17 ene 2012

Un buen par de ojos de vidrio

… y tu mirada tiende a mejorar, las nuevas supersticiones…
Cada persona tiene una cuota de locura dentro suyo. Esta locura se puede expresar de infinitas maneras. Hay formas sanas y divertidas de expresarla y también hay de las otras, de las que asustan.


Hace pocos días me tomé un taxi para volver de un cumpleaños. Había pensado en esperar el 92, pero la ambición me duró menos de un minuto al ver un taxi libre. Subí al auto y, tras el cordial saludo de costumbre, le dije mi dirección.


El taxista, mirando al frente, me dijo “estás mal vestido”. Yo veía su pelo y algo me resultaba familiar, sentía conocerlo pero más sentía que era uno de esos contextos descontextualizados donde nos cruzamos gente que se equivocó de lugar y nos cuesta reconocer (o quizás no admitimos que nosotros somos los equivocados).


Por supuesto que interpreté su afirmación y juicio estéstico de manera literal. Entendí perfecto las palabras pero no me cerraba lo que había dicho. Preguntar exclamando “qué” suele ser más para ganar tiempo o si efectivamente no se entendió lo que a uno le dijeron. Pero no podía usarlo en este caso, yo había entendido, así que tímidamente le pregunté: ¿cómo?

–Estás mal vestido –repitió con mayor firmeza.

–¿Por qué? –ya no podía esquivar el bulto.


El viaje recién estaba empezando y casi instantáneamente, mientras tomaba Honorio Pueyrredón, llegó la segunda sorpresa de la noche.


–Estás de negro, el negro atrae a los demonios, te va a ir siempre mal si te vestís de negro, las personas que se visten de negro se enferman, los espíritus malignos las buscan.


No le había visto la mirada y tenía terror de que se diera vuelta y en vez de ojos tuviera dos agujeros negros y me gritara “te vine a buscar”. Por primera vez en mi vida creí en monstruos reales (los de los sueños no se cuestionan), pero me tranquilicé pensando que no le habrían dado el registro de manejar a un monstruo. Habían pasado pocos segundos desde que había subido y no se me vino a la mente ninguna excusa coherente para bajarme (ahora pienso en catorce), así que le seguí la corriente.


–¿Cómo hay que vestirse?

–De blanco, el blanco es la pureza, los ángeles que te cuidan. Una vez le dije a una amiga que vaya al hipódromo vestida de blanco y ganó 5000 pesos.


Esperaba una risa de su parte y que me dijera que me estaba jodiendo, mi cara debía expresar muchas cosas pero no me miré en el espejito y menos me animé a tratar de verlo a él. No se reía, era de verdad esto.


–Andá de blanco al hipódromo, haceme caso.

–No, no me gusta apostar. Además pierde sentido apostar a lo seguro, sin riesgo no hay apuesta.

–Bueno, no importa –realmente no le importaba lo que yo decía– un día salís con una chica, vas al casino, ponés 50 pesos al 24 y te ganás diez mil pesos.

Seguro creyó que al cambiar el hipódromo por el casino me iba a convencer. No quise insistir en mi oposición a las apuestas y me quedé callado con la falsa esperanza de que el momento raro hubiera terminado.

–¿Me estás prestando atención? Esto te puede cambiar la vida.

–Sí, claro.

–No parece.

–Sí, el negro atrae a los malos.

–No, no es sólo eso, no es tan simple. Es importante. Ya vi tres personas mal vestidas hoy.

–¿Con o sin mí? –perdido por perdido, seguí el juego con voz temorosa, total ya estaba casi a mitad de camino.

-Sos el cuarto. El otro día subió un pasajero y me contó que tenía pesadillas… y al final hablando me dijo que dormía de negro, claro.

–Claro –contesté mientras me esforzaba por pensar en otra cosa o en encontrar un tema para cambiar la conversación. Estaba sin ideas y los nervios me jugaron una mala pasada.


Ya estaba cerca. Al llegar lo hice parar en la esquina, así no dejaba lugar a que los demonios del taxi me acompañasen a mi casa. El reloj marcaba 17,40, un viaje corto puede decirse. Le pagué con 20 pesos. El taxista agarró el billete y me devolvió tres de dos pesos.


–No, me tiene que dar 2,60 de vuelto –le dije.

–No importa, tomá seis –me respondió terminante.

Estaba medio de perfil, pero los dos mirábamos hacia abajo, nuestras manos se contemplaban con extrañeza. Las de él eran algo grandes, pero normales. Las mías son algo normales, pero grandes.

–No, no es el vuelto que me tiene que dar.

–Bueno –dijo resignado mientras revolvía su riñonera. Sacó una moneda y me dijo “tomá cinco pesos”. Tenía que haber agarrado los dos billetes de dos y la moneda y salir corriendo, pero hay cosas que no puedo controlar y me volví a negar repitiéndole que el vuelto era 2,60. El taxista se rindió y me dio lo que me correspondía.

