"La nada más hueca es ahogarnos en un charquito del
andén o perdernos, sí, o perdernos, una noche de estas".
Chacarita
Estaba en la estación esperando que llegase el tren. Ya
había sacado mi boleto por el costo de un peso y cuando empezó a sonar el
clásico ruido de la barrera bajando, que detiene el tránsito y anuncia que
viene un tren, me acerqué un poco a las vías mirando para Palermo, para ver si
venía el que yo esperaba. Efectivamente así era y mi camino a encontrarme con
unos amigos estaba empezando de la manera en que todo lo inesperado suele
empezar (o sea, previsiblemente).
Me subí por la mitad del tren, siguiendo un consejo que
me dieron sobre las tragedias en el transporte público. Me parecía que tenía
lógica y lo apliqué.
Entre Chacarita y La Paternal
Estaba viajando parado, pero en el vagón la mayoría de
las personas estaban sentadas. Me quedé al acecho, mirando permanentemente a
todos lados pero con disimulo, como si buscara algo diferente a un asiento
libre. Hacía mucho frío y una señora mayor estaba parada. Vi justo a un hombre
abrir medio ojo y al ver a la señora continuar su falsa siesta aferrado al
asiento. Por un momento lo detesté y pensé en intervenir, pero luego recordé
que muchas veces tuve ganas de hacerme el dormido y no lo hice, tal vez era
envidia y no un sentimiento justiciero, no lo entendía bien y entonces no
actué.
Entre La Paternal y Villa del Parque
Pude sentarme. Los vendedores ambulantes iban y venían en
un devenir ordenado que parecía que no se detenía nunca. Hasta eran armoniosos
cuando se superponían: uno trataba de vender hablando, mientras otro se
limitaba a ofrecer algo con la mirada y buscando gestos en las caras de los
potenciales clientes.
A veces los vendedores entorpecen mis observaciones y a
veces las agudizan. Quiénes son ellos para distraernos de nuestra apatía,
pensé. En mi indiferencia pude adivinar un resquemor sin fundamento, quién soy
yo para ignorar a alguien que diaramente se sacrifica tanto para ganarse la
vida, quién me creo que soy si le doy el mismo trato que en otros contextos me
parecería hostil. Los dos pensamientos se cruzaban y discutían en mi cabeza sin
que haya una idea ganadora.
Entre Villa del Parque y Devoto
Subió un hombre que vendía compilados musicales. Con su
equipo de música a cuestas y el sonido saturado, se paseó por el vagón gritando
algo inaudible.
A nadie parecía inquietarle o molestarle la música tan
fuerte. A mí tampoco, pero siempre el tren me genera un deseo irrefrenable de
observar las costumbres de los viajeros y en vano busqué una cara de fastidio.
Lo que sí vi fue mucho silencio, aunque más de uno cabeceaba siguiendo el
ritmo. El vendedor luchaba gritando sobre su música y parecía que iba a perder,
pero una mujer le compró un DVD, supuestamente con 198 canciones según pude
espiar que decía la tapa.
Entre Devoto y Sáenz Peña
El vendedor se fue. Un adolescente puso música desde su
celular. El volumen era fuerte, aunque no tanto como el que el vendedor había
usado recientemente para llenar de sonido el vagón.
Algunos pasajeros miraron al nuevo musicalizador. Eran
miradas que no decían nada, uno podría creer que querían quejarse y no se
animaban, pero no habría motivos lógicos de queja, nadie había dicho nada
frente al vendedor (ni lo habían mirado furtivamente).
Entre Sáenz Peña y Santos Lugares
Se escuchó el sonido de un envase de cerveza estallar
contra las vías del tren. Nadie se inmutó, exceptuando a un grandote barbudo
que parecía escritor y que negó lamentándose moviendo la cabeza de un lado a
otro. Argumentos a favor y en contra sobre este hecho me inundaron: un deseo
irrefrenable de calificar como delicioso ese estallido, pero también muchas
ganas de juzgarlo como inapropiado. Preferí pensar en otra cosa para no detener
el transcurso normal mi viaje. O tal vez al decidir pensar en otra cosa lo que
hice fue cambiar mi viaje.
