Estaba en
Palermo, en un clásico shopping. En un negocio quise ver algunas cosas. Tuve
que esperar que saliera una pareja para que la puerta quedara liberada y
entrar. Ella le contaba a él que estaba muy contenta con la mochila que
había comprado.
Ya en el negocio, empecé a mirar algunas mochilas. Rechacé gentilmente a la
vendedora que me ofrecía su ayuda.
A los pocos minutos entró la pareja que vi salir. Ella sacó una
mochila rosa de la bolsa con la marca del negocio y dijo que la quería cambiar,
que se había arrepentido y que quería llevarla en otro color. El vendedor le
contestó que no había problema, que eligiera otra.
Ambos caminaron unos metros hacia donde yo estaba mirando mochilas. Rápidamente ella eligió una
celeste y verde. Él le preguntó si iba a llevar la misma pero en celeste y
verde. Ella le dijo que sí y le aclaró que no quería llevar los mandatos de
género en la espalda. Mientras ella explicaba, él le pisó la punta del dedo
gordo del pie. Era para que los dos pudieran usar la mochila.
Se acercaron a la caja y pusieron la mochila en el mostrador (no
sé quién la apoyó), el vendedor pasó el código de barras de la etiqueta por el
dispositivo y entonces todo empezó.
-Esta mochila cuesta tres pesos menos que la que estás devolviendo.
-Qué raro, si es el mismo modelo, sólo
cambia el color.
-Sí, pero cuesta tres pesos menos.
-Bueno, perfecto, devolveme los tres pesos y
nos vamos.
-No, no te puedo devolver los tres pesos.
-¿Cómo? – dijeron casi a coro y sorprendidos.
-No puedo, cuando hacés un cambio tenés que
llevar algo del mismo valor o algo de mayor valor y pagar la diferencia. No
podés cambiarlo por algo que cuesta menos.
-No tiene sentido eso.
-Sí tiene sentido, es nuestra política de
cambios.
-Bueno, cancelá la compra, pasaron unos
minutos, cancelá la compra y tomá esto como una compra nueva - dijo él,
entendiendo perfectamente que la batalla era más simbólica que económica. En un
momento me miró, yo no me reía ni hacía ningún gesto, pero él me sonrió.
-No puedo cancelar la compra, esto es un
cambio y no una cancelación.
A él se le borró la sonrisa con esa respuesta y estaba por
contestar algo que hubiera sido muy lindo de escuchar, puso cara de lanzar uno
de esos insultos elaborados y antológicos pero ella se apuró y dijo:
-Bueno,
quédense con los tres pesos y listo.
Dieron unos pasos hacia la puerta, pero el vendedor
levantó la voz:
-No se pueden ir, no los puedo dejar ir
porque es como si les estuviera robando la plata.
-Pero si compramos otra cosa también nos vas
a estar robando plata y eso no te da culpa. Nos vamos igual.
-No van a poder, no le saqué la alarma a la
mochila.
Ellos se acercaron al mostrador. Tenían una mirada incrédula,
imaginé que debían sentirse en un cuento de Kafka y que probablemente estarían
pensando en que nunca iban a poder irse de ese negocio. Bueno, quizás exageré,
pero era una mirada extraña.
Discutieron mucho sobre si podían o no irse
del negocio, sobre la libertad, sobre llamar a la policía, lo más gracioso fue
ver que el vendedor sentía que la pareja estaba siendo muy injusta con sus
planteos y les pidió que no le falten el respeto.
Él fue el primero en hablar:
-¿Vos me estás jodiendo?
-No, son así nuestras políticas.
-A mí qué carajo me importan tus políticas,
devolvenos los tres pesos.
-Sí, no vamos a comprar nada más.
-Van a tener que comprar algo o sino van a
tener que irse con la mochila rosa.
Quizás dos minutos antes la alternativa de la mochila rosa no
sonaba tan trillada, pero a esa altura era como abandonar una batalla en el
medio y eso deja siempre un vacío imposible de llenar, esa sensación de no
saber si se iba a ganar o si se iba a perder porque la rendición fue prematura.
Se decidieron a mirar un rato y yo, mientras seguía viendo las
mochilas, los relojeaba. No sé por qué, no me interesaba tanto, había una
mezcla de todo en la situación: había comedia, había morbo, había terquedad,
había deseos, hilando fino estaba la cara del pueblo contra la cara de una
corporación, dos realidades conviviendo tan alejadas pero a la vez tan
encontradas como uno con esas palabras que todavía no fueron inventadas pero
que usamos igual.
Ella eligó un par de medias y cuando fue a la caja el vendedor le
indicó que costaban 34 pesos, por lo que tenía que pagar 31 pesos. Él estaba al
borde de la indignación. Ella mostraba una mezcla de incredulidad y
desesperanza. El vendedor se lucía impoluto, frío, casi orgulloso.
Él preguntó qué era lo más barato que podían comprar en el
negocio. El vendedor pensó un momento y les dijo que los silbatos costaban seis
pesos, pero aclaró:
-Son de plástico, la calidad no es muy buena.
La pareja se miró y se rió. No le contestaron y le dieron tres
pesos más al vendedor, que validó los códigos del silbato y la mochila de dos
colores, y se fueron del negocio. Yo también me fui, necesitaba
pensar bien de qué color quería la mochila y en esta nueva derrota cotidiana
del sentido común.