Falta poco para que esta idea y este espacio cumplan un año de vida. Es tiempo de una mudanza, de mejorar. No se van a postear más textos acá. Por favor pasen a conocer el nuevo sitio en: http://fugasyobsesiones.com.ar/.
Gracias por estar del otro lado en este tiempo y espero que me sigan acompañando en este viaje con un comienzo claro y un final incierto que estimo que estará repleto de textos, gloria, fama y fortuna (o al menos de textos).
Estimo que en el nuevo espacio les será más fácil encontrar lo que sea que vienen a buscar acá. Espero que les guste. Lo único seguro es que seguirá habiendo dos textos mensuales. Termino con este posteo antes de ponerme sentimental. Ya habrá tiempo para eso, siempre hay tiempo (hasta que deja de haber).
Fugas y obsesiones
"Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas". Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. Híbridos.
11 dic 2012
27 nov 2012
Apología de los pañuelos de tela
"Un fama es
muy rico y tiene sirvienta. Este fama usa un pañuelo y lo tira al cesto de los papeles. Usa otro, y lo tira al cesto. Va tirando al cesto todos los
pañuelos usados. Cuando se le acaban, compra otra caja". Julio
Cortázar en Historias de Cronopios y de Famas.
Uno de los recuerdos más latentes que tengo de mi infancia es estar jugando en el arenero del jardín de infantes y ver desde el tobogán un pañuelo de tela rojo que se cae de mi bolsillo. Inmediatamente me tiro hacia la arena, agarro el pañuelo y voy al baño. Abro la canilla y me pongo a lavarlo (el agua es helada), mientras una maestra me pregunta qué hago y se lo explico con seriedad.
Hay dicotomías que dividen al mundo. Hay dicotomías verdaderas y falsas. Generalmente las que dividen al mundo son falsas, pero presentadas como verdaderas por un grupo de personas numeroso que no se coordinan entre sí pero creen fervorosamente tener razón.
Durante varios años recibí críticas por usar pañuelos de tela. Tengo una historia familiar de pañuelos de tela que es hermosa. Mis abuelos los usaban, mi papá los usa y afortunadamente mi hermano y yo los usamos.
Los hostigadores lucen sus pañuelos descartables de papel orgullosos y plantean un debate, acusando a los pañuelos de tela de ser antihigiénicos, asquerosos y anticuados, entre tantos calificativos.
Algunos creen ganar la discusión al comparar los viejos pañales de tela con los pañuelos de tela. Les tengo una noticia: no sé si enteraron, pero no conozco a nadie que tenga caca en la nariz. Aparentemente las analogías no son la especialidad de este grupo.
Otra creencia que circula es que uno vive sonándose sobre su moco eternamente. Me cuesta tomar como válida esa combinación de palabras, ya que son personas que no tienen en cuenta que las cosas hechas con tela suelen lavarse, desde la ropa hasta las cortinas. En sus mentes, que harían enorgullecer a Torquemada, no hay espacio para pensar que los pañuelos de tela se lavan.
Sin embargo, puede resultar violento contestar de esta manera y por eso en una charla hace un tiempo preferí preguntarle a una persona que decía eso cuántos pañuelos creía que tenía yo. Me contestó diciendo dos o tres y ahí entendí que se acostumbraron a criticarnos sin pensar. Ya tienen las verdades absolutas en la cabeza y la venda bien ajustada sobre sus ojos.
Creo que el uso de pañuelos descartables es legítimo y respeto la opinión de quienes deciden fomentar la tala de árboles y gastar plata permanentemente para limpiarse la nariz . El pañuelo de tela es confiabilidad, seguridad, rendimiento, lealtad, compañerismo y ahorro. Es sentimiento. El pañuelo descartable es usar y tirar.
Lo que me cuesta entender es la intolerancia y la agresión. Hay algo que secretamente nos une a quienes usamos pañuelos de tela, algo que el resto de las personas no comprende y, como decía aquella canción, muchas veces tenemos que “enfrentar caras de gente que no entiende y que con burlas justifican su ignorancia”.
Nosotros no juzgamos. Los que usamos pañuelos de tela disfrutamos. Nos reímos ante los cuestionamientos de personas que quizás pueden pasar un día entero sin sonarse la nariz y no conciben que alguien lo tenga que hacer varias decenas de veces, no pueden ponerse en el lugar del otro. Estas agresiones lo único que hacen es reforzar el lazo sentimental que tenemos con nuestros pañuelos.
Hace poco Pitta, un gran amigo que usa los de tela, me contó que soñó que tenía que ir al hospital porque tenía un moco gigante y que un médico se lo sacó con un pañuelo de tela que tenía en el botiquín de elementos quirúrjicos. Cuando le daban el alta, justo antes de despertarse del sueño, le dijeron “con pañuelos descartables te morías”.
