21 may 2012

¿Qué fue de la vida de Dee y del mundo que compartimos? Parte I




Dee estaba muy contenta de conocerme. Era morocha, creo que de ojos claros, tenía una buena sonrisa (no era una linda sonrisa) e iba al colegio vestida como imagino que yo hubiera ido vestido a un colegio privado. Su segundo nombre era Louise. Había cumplido trece años en 1996 y vivía a orillas de un río en un pequeño pueblo llamado Ynysybwl, en Gales. Era un lugar pequeño pero con gente muy amigable y hermosos paisajes.

Donde ella vivía, convivía con lo que podría llamarse vida salvaje, ya que las astutas ardillas, los tiernos conejos, los fieles caballos y los engañosos patos estaban por todas partes. Su familia amaba a los revolucionarios gatos y por eso tenían tres. Su hermana tenía dos conejos y una cantidad de peces tropicales mayor a treinta y menor a cuarenta. ¡Qué bien que explicaba los motivos por los cuales no sabían el número total! Intentar reproducir la explicación sería sacarle la magia que tiene en mi cabeza porque nunca podría igualarla, así que prefiero omitirla. A veces es mejor guardarse los recuerdos.

Dee iba a la escuela en Pontypridd y le gustaba mucho jugar al fútbol y nadar. También disfrutaba de la lectura y su pasión eran los libros de misterio. A ella le gustaba salir a bailar con sus amigos.

Ella es el recuerdo de un mundo que ya no existe. En mi corazón representa un lugar perdido que la próxima generación no podrá encontrar y la que le sigue pensará que fue un invento y que ni vale la pena buscarlo.

Dee era la amiga por correspondencia que me habían asignado en un curso de inglés cuando tenía 12 años, era mi “penfriend”. Yo estaba empezando el secundario, tenía un indescriptible fervor por Independiente, todavía no sabía qué era Black Sabbath, tenía muchos sueños que ni siquiera había soñado y ya había tirado a la basura mis primeros cuentos (no sé si enorgullecerme por eso o avergonzarme por los que algunos años después no me animé a desechar).

Cambiamos varias cartas y hace pocos días, de casualidad, me encontré con una que había guardado. Puedo apostar a que ella no tiene mis cartas. Había olvidado que Dee existía, había olvidado esos relojes que no marcaban las horas, había olvidado la posibilidad de escribir una carta y la libertad que se sentía, que de todas maneras es muy inferior a la que se siente al escribir en el Word o en un mail (desconfíen de las personas que escriben y explícitamente denostan al mail).

La fascinación, lo inconcebible, lo impensable: gracias a un instituto de inglés y a unas semanas de espera, podía contactarme con alguien de otro mundo. Porque Gales era otro mundo. En mi mente era té en la Patagonia, bronca con Inglaterra, el fantástico Ryan Giggs y una letra de más en el apellido del personaje principal de El Mago de Oz. 
Gales para mí era lo mismo que Colonia Vela, eran laberintos infinitos que podían recorrerse sin siquiera advertir que eran laberintos. Hoy al correo van los que renuncian, los que tienen que mandar encomiendas, hacer trámites precarios y las personas que no envidio.

Tengo un amigo al que no sé definir si como genio o como loco. Es un lugar común así que no me extiendo. Es amante de las discusiones y cada vez que se arma algún debate que parece existencial, pero que en realidad es completamente estúpido, recuerda un episodio de Seinfeld donde uno de los protagonistas compra un auto porque perteneció al actor Jon Voight, para tener siempre a mano una historia interesante para contar, y luego discuten si el nombre era John o Jon sin h. A mi  amigo le gusta pensar en cómo era esa época y en cómo hoy eso se resuelve en dos segundos.

Quince años después, Dee sigue sonriendo desde la foto que me mandó. Pero la sonrisa de felicidad parece haber mutado. Ahora casi que sonríe como La Mona Lisa. No alcanzo a vislumbrar si me sonríe nostálgicamente al pensar en el mundo sin distancia ni tiempo que hoy compartimos desencontrados y compararlo con el mundo de poéticas lejanías indescriptibles que supimos disfrutar. O tal vez sea una mueca que desborda ironía al verme escribir estas palabras y pensar que somos los mismos de siempre pero con nuevas tecnologías.