–Gracias, suerte y buenas noches –lo saludé.


Cuando traté de abrir la puerta, el seguro no subió. Intenté dos veces más rápido y cuando iba a decirle que la puerta estaba trabada me dijo “sacate la remera y dámela, vas a ver que las cosas mejoran, en serio te digo”. Todo mi cuerpo se puso tenso, como si un gigante lo apretara en su mano con un único y displicente movimiento. Iba a decirle que las cosas me iban bien, tratar de razonar con él para salir de alguna forma, pero me desesperé y de un codazo traté de romper el vidrio. Obviamente no pude y a mi cabeza vino esa canción que dice “mi única fuerza es la fuerza de la gravedad”. En ese segundo en que le di un golpe al vidrio y no pude romperlo me imaginé despertando en un hospital o en la calle tirado, en el mejor de los casos, pensando en cómo contaría lo que me pasó si es que alguna vez podría hacerlo. Sin embargo, el taxista me dijo “bueno, no te pongas loquito, si no me querés dar la remera te jodés vos, ignorante”. Destrabó la puerta y enseguida bajé. Cuando estaba por cerrarla, en una mezcla de saludo y advertencia, me dijo “nos vemos pronto, hombre de negro”.


Apenas había dado unos pasos y pensé en por qué ese loco había dicho “pronto”. Si hubiese dicho “nos vemos” era una anécdota más y segundos después hubiera borrado de mi cabeza todo lo que pasó, pero agregó la palabra pronto. Miré hacia atrás y el auto no había arrancado, él me miraba de una manera aleccionadora, con ojos que no veía pero imaginaba amenazantes, y no quise entrar a mi edificio hasta que se fuera. No se movía. Es muy fácil matar monstruos en los sueños, pero nunca supe qué hacer con los reales.


Es complejo hablar de algunas sensaciones sin poner ejemplos. Yo tenía un miedo incomparable. Un miedo único, singular, físico y mental. Este miedo no era ni siquiera comparable con ese miedo efímero que sentí cuando fui víctima de una víctima que amenazó con acariciarme el estómago con un reluciente tramontina si no le daba mi celular. Este nuevo miedo era infinitamente superior, en mi cabeza estaba el inabarcable temor a que nunca en la vida se me fuera esa sensación.

Volví sobre mis pasos, él me miraba, golpeé la ventana y nos miramos a los ojos. Destrabó la puerta, la abrí, me saqué la remera que tenía puesta, se la tiré adentro del taxi y me fui. No me creí su teoría, pero sí creí en esos ojos que tanto me esforcé por no mirar y que nunca podré olvidar.