A ese nivel llegan los verdaderos sentimientos y es otro tema que les cuesta entender, por eso voy a profundizar. En una reunión, cinco compañeros de trabajo me atacaban por usar pañuelos de tela (y por la cantidad de comida que había comido, pero eso es para otra historia). En medio de los ataques, pregunté si nunca alguno había usado un pañuelo de tela. Ahí una de ellas, con una gran sonrisa, dijo “de chica tenía uno blanco con muchas florcitas”. No desperdicié la chance y le dije “nunca un pañuelo descartable te va a generar una sonrisa así, un sentimiento así”.
Uno de los recuerdos más latentes que tengo de mi infancia es estar jugando en el arenero del jardín de infantes y ver desde el tobogán un pañuelo de tela rojo que se cae de mi bolsillo. Inmediatamente me tiro hacia la arena, agarro el pañuelo y voy al baño. Abro la canilla y me pongo a lavarlo (el agua es helada), mientras una maestra me pregunta qué hago y se lo explico con seriedad.
Hay dicotomías que dividen al mundo. Hay dicotomías verdaderas y falsas. Generalmente las que dividen al mundo son falsas, pero presentadas como verdaderas por un grupo de personas numeroso que no se coordinan entre sí pero creen fervorosamente tener razón.
Durante varios años recibí críticas por usar pañuelos de tela. Tengo una historia familiar de pañuelos de tela que es hermosa. Mis abuelos los usaban, mi papá los usa y afortunadamente mi hermano y yo los usamos.
Los hostigadores lucen sus pañuelos descartables de papel orgullosos y plantean un debate, acusando a los pañuelos de tela de ser antihigiénicos, asquerosos y anticuados, entre tantos calificativos.
Algunos creen ganar la discusión al comparar los viejos pañales de tela con los pañuelos de tela. Les tengo una noticia: no sé si enteraron, pero no conozco a nadie que tenga caca en la nariz. Aparentemente las analogías no son la especialidad de este grupo.
Otra creencia que circula es que uno vive sonándose sobre su moco eternamente. Me cuesta tomar como válida esa combinación de palabras, ya que son personas que no tienen en cuenta que las cosas hechas con tela suelen lavarse, desde la ropa hasta las cortinas. En sus mentes, que harían enorgullecer a Torquemada, no hay espacio para pensar que los pañuelos de tela se lavan.
Sin embargo, puede resultar violento contestar de esta manera y por eso en una charla hace un tiempo preferí preguntarle a una persona que decía eso cuántos pañuelos creía que tenía yo. Me contestó diciendo dos o tres y ahí entendí que se acostumbraron a criticarnos sin pensar. Ya tienen las verdades absolutas en la cabeza y la venda bien ajustada sobre sus ojos.
Creo que el uso de pañuelos descartables es legítimo y respeto la opinión de quienes deciden fomentar la tala de árboles y gastar plata permanentemente para limpiarse la nariz . El pañuelo de tela es confiabilidad, seguridad, rendimiento, lealtad, compañerismo y ahorro. Es sentimiento. El pañuelo descartable es usar y tirar.
Lo que me cuesta entender es la intolerancia y la agresión. Hay algo que secretamente nos une a quienes usamos pañuelos de tela, algo que el resto de las personas no comprende y, como decía aquella canción, muchas veces tenemos que “enfrentar caras de gente que no entiende y que con burlas justifican su ignorancia”.
Nosotros no juzgamos. Los que usamos pañuelos de tela disfrutamos. Nos reímos ante los cuestionamientos de personas que quizás pueden pasar un día entero sin sonarse la nariz y no conciben que alguien lo tenga que hacer varias decenas de veces, no pueden ponerse en el lugar del otro. Estas agresiones lo único que hacen es reforzar el lazo sentimental que tenemos con nuestros pañuelos.
Hace poco Pitta, un gran amigo que usa los de tela, me contó que soñó que tenía que ir al hospital porque tenía un moco gigante y que un médico se lo sacó con un pañuelo de tela que tenía en el botiquín de elementos quirúrjicos. Cuando le daban el alta, justo antes de despertarse del sueño, le dijeron “con pañuelos descartables te morías”.
A ese nivel llegan los verdaderos sentimientos y es otro tema que les cuesta entender, por eso voy a profundizar. En una reunión, cinco compañeros de trabajo me atacaban por usar pañuelos de tela (y por la cantidad de comida que había comido, pero eso es para otra historia). En medio de los ataques, pregunté si nunca alguno había usado un pañuelo de tela. Ahí una de ellas, con una gran sonrisa, dijo “de chica tenía uno blanco con muchas florcitas”. No desperdicié la chance y le dije “nunca un pañuelo descartable te va a generar una sonrisa así, un sentimiento así”.
13 nov 2012
Antihéroe anónimo
"...para cerrar un ojo y ver cuántos cuernos tiene el
diablo..."
