25 jul 2012

A tu lado se prueban la ropa que vas a dejar


                                  “…la indiferencia del mundo, que es sordo y es mudo, recién sentirás. Verás que todo es mentira, verás que nada es amor…”

El hombre de la imagen nació en Kenia. Desde pequeño no luchó contra nada de lo que en nuestro imaginario occidental uno puede imaginar que tuvo que luchar. Sin embargo, su historia es tan triste como emblemática.

Desde chico estaba preocupado por el tiempo fugaz que se escapa sin que uno lo advierta, aunque se consternaba más por ese tiempo que parecía no transcurrir jamás, que amenazaba con nunca pasar y así no cederle el lugar a otros acontecimientos.

Empezó a correr en la adolescencia y un viaje a Japón le otorgó la fortuna o la desgracia de entrenar con un subcampeón olímpico. Se destacaba en la mayoría de las pruebas y algunos aseguran que corría tan rápido para alejarse de sus fantasmas, esos que siempre terminan alcanzándonos, y quieren pintar el cuadro de un triunfador fracasado, de un genio incapaz, de un destino irrevocable.

En parte lo era, es innegable. Triunfador porque su carrera estuvo plagada de victorias y fracasado por no disfrutarlas. Genio por correr en el año 2007 su primera maratón y ganar sólo un año después la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Pekín. Incapaz por no entender de los caminos a los que había escapado. Los amantes de los lugares comunes aseguran que esto último fue lo que hizo que en realidad nunca pudiera salir de esos caminos, pero hay algo que pretende esconder esas imágenes reduccionistas.

El exitismo y el morbo de la sociedad alimentado por la lógica de los medios de comunicación hicieron que se conociera la peor cara de Samuel. Apenas había cruzado la meta y elevado los brazos al cielo, ya se especulaba con si sería capaz de repetir la hazaña cuatro años más tarde. Se empezó a conocer su tormentosa mentalidad y su inestabilidad cotidiana. Fueron construyéndole muros a su alrededor. Sus amigos, su equipo de trabajo, su familia y su país.

De casualidad, en la laberíntica Buenos Aires, en una reunión a la que fui pensando en que no debía ir bajo ningún punto de vista, mi amigo brasileño Gerzinho me comentó que había un amigo de un campeón olímpico. Mi curiosidad se impuso y empecé a conocer esta historia. Me contó, en una mezcla de inglés y español que hace que lo que sigue puede estar tergiversado, que nunca supo si Samuel se dejó encerrar o si estaba pidiendo a gritos que lo encierren.

No sé si me mintió, pero si lo hizo tuvo la suficiente sensibilidad como para decir lo que yo esperaba escuchar. “Una vida para un rato, eso te mata, eso lo mató. Si no ganás no sos nada. Si ganás tenés que ganar de nuevo”, me explicó lamentándose al final de la charla. Después de unos segundos de silencio dijo, aunque no sé si me hablaba a mí o a quién: “Ganar, ganar y ganar” (el último ganar lo imaginé, fue inaudible).

Empezó a salir cada vez menos de su casa y por eso la presión sobre él aumentó. En la televisión decían que no se entrenaba y su entrenador, al borde de un ataque de nervios, me contó su amigo que pedía entre gritos y amenazas que alguien haga algo porque caminaba por la cornisa, que iba a ser el hazmerreír.

Alguien hizo algo. Fue Samuel. Agarró su auto y lo estrelló contra una pared. Nunca se supo si él estaba o no en el auto al momento del impacto, pero ya no necesitaba darle explicaciones a nadie para no salir de su casa, donde guardaba esa medalla dorada que mostraba casi con desprecio, algo que resulta tristemente entendible.

A cada uno que pudiera le contaba que él no quería competir en Pekín, que lo obligaron. Nunca quiso decir quién o qué. El infinito y la eternidad se pueden alcanzar en un segundo o se puede pasar la vida persiguiéndolos y fracasando. El tema es que cuando uno lo busca no sabe si el infinito y la eternidad serán buenos o malos, eso aparentemente nunca lo puede decidir el buscador.

Se transformó en un ermitaño, mientras crecían las dudas sobre su participación en Londres 2012. Lo encontraron muerto hace algo más de un año. Las versiones se cruzan y nadie pudo darle una muerte digna, con la verdad. Esa verdad que todos sabían: le regalaron nafta a un pirómano, pero nadie se hizo cargo de que se incendiara.