El hombre de barba le gritó al muchacho que bajase el
volumen la música. No hubo respuesta. Se lo repitió reforzando el final de la
idea parándose y con un insulto violento que sonó muy suave. El silencio de
todos los que observaban y la cumbia que se negaba a ser silenciada produjeron
un contexto difícil de describir, algo así como una mezcla perfecta de
incertidumbre, peligro y belleza.
El adolescente le respondió que la gente quería escuchar
música y que por eso nadie le había dicho nada al vendedor. El hombre le pidió
(aunque pareció una orden) a la gente del vagón que dijera que eso no era
cierto. El muchacho apagó la música, se paró y gritó: ¿quieren pensar en sus
problemas o bailar? Otra vez nadie contestó. El adolescente subió el volumen de
la música y empezó a bailar en el tren, mientras que el otro gritó “quiero
escuchar a Bartok” y se bajó en Santos Lugares.
Entre Santos Lugares y Caseros
La gente que se subió no comprendía lo que pasaba al ver
al adolescente que incitaba
a bailar a la gente. Nadie amagó a moverse, pero él sacó a bailar a dos
mujeres.
Bailaban los tres y de repente se les sumaron dos
parejas. Pensé en ir a bailar pero sé que bailo muy mal, lo tengo siempre presente
y dudé. Mi cabeza se inundó nuevamente con las falsas dicotomías en las que
venía pensando y mi mente pareció nublarse. Un hombre mayor se levantó para
moverse. Pensar en algo no sirve de nada si no genera un cambio, una toma de
postura frente al mundo. Mis atolondradas pero rebeldes piernas decidieron que
me tenía que levantar.
Empecé a bailar en el San Martín como si eso fuera
normal. Un guardia dudaba entre intervenir o quedarse sonriendo. Se decidió por
lo segundo. Dos mujeres mayores se lanzaron al pasillo, que era la pista de
baile improvisada, con sus cuatro nietos (o al menos eso imagino) y tres
adolescentes más se incorporaron a la fiesta. En el vagón sólo quedó sentado un
hombre que dormía y una mujer que miraba a todos con desprecio mientras los
demás no notaban su mirada o la ignoraban, como hice yo. Todos desde la
estación Caseros miraban el vagón.
Entre Caseros y El Palomar
Nadie bajó en Caseros. Algunas personas corrieron para
poder subirse a ese vagón, aunque también hubo otras a las que el vagón les
frenó adelante y prefieron ir a otro o subir e irse velozmente. Una mujer
agarró mis manos y me dijo que tenía mucha actitud pero que me movía peor que
un muerto.
Mientras bailaba con ella no pude con mi obsesión.
Disfruté el momento pero necesitaba contar. Más de 25 personas estaban
moviéndose al ritmo de la cumbia. “Yo bajo en Palomar“,
dijo el que hizo con su celular una revolución cotidiana, de esas mínimas para
un observador y gigantes para quienes la viven. Se escucharon sonidos de
decepción y gritos de negación, todo el vagón empezó a pedirle que se quedara.
De El Palomar a Hurlingham
El adolescente se quedó, pero avisó que en la próxima
estación sí se bajaría. Afortunadamente el recorrido entre ambas estaciones es
uno de los más extensos. Las personas mayores se sentaron pero sonreían, aplaudían y hasta
gritaban un poco. Igualmente fueron reemplazados por nuevos pasajeros, que
preguntaron por qué la gente bailaba pero al no recibir respuesta muchos se
sumaron al baile (también hubo pasajeros que huyeron a otro vagón o que se
sentaron a mirar).
De repente volví a estar bailando solo. Había decidido
quedarme hasta que todo eso terminara. Sin embargo, el DJ espontáneo bajó en
Hurlingham mientras los demás lo aplaudíamos. Todos comenzaron a sentarse.
Nadie amagó con seguir musicalizando y entonces bajé del tren mientras los
pasajeros se seguían acomodando y un guardia movía los hombros como broma hacia
un compañero suyo.
El tren arrancó lentamente y lo corrí para darle una
última mirada al vagón. Ya nadie se miraba. Eran desconocidos. Era la amnesia
de nuevo. Eran olvido. En la próxima estación nadie sabría lo que pasó en ese
viaje imposible.