Él fue a tomarse el colectivo para ir al trabajo, como
todas las mañanas. Al subir, vio un asiento libre en la fila de cinco asientos
del fondo. Se sentó y a su derecha, justo en el asiento pegado a la puerta,
había una adolescente que seguramente iba al colegio. A su izquierda había un
hombre y enseguida advirtió que miraba hacia él de manera extraña.
Tras unos segundos de incomodidad, pensó en decirle algo. Luego notó que el objetivo de las miradas era la chica que estaba a su derecha. Él se sintió incómodo y vio que el hombre tenía algo de metal. Era plateado, alargado y desconocido, como una bombilla gruesa y enorme, de unos 30 centímetros, que sostenía con una especie de tela negra que usaba para llevarla por el mango el metal, si es que era un mango.
Ella seguía en su mundo, sumergida en su celular y levantando la cabeza de vez en cuando para no pasarse. El hombre, que parecía algo desequlibrado, se cambió de asiento. Fue al último de la fila de uno y desde ahí miraba a la chica mientras hacía movimientos entre grotescos y violentos, complejos de describir.
Para cruzarse de piernas, agarraba su zapatilla izquierda y la ponía sobre su muslo derecho, sosteniendo siempre la zapatilla, como si eso le impidiera caerse. Luego se restregaba la cara como alguien que se acaba de despertar, pero con una violencia inusitada. Todo esto alternando miradas hacia la chica, que lejos estaban de ser furtivas. Miraba fijo durante varios segundos.
En un colectivo todos desconfían de lo posible, de lo casual, de lo previsible, como por ejemplo de un encuentro fortuito, y mientras tanto esperan que lo imposible suceda. Él empezó a pensar en qué pasaría si los dos se bajasen en la misma parada. ¿Qué le correspondería hacer? ¿Era un loco, un violador o sólo un tipo raro? ¿Y si de casualidad bajasen juntos él debía seguirlos?, ¿tendría que dejar que los hechos siguieran sus cursos?, ¿y si todos pensaron así y nadie se involucrara?, ¿y si se pudiera evitar?
Tras unos segundos de incomodidad, pensó en decirle algo. Luego notó que el objetivo de las miradas era la chica que estaba a su derecha. Él se sintió incómodo y vio que el hombre tenía algo de metal. Era plateado, alargado y desconocido, como una bombilla gruesa y enorme, de unos 30 centímetros, que sostenía con una especie de tela negra que usaba para llevarla por el mango el metal, si es que era un mango.
Ella seguía en su mundo, sumergida en su celular y levantando la cabeza de vez en cuando para no pasarse. El hombre, que parecía algo desequlibrado, se cambió de asiento. Fue al último de la fila de uno y desde ahí miraba a la chica mientras hacía movimientos entre grotescos y violentos, complejos de describir.
Para cruzarse de piernas, agarraba su zapatilla izquierda y la ponía sobre su muslo derecho, sosteniendo siempre la zapatilla, como si eso le impidiera caerse. Luego se restregaba la cara como alguien que se acaba de despertar, pero con una violencia inusitada. Todo esto alternando miradas hacia la chica, que lejos estaban de ser furtivas. Miraba fijo durante varios segundos.
En un colectivo todos desconfían de lo posible, de lo casual, de lo previsible, como por ejemplo de un encuentro fortuito, y mientras tanto esperan que lo imposible suceda. Él empezó a pensar en qué pasaría si los dos se bajasen en la misma parada. ¿Qué le correspondería hacer? ¿Era un loco, un violador o sólo un tipo raro? ¿Y si de casualidad bajasen juntos él debía seguirlos?, ¿tendría que dejar que los hechos siguieran sus cursos?, ¿y si todos pensaron así y nadie se involucrara?, ¿y si se pudiera evitar?
Él seguía con los auriculares puestos, pero había parado
la música para pensar en las múltiples hipótesis y en tratar de predecir su
posible comportamiento, racionalizándolo para hacer lo que debía hacer, si es
que llegaba el caso en que algo tenía que hacer.
El prospecto de desquiciado seguía mirándola y moviéndose de manera extraña. Ella no lo notaba. Luego de pasar Chacarita ella se levantó y tocó el timbre. Él miró al que ya en su cabeza era un loco con todas las letras y no le vio hacer ni un movimiento. Qué bueno, pensó, no tendría que tomar decisiones de las que seguro se arrepentiría (ya que en el fondo sabía que iba a seguir su viaje).
Apenas ella puso un pie en el cemento, el loco con el metal plateado en la mano se levantó, bajó apresurado y caminó en dirección hacia ella. Casi con el colectivo arrancando, él se bajó insultando en voz baja al hombre por no haber caminado hacia otro lado y sintiendo miedo, sorprendiéndose a sí mismo por haber bajado.
La adolescente caminaba tranquila. El loco aceleraba el paso. Él intentaba redoblar la marcha del loco, mientras veía que se iba acercando a ella. Los tres doblaron en la esquina, separados por un metro de distancia. Era la hora de la verdad para todos.
