a cobrar pero todavía
no puedo pasarla”, “pasó tanto tiempo que la factura está vencida y necesito
que hagas otra”, “la revista tendrá papel importado y el papel está retenido en
la aduana y hasta que no salga no se pueden pagar los relatos”.
Finalmente,
su insistencia dio frutos y, después de varios llamados telefónicos y visitas a
la editorial, pudo cobrar. El problema es que para esa altura sentía que algo
andaba muy mal. Pasarían años hasta que él entendiera que había sido un
mercenario de la literatura.
Las
dudas pudieron más y se negó a escribir un segundo relato luego de cobrar el
primero (eso no significa que su negativa constituyera su reserva moral y
reemplazase su error). Su amiga escribió el segundo relato y nunca lo cobró.
Jamás se supo si la revista se publicó o no por las incesantes postergaciones
que enumeraba el editor, pero él nunca olvidará ese fatídico mayo de 2006 de
convicciones negociadas.
Ahora
abrió un blog con un contrato de lectura en blanco. Quiere saldar una deuda
consigo mismo, pero en algún momento perdió el rumbo y el rastro y no sabe
quién tiene el pagaré que firmó.