 ¿Seguirá viviendo en Ynysybwl? ¿Habrá estudiado? ¿Será oficinista, rockera y drogadicta? ¿Será una aburrida empleada pública que mira la vida pasar? ¿Está en camino a cumplir sus sueños o habrá olvidado sus sueños por el camino? No consigo descifrarla, reinterpreto sus cartas pero no puedo saber qué fue de la vida de Dee y de aquel mundo que hoy parece tan lejano. 

Necesito saberlo, así que voy a buscar la manera de encontrarla. Pensando en el mundo en que vivimos, no es muy difícil imaginar cómo lo voy a hacer. ¿Pero cómo me presento? ¿Qué le digo? ¿Tengo que presentarme y definirme en dos renglones para que a ella realmente le interese mi propuesta? ¿O la sorpresa de un habitante de un mundo que ya no existe y que disfruta del mundo actual será suficiente? ¿Le miento y le digo que me acordé de ella por el personaje de una serie que acontece en Philadelphia? ¿Le digo que siempre la recordé? Quiero contactarme con ella para entender. Esta historia no termina acá, pero por el momento no sé cómo sigue.


7 may 2012

Anhelo de espejismos




Iba todos los días por ahí. Él la esperaba, pero le hacía creer que era un encuentro azaroso y la acompañaba en su camino, unas breves cuadras hasta llegar a su trabajo. Al principio los encuentros duraban poco, se le acercaba y luego se alejaba. Iba tratando de conocerla gradualmente, al comienzo la seguía desde lejos y se aproximaba por segundos. Después la distancia se fue acortando y la espera a ella no le parecía tan espontánea, aunque seguía aceptando su compañía furtiva sin dar vuelta la cabeza (aunque sentía su presencia).
Ella subía al tren San Martín en Sol y Verde. No le importaba si sentaba o no. Era de esas mujeres que podrían viajar en el estribo pero decidían no hacerlo. Era de esas personas que miraban a los ojos a los vendedores ambulantes y no podía comprarles nada aunque quisiera. Era de esas que movían levemente la cabeza al son de la música de un celular ajeno y de las que no se alarmaban con un estruendoso y casi dulce estallido de vidrio en las vías.
Lo único que él sabía con certeza de ese viaje, que para él no tenía comienzo, era el destino: la estación de tren de Chacarita, en el barrio que más conocía, el lugar que lo había visto nacer y crecer en sus calles acogedoras, donde siempre encontraba una mano amiga circunstancial para poder subsistir. Lo único seguro en su vida era que alguien iba a aparecer, nunca se sabía quién, cómo, cuándo ni dónde. Tal vez por eso cuando empezó a ver que ella tenía una rutina que se cruzaba con su camino empezó a pensar que quizás había algo más para él, algo desconocido, inquietante y al mismo tiempo anhelado que tendría que tratar de descubrir.
Él de chico supo lo que era el amor, pero luego la vida le presentó a las tragedias y a la soledad compartida. Con el tiempo fue curándose u olvidando, que son casi sinónimos. Él no recuerda las primeras veces que la vio. Para él, el primer día que la vio fue cuando notó que la veía pasar siempre y sintió todo el aire rodear su cuerpo. La miró pasar y se calmó, sin entusiasmo, podía ser una confusión, era mejor esperar para ver si efectivamente ella pasaba por ahí y no era un desvío casual o una trampa de su mente. Cuando pasó al día siguiente, él no se atrevió a mirarla fijo y paseó su mirada por ella como si de mirar al sol se tratara. 
Pasaron varias semanas hasta que se animó a seguirla. Fue clave una sonrisa que ella le regaló. Sin importar cómo estuviera el día, él la esperaba. No tengo la capacidad de poder describir la alegría que él sentía al verla, quizás le daba la seguridad que nunca había tenido, a lo mejor le hacía pensar en otras vidas posibles, tal vez simplemente le daba una anécdota para contarle a sus compañeros en la plaza.
La seguía de cerca y empezaron a intercambiar miradas y ella cuando estaba de buen humor le hablaba con ternura, le hacía preguntas. No todo era tan lindo para él, también ella solía estar apurada y algunas mañanas le gritaba o lo ignoraba completamente. Él se preocupaba porque ella lo conociera de a poco, para ver si podía lograr una mejor vida en su compañía.
