27 nov 2012

Apología de los pañuelos de tela

"Un fama es muy rico y tiene sirvienta. Este fama usa un pañuelo y lo tira al cesto de los papeles. Usa otro, y lo tira al cesto. Va tirando al cesto todos los pañuelos usados. Cuando se le acaban, compra otra caja". Julio Cortázar en Historias de Cronopios y de Famas.

Uno de los recuerdos más latentes que tengo de mi infancia es estar jugando en el arenero del jardín de infantes y ver desde el tobogán un pañuelo de tela rojo que se cae de mi bolsillo. Inmediatamente me tiro hacia la arena, agarro el pañuelo y voy al baño. Abro la canilla y me pongo a lavarlo (el agua es helada), mientras una maestra me pregunta qué hago y se lo explico con seriedad.

Hay dicotomías que dividen al mundo. Hay dicotomías verdaderas y falsas. Generalmente las que dividen al mundo son falsas, pero presentadas como verdaderas por un grupo de personas numeroso que no se coordinan entre sí pero creen fervorosamente tener razón.

Durante varios años recibí críticas por usar pañuelos de tela. Tengo una historia familiar de pañuelos de tela que es hermosa. Mis abuelos los usaban, mi papá los usa y afortunadamente mi hermano y yo los usamos. 

Los hostigadores lucen sus pañuelos descartables de papel orgullosos y plantean un debate, acusando a los pañuelos de tela de ser antihigiénicos, asquerosos y anticuados, entre tantos calificativos.

Algunos creen ganar la discusión al comparar los viejos pañales de tela con los pañuelos de tela. Les tengo una noticia: no sé si enteraron, pero no conozco a nadie que tenga caca en la nariz. Aparentemente las analogías no son la especialidad de este grupo.

Otra creencia que circula es que uno vive sonándose sobre su moco eternamente. Me cuesta tomar como válida esa combinación de palabras, ya que son personas que no tienen en cuenta que las cosas hechas con tela suelen lavarse, desde la ropa hasta las cortinas. En sus mentes, que harían enorgullecer a Torquemada, no hay espacio para pensar que los pañuelos de tela se lavan.

Sin embargo, puede resultar violento contestar de esta manera y por eso en una charla hace un tiempo preferí preguntarle a una persona que decía eso cuántos pañuelos creía que tenía yo. Me contestó diciendo dos o tres y ahí entendí que se acostumbraron a criticarnos sin pensar. Ya tienen las verdades absolutas en la cabeza y la venda bien ajustada sobre sus ojos.

Creo que el uso de pañuelos descartables es legítimo y respeto la opinión de quienes deciden fomentar la tala de árboles y gastar plata permanentemente para limpiarse la nariz . El pañuelo de tela es confiabilidad, seguridad, rendimiento, lealtad, compañerismo y ahorro. Es sentimiento. El pañuelo descartable es usar y tirar.  

Lo que me cuesta entender es la intolerancia y la agresión. Hay algo que secretamente nos une a quienes usamos pañuelos de tela, algo que el resto de las personas no comprende y, como decía aquella canción, muchas veces tenemos que “enfrentar caras de gente que no entiende y que con burlas justifican su ignorancia”.

Nosotros no juzgamos. Los que usamos pañuelos de tela disfrutamos. Nos reímos ante los cuestionamientos de personas que quizás pueden pasar un día entero sin sonarse la nariz y no conciben que alguien lo tenga que hacer varias decenas de veces, no pueden ponerse en el lugar del otro. Estas agresiones lo único que hacen es reforzar el lazo sentimental que tenemos con nuestros pañuelos. 

Hace poco Pitta, un gran amigo que usa los de tela, me contó que soñó que tenía que ir al hospital porque tenía un moco gigante y que un médico se lo sacó con un pañuelo de tela que tenía en el botiquín de elementos quirúrjicos. Cuando le daban el alta, justo antes de despertarse del sueño, le dijeron “con pañuelos descartables te morías”.

A ese nivel llegan los verdaderos sentimientos y es otro tema que les cuesta entender, por eso voy a profundizar. En una reunión, cinco compañeros de trabajo me atacaban por usar pañuelos de tela (y por la cantidad de comida que había comido, pero eso es para otra historia). En medio de los ataques, pregunté si nunca alguno había usado un pañuelo de tela. Ahí una de ellas, con una gran sonrisa, dijo “de chica tenía uno blanco con muchas florcitas”. No desperdicié la chance y le dije “nunca un pañuelo descartable te va a generar una sonrisa así, un sentimiento así”.

13 nov 2012

Antihéroe anónimo


                   "...para cerrar un ojo y ver cuántos cuernos tiene el diablo..."
                                                        
Él fue a tomarse el colectivo para ir al trabajo, como todas las mañanas. Al subir, vio un asiento libre en la fila de cinco asientos del fondo. Se sentó y a su derecha, justo en el asiento pegado a la puerta, había una adolescente que seguramente iba al colegio. A su izquierda había un hombre y enseguida advirtió que miraba hacia él de manera extraña.