El loco miró hacia atrás mientras él pensaba que desefundaría ese indescriptible metal y entonces lo tocó en el hombro. El loco se detuvo en seco y por primera vez lo miró fijo a él, que tuvo terror al verse reflejado en esos ojos. Él le preguntó por una calle a la que ya sabía llegar y el loco le dijo que no la conocía y se dio vuelta casi al trote.
Estaba por alcanzar a la chica, cuando él volvió a tocar en el hombro al loco y le dijo que había viajado con él en el colectivo y que le parecía raro que no conociera una calle en la zona si bajó ahí. El loco le dijo “vos también bajaste y no la conocés, pelotudo”. Él no supo qué contestar y el loco retomó su marcha.
Vio que la adolescente, que se había distanciado de los dos, se detuvo y se quedó parada en la calle mirando hacia ambos lados, con cara de estar esperando a alguien y sabiendo que no llegaría.
El loco avanzó y él le tocó el hombro nuevamente. El loco le estaba por preguntar qué quería ahora, pero no pudo decir las palabras porque él le dio un puñetazo en la nariz que lo tiró al piso. Con la furia en sus ojos, el loco se levantó y se tiró sobre él. Ambos cayeron al piso e intentaba pegarse como podían. Todo era una confusión y se veía sangre chorrear, pero no se podía adivinar de quién era.
Mientras unos obreros de una construcción los separaban, él vio que la adolescente ya no estaba. El loco le pidió explicacionesm pero él se dio vuelta y tomó un taxi para no llegar tan tarde al trabajo. Se fue creyendo que era un héroe anónimo.
El prospecto de desquiciado seguía mirándola y moviéndose de manera extraña. Ella no lo notaba. Luego de pasar Chacarita ella se levantó y tocó el timbre. Él miró al que ya en su cabeza era un loco con todas las letras y no le vio hacer ni un movimiento. Qué bueno, pensó, no tendría que tomar decisiones de las que seguro se arrepentiría (ya que en el fondo sabía que iba a seguir su viaje).
Apenas ella puso un pie en el cemento, el loco con el metal plateado en la mano se levantó, bajó apresurado y caminó en dirección hacia ella. Casi con el colectivo arrancando, él se bajó insultando en voz baja al hombre por no haber caminado hacia otro lado y sintiendo miedo, sorprendiéndose a sí mismo por haber bajado.
La adolescente caminaba tranquila. El loco aceleraba el paso. Él intentaba redoblar la marcha del loco, mientras veía que se iba acercando a ella. Los tres doblaron en la esquina, separados por un metro de distancia. Era la hora de la verdad para todos.
El loco miró hacia atrás mientras él pensaba que desefundaría ese indescriptible metal y entonces lo tocó en el hombro. El loco se detuvo en seco y por primera vez lo miró fijo a él, que tuvo terror al verse reflejado en esos ojos. Él le preguntó por una calle a la que ya sabía llegar y el loco le dijo que no la conocía y se dio vuelta casi al trote.
Estaba por alcanzar a la chica, cuando él volvió a tocar en el hombro al loco y le dijo que había viajado con él en el colectivo y que le parecía raro que no conociera una calle en la zona si bajó ahí. El loco le dijo “vos también bajaste y no la conocés, pelotudo”. Él no supo qué contestar y el loco retomó su marcha.
Vio que la adolescente, que se había distanciado de los dos, se detuvo y se quedó parada en la calle mirando hacia ambos lados, con cara de estar esperando a alguien y sabiendo que no llegaría.
El loco avanzó y él le tocó el hombro nuevamente. El loco le estaba por preguntar qué quería ahora, pero no pudo decir las palabras porque él le dio un puñetazo en la nariz que lo tiró al piso. Con la furia en sus ojos, el loco se levantó y se tiró sobre él. Ambos cayeron al piso e intentaba pegarse como podían. Todo era una confusión y se veía sangre chorrear, pero no se podía adivinar de quién era.
Mientras unos obreros de una construcción los separaban, él vio que la adolescente ya no estaba. El loco le pidió explicacionesm pero él se dio vuelta y tomó un taxi para no llegar tan tarde al trabajo. Se fue creyendo que era un héroe anónimo.
30 oct 2012
Viva la huerta
El clima estaba caldeado. Por primera vez se habían
juntado los representantes para debatir el estado de las cosas. La situación no
daba para más, ya estaban cansados de pelearse entre ellos y habían descubierto
al verdadero amo de sus miserias, al responsable de su aparente espontáneo
caos.
El elegido por las zanoharias era algo soberbio,
disfrutaba demasiado del sonido de su voz, pero su capacidad de oratoria
asombraba. El embajador de los tomates no paraba de quejarse del lugar que les
habían asignado, eran los que más cerca estaban de la ruta y una vez por semana
tenían que lamentar una pérdida por un robo furtivo. El capo de las lechugas se
destacaba por su simpleza y por hablar poco, aunque siempre diciendo palabras
que dejaban a todos pensando, se valoraba su punto de vista. Con un aire
altanero, sabiendo que cualquier cosa que dijera sería aplaudida, el
representante de las rúculas repetía frases hechas que había aprendido sin
entenderlas.