¿Se suicidó o lo mataron? Nadie lo sabe y a nadie le interesa. La única certeza mediática, o sea que puede ser quizás la mayor falacia, es que su esposa lo encontró en la cama con otra mujer el día que lo hallaron muerto. Cuando se iba de la reunión, su amigo me contó que no fue así, que ya estaba separado, que estaba solo. No le pregunté cómo lo sabía, me parecía que no tenía manera de saberlo si él ya estaba en Buenos Aires en esa época. Preferí no preguntarle y que fuera una sombra más camuflada entre tanta oscuridad.

En unos días empiezan los Juegos Olímpicos. Nadie hablará de Samuel y de tantos como él, quizás sin tanta notoriedad o talento. Parece que todo va a salir bien eternamente y en el olvido quedarán las personas preparadas para un mundo que aún no existe.

2 jul 2012

La insoportable brevedad del ser

"Ni leí nada de Kundera para comentar con vos"

Una sola palabra se puede apropiar de tu cuerpo. Te puede esclavizar o liberar. Te puede oprimir, hacerte sentir ínfimo o generar una sensación hermosa: sentir que tu cuerpo te queda chico, desbordar.

Una sola palabra, varias, una frase, una oración, un párrafo o una charla entera. No importa cuánto, para todo aplica. Depende quién dice esa palabra. Depende cómo se dice esa palabra. Depende de cuál sea la palabra que vos esperás, la que quizás buscás desde que naciste o a lo mejor esa que te encuentra cuando ni sabías que existía.

Quizás efectivamente la palabra no existe. El otro día alguien dijo “me siento bien en este ámbitat”. Ya estaba por disculparse, pero la paré a tiempo y le dije que esa mezcla de ámbito y hábitat describía a la perfección lo que yo sentía al estar en esa reunión con gente tan querida. Claramente no es una palabra anhelada, pero sirve a modo de ejemplo en este vacío intento de reflexión que pretende verbalizar lo que sólo se puede sentir y que ya por eso está condenado al fracaso.

La palabra equivocada dicha por alguien que está en lo cierto. La palabra verdadera dicha por alguien que no sabe que está en lo cierto, que cree que nunca lo estará. El equivocado creyéndose dueño de la palabra que dice y sin saber que la palabra en realidad es un error para el otro. El acertado que no dice por saberse equivocado o por temor a estarlo. Y la palabra que va y viene, puede ser la misma o no, pero siempre es parte de un deseo, incluso del deseo de no desear.

Todos tenemos algo prohibido en esta vida. Algo que desconocemos que tenemos prohibido. Para cada persona puede ser diferente. Y si supiéramos que lo tenemos prohibido y que será una batalla que siempre terminará en derrota, igual pelearíamos hasta que la derrota sea real y no meramente discursiva.

Esas prohibiciones no tienen origen ni fin, como la imagen que acompaña a estas palabras. O el principio y el fin se confunden, se mezclan, son casi lo mismo. Tengo graves problemas para llegar a los principios. Los finales son más fáciles, vienen solos, ya sean planificados o inesperados (lo que en otras palabras quiere decir que lo planificó alguien que no soy yo). Es más, me cuesta tanto llegar a los principios que lo primero que escribí fue el párrafo final, mientras trataba de encontrar ese principio y la multitud de principios que aún sigo buscando.

En esa demora entre mis principios y mis finales, o entre los principios y los finales no queridos, la envidia me invade. Yo quería escribir sólo tres párrafos. Hay que gente que puede ser breve. Sea con hechos, con miradas o con palabras.

También están los que encuentran, sin saber que lo encuentran, un placer oscuro y peligroso en pensar sobre todo y en no hacer nada. Un placer de autodestrucción lenta, cotidiana, imperceptible, gota a gota hasta ahogarse en un mar que luego aseguran que los sorprende, que no entienden cómo se formó.

Algunos dicen que somos las palabras que decimos, quizás esos sean los que pueden ser breves. Otros creen que somos las palabras que nos dicen, tal vez esos sean los otros que nombré. En cada palabra hay vida y muerte. Cada palabra nace y muere casi al instante, nace al decirse, muere al terminar de decirse, pero muere como tributo, muere como celebración de la palabra que está por nacer y entonces cada palabra es un renacimiento perpetuo y a la vez una muerte sin fin.

Creo que para los otros somos las palabras que decimos, pero en realidad nosotros no somos las palabras que nos dicen. Somos las palabras que no nos animamos a decir.