Tras unos segundos de incomodidad, pensó en decirle algo. Luego notó que el objetivo de las miradas era la chica que estaba a su derecha. Él se sintió incómodo y vio que el hombre tenía algo de metal. Era plateado, alargado y desconocido, como una bombilla gruesa y enorme, de unos 30 centímetros, que sostenía con una especie de tela negra que usaba para llevarla por el mango el metal, si es que era un mango.

Ella seguía en su mundo, sumergida en su celular y levantando la cabeza de vez en cuando para no pasarse. El hombre, que parecía algo desequlibrado, se cambió de asiento. Fue al último de la fila de uno y desde ahí miraba a la chica mientras hacía movimientos entre grotescos y violentos, complejos de describir.

Para cruzarse de piernas, agarraba su zapatilla izquierda y la ponía sobre su muslo derecho, sosteniendo siempre la zapatilla, como si eso le impidiera caerse. Luego se restregaba la cara como alguien que se acaba de despertar, pero con una violencia inusitada. Todo esto alternando miradas hacia la chica, que lejos estaban de ser furtivas. Miraba fijo durante varios segundos. 

En un colectivo todos desconfían de lo posible, de lo casual, de lo previsible, como por ejemplo de un encuentro fortuito, y mientras tanto esperan que lo imposible suceda. Él empezó a pensar en qué pasaría si los dos se bajasen en la misma parada. ¿Qué le correspondería hacer? ¿Era un loco, un violador o sólo un tipo raro? ¿Y si de casualidad bajasen juntos él debía seguirlos?, ¿tendría que dejar que los hechos siguieran sus cursos?, ¿y si todos pensaron así y nadie se involucrara?, ¿y si se pudiera evitar?



Él seguía con los auriculares puestos, pero había parado la música para pensar en las múltiples hipótesis y en tratar de predecir su posible comportamiento, racionalizándolo para hacer lo que debía hacer, si es que llegaba el caso en que algo tenía que hacer.

El prospecto de desquiciado seguía mirándola y moviéndose de manera extraña. Ella no lo notaba. Luego de pasar Chacarita ella se levantó y tocó el timbre. Él miró al que ya en su cabeza era un loco con todas las letras y no le vio hacer ni un movimiento. Qué bueno, pensó, no tendría que tomar decisiones de las que seguro se arrepentiría (ya que en el fondo sabía que iba a seguir su viaje).

Apenas ella puso un pie en el cemento, el loco con el metal plateado en la mano se levantó, bajó apresurado y caminó en dirección hacia ella. Casi con el colectivo arrancando, él se bajó insultando en voz baja al hombre por no haber caminado hacia otro lado y sintiendo miedo, sorprendiéndose a sí mismo por haber bajado.

La adolescente caminaba tranquila. El loco aceleraba el paso. Él intentaba redoblar la marcha del loco, mientras veía que se iba acercando a ella. Los tres doblaron en la esquina, separados por un metro de distancia. Era la hora de la verdad para todos.

El loco miró hacia atrás mientras él pensaba que desefundaría ese indescriptible metal y entonces lo tocó en el hombro. El loco se detuvo en seco y por primera vez lo miró fijo a él, que tuvo terror al verse reflejado en esos ojos. Él le preguntó por una calle a la que ya sabía llegar y el loco le dijo que no la conocía y se dio vuelta casi al trote.

Estaba por alcanzar a la chica, cuando él volvió a tocar en el hombro al loco y le dijo que había viajado con él en el colectivo y que le parecía raro que no conociera una calle en la zona si bajó ahí. El loco le dijo “vos también bajaste y no la conocés, pelotudo”. Él no supo qué contestar y el loco retomó su marcha.

Vio que la adolescente, que se había distanciado de los dos, se detuvo y se quedó parada en la calle mirando hacia ambos lados, con cara de estar esperando a alguien y sabiendo que no llegaría.

El loco avanzó y él le tocó el hombro nuevamente. El loco le estaba por preguntar qué quería ahora, pero no pudo decir las palabras porque él le dio un puñetazo en la nariz que lo tiró al piso. Con la furia en sus ojos, el loco se levantó y se tiró sobre él. Ambos cayeron al piso e intentaba pegarse como podían. Todo era una confusión y se veía sangre chorrear, pero no se podía adivinar de quién era.

Mientras unos obreros de una construcción los separaban, él vio que la adolescente ya no estaba. El loco le pidió explicacionesm pero él se dio vuelta y tomó un taxi para no llegar tan tarde al trabajo. Se fue creyendo que era un héroe anónimo.