Difícil resulta describir la situación que había
provocado la revelación y la idea de rebelión. El responsable era el granjero,
él tenía la culpa de todos los males que los azotaban, de pasar frío, calor,
hambre y sed, de morir en el camino y que a nadie fuera de la huerta le
interese.
El representante de las radichetas iba y volvía
constantemente para comentarle a sus pares lo que se estaba hablando, pero cada
vez que regresaba a la reunión tenía una opinión diferente. La espinaca se
había autoproclamado representante y ostentaba un poder que sus escasos pares
no le daban, así que no conviene extenderse en lo que alegaba en el recién
nacido comité. Nabos, cebollas, perejiles y puerros eran aún menos que las
espinacas, así que se encolumnaron todas detrás de un nabo, aunque por momentos
se separaban y luego volvían a unirse para nuevamente separarse.
Al principio todas las verduras estaban felices con la
vida que llevaban. Cuando llegó la primera cosecha, ese sentimiento
desapareció. No entendían, creían
que era una confusión. Los pocos sobrevivientes llegaron a relatar a los recién
llegados lo que había sucedido. Los recién llegados mucho no creyeron, pero
ante las alarmantes advertencias no pudieron olvidar lo que les
relataban.
Al llegar la segunda cosecha, comprendieron que no eran
mitos y trataron de trasladar con mayor furia a los recién llegados el
panorama. El granjero encontró muchas verduras lejos de la huerta y así y todo
se quedó con la sensación de que algunas le faltaban. Además, encontró juntas
distintas verduras casi destrozadas, como si hubieran estado peleando pese a lo
separadas que estaban cuando las plantó.
La tercera cosecha fue un fracaso y casi ninguna verdura
llegó a sufrirla a causa de la repentina calamidad generada por las
inundaciones. Las ínfimas sobrevivientes se preguntaban qué era mejor y no
podían decidirse.
El granjero, casi en crisis, decidió apostar a todo o
nada en una última cosecha y fue un renacer para él y para las verduras. El
ciclo se repitió con las sensaciones de las tres cosechas. No hubo sequía y el
clima de guerra y celos siempre existente entre las verduras fue dejando lugar
a la preocupación colectiva.
Los debates se volvieron violentos. Los enojos iban
aumentando ante la falta de decisiones y se dividieron en dos bandos: los
tomatistas y los ruculistas. Entre ambos bandos se odiaban, pero tenían que
llegar a un acuerdo.
No sabían cuándo vendría el golpe, cuándo sería la hora
de la guadaña. Decidieron que era el momento de atacar al granjero e hicieron
un plan en conjunto. Cuando fue el momento de llevarlo a cabo, los ruculistas
se quedaron quietos y los tomatistas dieron un paso en falso: solos no podían y
habían quedado en evidencia ante el granjero.
Cómo odiaba el líder de los tomatistas al granjero. Daba
discursos de rebelión irreproducibles y admirables. Encontraba a la perfección
los motivos para odiarlo y lo transmitía aún más precisamente. Era algo
visceralmente hermoso.
Del otro lado, el líder de los ruculistas empezó a
dejarse ver cerca del granjero y a demostrar sus verdaderas convicciones.
Prácticamente eran aliados. Ahora tomatistas y ruculistas tenían un modelo
diferente de huerta y los enfrentamientos empezaron a hacerse frecuentes como
en los viejos tiempos. La diferencia es que ahora los ruculistas tenían la
venia del granjero.
Los ruculistas hacían lo que querían y disfrutaban de su
poder, pero el líder de los tomatistas seguía siendo para ellos un gusano en la
manzana. Fue así que lo convencieron para que abandonara aquel lugar y fuera a
ver la situación en otras huertas. Antes de irse en un camión, el líder le dijo
a los dos tomates en los que más confiaba que tenía un mal presentimiento sobre
el viaje. Uno de ellos decidió ir con él.
Camino a una huerta lejana, en el camión comenzaron a
sentir un leve rocío y vieron que era amarillento. El líder de los tomatistas
se sintió muy mal y le pidió al resto que se bajara del camión, que él ya no
podía continuar. Mientras saltaban del camión, el líder de los tomatistas, que
en unos segundos lo había entendido todo, gritó: “que viva la huerta aunque yo
perezca”.
16 oct 2012
Laberintos
"He
olvidado los hombres que antes fui; sigo el odiado
camino de monótonas paredes que es mi
destino" (JLB).
Caminar por un laberinto sabiendo
que nunca nos enteraremos dónde está la salida.
Quizás caminar por un laberinto
sabiendo que no tiene salida.
O caminar por un laberinto que
tiene tantas salidas que nos quedamos anulados ante las posibilidades.