4 ene 2012

El poema inexistente




Estaba en la facultad vacía, hablando con algunos pocos desconocidos que la habitaban en plena soledad, a la que contribuí al pasar sólo un rato. A metros, frente al Naval Hospital, la clase acontecía en un clima de cuasi normalidad, de acuerdo a lo que me contaron.  Yo simplemente tuve que pasar por ahí y me encontré planificada y fortuitamente con una amiga a la que tenía que devolverle un libro. Me explicó rápido y riéndose que los enunciados del profesor eran fatalistas y volvió a la ronda improvisada sobre el pasto. Otra vez los cuentos de viejas de barrio, los fantasmas inventados, las catástrofes imaginadas, los cuatrimestres siempre en riesgo de perderse, pensé. El miedo moviliza a las personas más que nada. No tiene relevancia preguntarse si está bien o mal, sino cuáles de los pasados posibles perdimos en el camino y cómo se recupera.
Decidí seguir caminando después de ver la semi clase. Imágenes se fueron sucediendo ante mí, como si hubiera estado predestinado a ver todo lo que voy a relatar, como si el tiempo se apropiara de mi cuerpo para hablar. Son tantos años pasando cerca del Parque Centenario, rodeándolo. A las 23 parece una sombra gigantesca y su hermosura se esconde hasta el amanecer si es que uno lo mira desde cien metros. Si uno se acerca verá que el panorama es distinto, pero nadie piensa en las paradojas de ser y parecer. Tantos años pasando cerca del Parque Centenario, pensaba. Entonces, mientras me iba caminando, decidí dar media vuelta y atravesarlo. Siempre se produce conocimiento. La disputa por el conocimiento es colectiva y cotidiana, dentro y fuera de las instituciones.
Perros por doquier. Alegres, contentos, tranquilizadores, incluso más de uno atento al partido de fútbol que los chicos del barrio disputaban, esos partidos donde a fin de cuentas nunca importa quién ganó porque al día siguiente hay revancha. A paso lento fui caminando, mirando pero desatento, las escenas fueron obligándome a detener mi vista, sacándome de mi estado de preocupación por el compromiso ausente de la mayoría de los estudiantes. Cerca de una de las entradas, un grupo de personas mayores jugaban al tejo en una cancha (si es que se dice así) de arena hecha especialmente para eso. El aroma a porro le daba un aspecto irreal a la escena del tejo. ¿De verdad están jugando al tejo en el parque? No se veía a las personas que estaban fumando y tampoco había algo más importante en esos segundos que arrimarle al bochín. Vuela, tejo atemporal, vuela, tejo eterno, arrimale al bochín.
Gritos de alegría. Otro partido de fútbol. Este es más familiar que el anterior, grandes y chicos juegan en una canchita improvisada sobre el cemento, los buzos hacen de poste mientras la infancia se viene a mi memoria, las peleas con mi hermano por los goles escondidos. Vuelvo. El fútbol nos define y nos identifica, incluso quienes lo detestan quedan definidos por su oposición al fútbol, si leen esto verían que la contradicción es frustante para ellos porque no pueden escaparle a definirse por la negación y en la falsa dialéctica terminan perdiendo creyendo que ganaron.
Decir que el verde, los árboles y las flores llenaban los sentidos es un lugar harto común, casi que repudio. Pero lo cierto es que el verde, los árboles y las flores llenaban los sentidos, eran el contexto perfecto de ese descontexto de tarde/noche de martes. Los patos y las palomas convivían cerca del lago en inusual armonía. Blancos unos y negras las otras. Una lección para los ignorantes que ya explicó Seinfeld y por eso no me voy a extender, una lección desapercibida por supuesto. Pero me adelanté, es mi batalla permanente, casi siempre perdida, contra mis deseos de poder escribir algo digno. Y yo no quería escribir esto, yo quería hacer un poema. Entré al parque, cierta parte de mí se alegró al ver el parque por dentro con un panorama muy diferente al de un domingo por la tarde.
El inicialmente imperceptible ruido de la calesita iba creciendo junto con mis pasos. Esa mezcla de música que no es música con ruido que no es realmente ruido conformaba un sonido atractivo, casi cómico. Se ven parejas, el amor no puede estar ausente en un parque. Algunas hablan, otras se besan. Hay una pareja que discute junto a un árbol, la chica le niega un abrazo que apuesto a que en un minuto le dará, pero en mi memoria quedará la pareja disruptiva para siempre. No vi la cara de ella, no recuerdo la de él. No me interesan las farsas y es la única que conté hasta ahora, así que me quedo con todo los demás. La mayor farsa es pensar que hay una ecuación simple, como quieren hacernos creer los marketineros del apocalipsis. Me pregunto si habré ocultado inconscientemente otras farsas, o si alguna de las realidades que veo son efectivamente farsas y no lo sabré nunca.
Pasé la calesita, un monstruo cansado moviéndose sigiloso con tres o cuatro niños y niñas que disfrutan con sus madres. Me intrigó un ta-te-ti de madera muy grande que vi al lado de una garita. Pensé en acercarme y no pude, no tenía sentido, el ta-te-ti perfecto había sido formado. Se veían claramente las tres cruces en la fila de más arriba, seguro el ganador utilizó el viejo truco de comenzar con una cruz en una esquina y luego colocó otra justo en diagonal a esa para que su contricante, habiendo puesto un círculo en el centro, mordiera el polvo. Es equivalente a hacer que queden dos pares de palotes juntos en filas diferentes para tener a nuestra merced sin importar lo que desee tachar el eventual rival.
Llegué al lago. Un estudiante leía con un rostro preocupante, era la definición de lo que es la desesperación. Abajo una familia nuclear alimentaba a las palomas. Me niego a calcular cuántas palomas había, no quiero mentir pero era tal cantidad que parecía haber una alfombra negra y blanca rodeando a la familia. No es para menos, eran los únicos que en el parque alimentaban a las palomas, pero no todas iban, algunas se quedaban chamuyando con los patos. Esas palomas luchaban por una migaja, una migaja puede ser una migaja para alguien y el oro para otro.
En mi mente sabía que iba a escribir esto. Bueno, mejor dicho sabía que no iba a poder hacer lo que quería y que el resultado sería algo similar a esto. Es por eso que dije "no seas boludo" cuando pensé en ir al anfiteatro vacío y robarle toda la espontaneidad al relato. No fue difícil resistirme, encontré las palabras perfectas. Una mirada más aquí, otra más allá, los autos estacionados en la salida, el barro de la noche anterior donde dos perros juegan, un taxista sumergido en el capot de su coche esperando no sé qué milagro realizar. Tan efímeros, tan simples y complejos, estoicos resisten, tan eternos como alguien alguna vez dijo que juzgaba a Buenos Aires. Los puestos de venta de libros nuevos y usados me dicen adiós mientras cruzo Patricias Argentinas.
Ni siquiera hoy puedo escribir un poema y tengo que limitarme a estas líneas desorganizadas. Es que para mí una persona viviendo es un poema. Hay poemas increíbles, mediocres y muchos que no deberían haber sido escritos con autores que hoy deben estar arrepintiéndose de sus creaciones al no poder matarlas. Al final, es un orgullo mi poema inexistente. 

*la imagen fue tomada prestada sin consentimiento del blog No damos cátedra.