Un día todo cambió, pero cambió de la peor forma, como cuando se anuncia primero que algo cambió y luego se explica el cambio. Mutuamente se habían ganado cierto merecido cariño, pero una mañana ella y él se equivocaron por no saber entenderse. Ella llegó más tarde, mucho más tarde. Él estaba esperando, bajo la lluvia, la misma atención de todos los días. Ella casi que corrió al trabajo, él la corrió detrás y le bloqueaba el paso juguetonamente. Una barrera se cruzó, un límite de los que no se vuelven. Todavía lo recuerdo con dolor, lo recuerdo como si nunca hubiera pasado, como si en realidad mi imaginación hubiera completado el vacío. Se le hacía tarde para el trabajo, entonces ella lo agredió y él emitió un sonido que mezclaba incredulidad y queja. Él la dejó seguir y ella se fue al trabajo sin mirar atrás, insultándolo.
El fin de semana ella tuvo que trabajar y no lo vio en la estación, pero no le sorprendió. Él ya había entendido la frecuencia de su recorrido, su rutina nada secreta pero que a él le costó descifrar mucho, incluso pasó varios fines de semana esperando en vano hasta aprender un poco lo que es el tiempo (sabía desde siempre lo que era el espacio).
Llegó el lunes y ella había pensado en él, esperaba verlo y que con una mirada todo fuera como al comienzo, sin la necesidad de que haya un pedido de disculpas de por medio. Cuánta culpa sentía, hasta se la veía caminar con remordimiento y podría decirse que casi arrepentida de no haberse arrepentido aquel día y en ese preciso instante.
Ella trató de seguir con su rutina. Sin embargo, algo le faltaba a su vida. Empezó a pensar cada vez más en esos momentos furtivos compartidos. Los recuerdos no le servían, no le alcanzaban. Nunca sirven los recuerdos cuando los errores son frescos y se podrían haber resuelto con simpleza. Es el paso del tiempo y la inmovilidad lo que los complejiza.
Tenía la costumbre de llegar apenas tarde a todos lados, así que no podía dedicarle tiempo a buscarlo en sus apuradas mañanas. Pero al ser golpeada por su ausencia, después de cada día de trabajo recorría Chacarita buscándolo, aunque sin saber qué le diría si lo llegaba a encontrar. Confiaba en que en el esperado momento la espontaneidad le jugara a su favor.
Hacía mucho que no se sentía tan frustrada. Hasta parecía una frustración exagerada por momentos, a veces hasta daba un poco de gracia ver cómo la quería esconder y no podía porque miraba, miraba y miraba intentando encontrar lo que ya había perdido. Es muy triste perder algo sin saber que uno lo ha perdido, que ya no es y nunca volverá a ser, como cada momento diario que se nos escapa de las manos sin siquiera pensarlo. Es que si lo pensáramos sería más difícil todo.
Entre que bajaba del tren y llegaba a su trabajo no existía nada más. No había trenes, andenes ni terraplenes. No había personas, no había autos, no había miradas, no había bocinas, no había cemento, no había empedrado. Sólo había una búsqueda. Él sabía su camino, si no había vuelto era una elección, pensaba para convencerse a sí misma de olvidarlo, pero era en vano. Ahora le pediría perdón de rodillas, le diría que quisiera volver el tiempo atrás, no haber hecho nunca lo que hizo, quería invitarlo a Sol y Verde a vivir con ella.
Al principio la angustia la molestaba, le estorbaba. Luego la inundaba. Finalmente la ahogaba. Empezó a llegar tarde al trabajo para tener más tiempo durante el día para buscarlo. Parecía una historia de cuentos olvidables en los que suele pasar lo que todos creen que va a pasar: en el momento de mayor tristeza y arrepentimiento aparece la luz al final del túnel, junto con algunas frases hechas que terminan la historia.
Ella lo encontró. En uno de sus recorridos matutinos, ignorando los llamados de atención de su jefe (y los llamados al celular), lo encontró. Estaba en un parque muy cerca del cementerio de Chacarita. Ella se quedó contemplándolo y él todavía no la había visto. Ella pensó en qué decir y se dio cuenta que lo mejor era no decir nada y correr hacia él. Él se dio vuelta al escuchar el golpe de las zapatillas de ella en el cemento. Cuando ella estaba por abrazarlo, él la mordió.