O paralizarnos por imaginar que
hay falsas salidas y que al cruzarlas creeremos que salimos del laberinto, pero
sólo habremos entrado en uno nuevo.
Tal vez caminar y caminar sin
darnos cuenta jamás que estamos en un laberinto.
O comprender que en realidad no
estamos en un laberinto, pero igual no poder salir del laberinto.
O entender que estamos en un
laberinto y llegar al hartazgo, hasta empezar a romper paredes y encontrar que
detrás hay más y más paredes.
Todas esas sensaciones son menos
asfixiantes que estar en un laberinto y saber cuál es la única salida.
30 sept 2012
El hippie nazi
Hay situaciones que sólo suceden una vez. Uno puede perseguirlas y buscarlas siempre y que nunca sucedan. O tener la suerte de buscarlas tanto que pasan una vez. O por el contrario, puede ni siquiera pensarse en la posibilidad de que existan y que finalmente se den. Pero, sea como sea, hay momentos que son únicos en la vida. Uno se da cuenta cuando los está viviendo y lo único que debe hacer es dejarse llevar y tratar de disfrutarlos lo más posible o sufrirlos lo menos posible más allá de cómo terminen.
A metros de mi edificio siempre hay un grupo de cuatro personas en la calle. Bueno, siempre no, pero los he visto de día, de noche y de madrugada, compartiendo mates y cervezas, por lo que temporalmente puede decirse que siempre están ahí. Charlan y juegan al truco. Sí, juegan al truco recostados en la calle o sentados en el escalón de un edificio. Es una actitud rara, entre simpática e ingenua, entre admirable y estúpida.
¿Puedo decir que son hippies? No con certeza. Sólo se
visten con ese estilo. Son tres hombres y una mujer. Lo único que tenían al
comienzo que llamaba mi atención era que estaban ahí y que con frecuencia uno
de los hombres, que generalmente iba rotando, le acomodaba o arreglaba las
rastas a ella.
Luego de verlos varias veces, fui recordando sus caras, sus cuerpos y sus miradas. Ella era una mujer que parecía que nunca hubiera sufrido. De los tres, dos tenían caras inexpresivas y otro tenía cara de loco. Ella era flaca y de estatura media, 1,50 tal vez, era de esas mujeres muy abrazables. Uno era muy alto, de casi dos metros, y completamente desgarbado, uno podría pensar que en un temporal fuerte le costaría caminar contra el viento. Los otros dos eran grandotes de cuerpo, pero uno era alto y el otro bajo.
Después de tres meses, en mi cabeza ya conocía sus horarios y supuse que ellos conocerían los míos, aunque enseguida creí que era algo soberbio pensar eso. Ellos eran los que estaban siempre ahí, yo sólo era una humanidad efímera entre tantas que pasaban.
Nunca habíamos intercambiado palabras y las miradas que
intercambiábamos eran furtivas e indiferentes, casi que no decían nada, lo que
es difícil de lograr con una mirada (siempre algo delata). Un día pasé y me
pareció escuchar un murmullo. Me quedé pensando si realmente había escuchado
bien y si esas palabras eran para mí. Tranquilamente me lo podrían haber dicho,
pero supongo que, si así había sido, lo habían dicho en un modo supuestamente
hostil, con intenciones ofensivas o de hacer una declaración.
No me preocupé. Si volvía a creer escucharlos, no me iba a quedar callado. Al día siguiente salí a la calle sin tener nada que hacer, sólo quería pasar por ahí y ver qué pasaba. Fuera lo que fuera, estaba decidido a afrontar la situación.
-Eh, ruso, saliste temprano hoy – dijo el desgarbado.
-¿Cómo ruso?
-Si sos un judío de mierda, mirá esos rulos – aclaró el
más bajo de todos.
-Ruso de mierda las pelotas, imbécil – contesté
envalentonado. De cierta forma estaba esperando la confirmación y me quedé
parado, quieto.
La mujer y el otro hombre que no había hablado empezaron a pararse y les sugerí que era mejor que se quedaran sentados. Insólitamente me hicieron caso.
Uno dijo que si seguía pasando por ahí la cosa se podía complicar. Le contesté que me iba a ver todos los días y pensé que a fin de cuentas eran cuatro giles, que si eran personas de temer lo hubieran demostrado con alguna amenaza fuerte o con alguna acción y no sólo con palabras que ellos consideraban ofensivas. Me cuestioné por discutir con gente descerebrada, pero ya estaba hecho.
Pasaron varios días sin cruzármelos. Al principio eso me aliviaba, todos nacemos cobardes y demoramos décadas en cambiar. Sin embargo, empecé a inquietarme y a ponerme ansioso, quería cruzármelos nuevamente sólo para ver cómo reaccionaban ellos y cómo reaccionaba yo.
Un día iba caminando por la vereda de enfrente a la de mi edificio y los vi. Crucé para pasar junto a ellos y cuando estaba a unos metros vi las cartas de truco tiradas en el suelo y a ellos tres levantarse. Algo iba a pasar, eso era lo único seguro.
La distancia se iba acortando mientras ellos iban
extendiéndose a lo ancho de la vereda y yo no detenía mi marcha. Cuando
estuvimos cara a cara, a menos de un metro, frené y me quedé mirándolos. Ellos
hicieron lo mismo, nadie decía nada, como si ser el primero en hablar implicara una segura derrota pese a que ninguno
de los cuatro lo entendíamos. Quizás por eso la que primero habló fue la que no
iba a participar.
-¿Y? ¿Vienen hablando hace varios días de lo que van a hacer y ahora se quedan callados?
Ellos seguían en silencio y yo tenía que mantener la imagen desafiante que había forjado ante ellos con premeditación.
-¿Qué quieren hacer?
-Te vamos a robar, así aprendés.
-Para robarme me van a tener que cagar a trompadas y
están ahí parados. Eso no va a pasar.
Se estaban jugando otras cosas más allá del robo, nos estábamos poniendo en un plano de igualdad, yo con unos idiotas y ellos con alguien al que consideraban que había que discriminar. Se acercaron. Por dentro estaba asustado.
-Si no me van a pegar, córranse, déjenme pasar y no me vuelvan a hablar.
Se quedaron en silencio de nuevo, pero sin correrse. Estaba claro que eran simplemente unos imbéciles antisemitas, pero que no eran ladrones.
No quiero agrandarme y decir que quise hacer un experimento sociológico porque no fue así, pero me intrigaba ver hasta dónde iban a llegar esos tres desconocidos.
El flaco sacó un cuchillo y me lo mostró mientras me decía que le diera la plata. La cosa empezó a ser seria, pero tenía muy vivo el recuerdo de la última vez que me robaron: el cuchillo estaba besando mi remera a la altura del estómago y no era simplemente exhibido como una amenaza, era muy real, el miedo me paralizó en esa oportunidad. Ahora el miedo me motivaba, no era miedo a que me roben, quería ver qué era lo que podía pasar.
Dije que no y el flaco me pegó una piña en el estómago. No había sido tan fuerte y no había usado el cuchillo. Los otros dos dieron un paso para atrás. Ya conocía a mi verdadero rival y al no reaccionar le demostré que no iba a jugar en su patético juego.
No seguí provocándolo pero no le di nada. Sabía que un
escape sería algo de lo que no me podría recuperar. Los otros tres ya no
existían. Uno se había sentado con la chica y el otro no sabía qué hacer.
Estábamos cara a cara. Él mostrando que no era quien decía ser y yo mostrando ser alguien que no era (mi ventaja era que sólo yo lo sabía). Sus ojos no me decían nada, aunque quizás yo no podía leerlos bien porque muchas veces necesito ayuda con las lecturas faciales, es algo que tristemente se me escapa pero aprendí a vivir con eso.
Estábamos cara a cara. Él diciendo amenazas que no iba a
cumplir y yo sin decir amenazas pero aparentando que estaba dispuesto a ir
hasta el final. Él no sabía cómo seguir. Los otros tres lo miraban y no sabían
qué esperar ni qué decirle. Estaba confundido y yo no daba un paso (ni para
atrás ni para adelante).
Estábamos cara a cara. Me daba un poco de pena. Lástima no me daba, lástima no se le tiene a nadie dijo un filósofo contemporáneo. Me daba pena porque, pasara lo que pasara, después de eso él ya no sería el mismo y tendría que mirarse cara a cara con la mentira que había construido y aceptar que se la había creído. Él ya no sería el mismo y yo sería el de siempre.
Podríamos haber estado así un tiempo más. Ya no estaba en juego la plata, la calle ni nada que se le pareciera. No era nada físico. Lo que estaba en juego era completamente simbólico y por eso era mucho más importante y no podíamos salir de ese atasco. Propuse una salida saludable y dirimir lo que él no entendía que estábamos discutiendo con una partida de truco. Éramos dos castillos de naipes frente a frente y el viento sólo derribaría a uno.
Hacía frío y la vereda estaba helada. Nos sentamos frente a frente en el escalón de un edificio. Él había recuperado la serenidad y se mostraba confiado. Hacía comentarios soberbios a su grupo, que parado se dedicaba a observar. Ninguno de ellos entendía la ironía. Acordamos que sería a 30, como el verdadero truco se juega, sin flor, y que no habría revancha.
Empecé a mezclar con mucha calma y me detuve para contar que estuvieran las cuarenta cartas. En las primeras manos se notaba un miedo a perder por parte de los dos.
Cuando íbamos 7 a 7 cantó envido y yo dije real envido. Con 31 derroté a unos tibios 26. Me puse 12 a 7 pero lamenté no haber echado la falta. Las cartas estaban de mi lado y las sabía aprovechar. Estaba ganando 3 buenas a 13 malas cuando la mujer del grupo se fue. Él pareció confundido ante la partida de ella.
Me ganó un quiero vale cuatro con un siete bravo, desenmascarando
mi mentira (la del truco, no la de minutos antes). Estábamos 4 a 2 en las
buenas y no hubo momentos memorables. Dejé de recibir buenas cartas y como soy
un jugador mediocre él se puso 10 a 8 arriba, empezó a decirme que ya estaba
liquidado y pensó en una apuesta para hacer.
Apostamos que si él ganaba yo siempre cruzaría la calle ante su presencia. En cambio, si yo ganaba él no podría sentarse más en esa calle. Pensé que la situación era igual a la del comienzo, cuando nos conocimos. Tenía que aprovecharlo.
Envido y truco no querido. 10 a 10. Necesitaba a la suerte de mi lado o envalentonarme. Mentí con el envido que él no quiso y acepté el truco que él gritó (lo gritó con sospechoso ímpetu) y terminé ganando con un dos. Iba ganando 13 a 10 (o 28 a 25). Ahora sí pude leer su mirada, miraba sin mirar, examinándose a sí mismo por dentro, yo estaba a dos puntos de hacerlo chocar contra sí mismo.
Recibí 32 para el tanto. Tenía un punto casi asegurado. Lo canté y él no quiso. Instantáneamente cantó truco, sin que hubiera cartas sobre la mesa. Dije quiero y jugué un 3 que él mató con el ancho de basto. Pensé que no tendría nada más, pero jugué callado matando la segunda y dejando otro tres sobre la mesa. Estaba listo para festejar, pero él puso el siete de espadas sobre la mesa y quedamos 14 a 12.
En la siguiente mano, en la que esperaba tener para el
tanto o para el truco, me decepcioné apenas vi mis cartas. Lo único que
esperaba era que él no cantara el envido para que sólo me ganase un punto.
Efectivamente no lo hizo y cuando dijo truco me fui al mazo. 14 a 13, tan cerca
y tan lejos a la vez.
Nuevamente tuve las tres cartas en la mano. No quedaba tiempo para mentir, era la hora de la verdad. Sin dudarlo, pero en voz muy baja, dije falta envido. Él dijo quiero, no tenía otra alternativa, y yo canté 29. Él tiró las cartas al piso y se paró con una furia que hasta ahora no le había visto, quizás si hubiera tenido esa furia desde el comienzo este relato no hubiera existido, la situación original hubiera durado segundos.
Imaginé que él ya no recordaría desde cuándo se estaba
mintiendo a sí mismo, me di cuenta que me resultaba increíble que él creyera
que por ganar un partido de truco podía tener razón, que la discusión era la
misma y no había cambiado. Me levanté, lo miré fijo y le dije que no quería
verlo más ahí.
11 sept 2012
La escisión
Caminás
por los grises pasillos sabiendo que llega el final. El destino te acorraló, te
venció. No el destino que te espera en los próximos minutos. No, no ese
destino.
El desenlace que se avecina es simplemente una de las tantas variantes que pudieron haberte tocado, es el azar que te brinda este final que pudo haber sido otro y hubieras cumplido tu destino de todas maneras.
Esperaste la iluminación que muchos mencionan cuando llega el momento, cuando se acerca, cuando sabés que no hay futuro y no queda nada por perder. En otra situación hubieras dejado tu vida en el intento de revertir las cosas, pero ya no sos el que eras antes, la voluntad y el deseo se han ido de tu cuerpo. Por suerte se han ido.
¿Qué sentido tiene pensar en lo que pudo haber sido cuando ya no quedan alternativas? Pronto pasás a recordar algo. Te ves corriendo en ese campo verde de la infancia y luego en los veranos, cuando todo estaba por venir y el mundo era un lugar lleno de ilusiones.
Nadie puede decir terminantemente si la tragedia busca a uno o uno busca a la tragedia. Aunque me aventuro a decir que vos y yo sabemos que no querías terminar así, puede afirmarse que la tragedia te encontró, como dicen por ahí. Pero cuando se desvía el camino desde tan temprano y la desgracia se vuelve habitable, es complejo pensar en las alternativas.
Los pasos generan el eco más silencioso del que tengas memoria. Hay personas a tu alrededor que te acompañan, que te cuidan en estos breves momentos. Eso creés. Te vigilan.
Por unas horas anoche pensaste si no era mejor esa salida que la vida que estabas llevando. Sin embargo, decidiste no desperdiciar más tus pensamientos. Te diste cuenta que tu yo ya no estaba en tu cuerpo, que te veías a vos mismo acorralado, encontrando explicaciones sin asumirlas.
La negación es muy poderosa y casi que llegaste a juzgarte y declararte culpable e inocente al mismo tiempo. Decidiste escribir, tu yo que escribe esto siente lástima por vos. Nunca más vos, nunca más yo, nunca más esta división irónica y supuestamente ilógica, nunca más ese ser uno que no supimos aprovechar.
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